Aún no lo he decidido. Lo primero que tengo que hacer es ir a buscar a Boyd.
¿Ir a buscarlo?
Sí, señor.
Boyd no se va a ninguna parte.
Él se viene conmigo.
Boyd es menor de edad. No te lo entregarán. Diablos. Si tú también eres menor de edad.
Yo no estoy pidiendo nada.
Mira, hijo, no te busques líos con la ley por una cosa así.
El chico levantó el sombrero, lo sostuvo brevemente con ambas manos y se puso de pie. Gracias por los papeles, dijo.
El sheriff apoyó las manos en los brazos de su silla como si fuera a levantarse, pero no lo hizo. ¿Qué hay de las descripciones de los caballos? ¿Quieres ponérmelas por escrito?
¿De qué serviría?
Veo que no has aprendido modales mientras has estado fuera.
Eso parece, señor. Aprendí algunas cosas, pero modales no. Eso seguro.
El sheriff señaló la ventana con la cabeza. ¿Tu caballo es ese de ahí?
Sí, señor.
Veo que llevas portacarabina. ¿Dónde está el rifle?
Lo cambié.
¿Qué sacaste a cambio?
Creo que no sabría decirlo.
Será que no quieres.
No, señor. Quiero decir que no sabría qué nombre ponerle.
Cuando salió al sol de mediodía y desató al caballo del parquímetro la gente que pasaba por la calle se volvió para mirarlo. Algo venido de las mesetas agrestes, algo salido del pasado. Harapiento, sucio, hambriento de ojos y de tripas. Absolutamente irrecomendable. En aquel personaje estrafalario la gente contemplaba lo que más envidiaban y lo que más denigraban. Se compadecían de él, pero también era cierto que por cualquier menudencia podrían haberlo matado.
La casa donde se alojaba su hermano estaba en la parte este del pueblo. Era una casa pequeña de estuco, con corral y porche delantero. Ató a Bird a la valla del corral, empujó la puerta y echó a andar siguiendo el cercado. El perro dobló la esquina de la casa, le enseñó los dientes y erizó los pelos del cuello.
Soy yo, atontado, dijo.
Cuando el perro oyó su voz amusgó las orejas y se acercó a él casi arrastrándose. No había ladrado y no gimoteó.
¿Hay alguien en la casa?, dijo en voz alta.
El perro se le arrimó a las piernas. Aparta, dijo.
Llamó otra vez y luego subió al porche y llamó con la mano a la puerta delantera y esperó. No acudió nadie. Fue hasta la parte de atrás. Al probar la puerta de la cocina advirtió que estaba abierta; la empujó y miró dentro. Soy Billy Parham, gritó.
Entró en la cocina y cerró la puerta. Hola, dijo en voz alta. Cruzó la cocina y pasó al vestíbulo. Iba a llamar otra vez cuando detrás de él se abrió la puerta de la cocina. Se volvió y allí estaba Boyd, con un cubo en una mano y la otra en el picaporte. Había crecido. Se apoyó en la jamba.
Supongo que pensaste que había muerto, dijo Billy.
Si lo hubiera pensado no estaría aquí.
Boyd cerró la puerta y dejó el cubo sobre la mesa de la cocina. Miró primero a Billy y luego hacia la ventana. Cuando Billy le habló otra vez su hermano no lo miró pero Billy se dio cuenta de que tenía los ojos llorosos.
¿Estás listo para marchar?, preguntó.
Claro, dijo Boyd. Cuando tú lo estés.
De un gabinete que había en el dormitorio cogieron una escopeta, y de una cajita blanca de porcelana que había en un cajón de la cómoda sacaron diecinueve dólares en monedas y billetes pequeños que metieron dentro de un anticuado monedero de piel. Se llevaron la manta de la cama, buscaron un cinturón y algo de ropa para Billy. Luego cogieron todos los cartuchos de un chaleco de cazador que colgaba de la puerta de atrás -una posta doble cero y el resto perdigones del cinco y del siete-, y llenaron una bolsa de lavandería con comida enlatada, pan, tocino, galletas y manzanas de la despensa. Finalmente salieron, ataron la bolsa a la perilla de la silla, montaron en Bird y enfilaron la callecita arenosa con el perro trotando detrás. Una mujer que sujetaba entre los labios unas pinzas de la ropa los saludó desde el patio. Cruzaron la carretera y las vías de la línea Southern Pacific y viraron hacia el oeste. De anochecida estaban ya acampados en las marismas de álcali a veinticuatro kilómetros al oeste de Lordsburg, delante de una fogata hecha con estacas de una valla que habían arrancado con el caballo. Al este y hacia el sur había agua en las marismas y dos grullas canadienses descansaban atadas a sus reflejos en el claro de la postrera luz del día como estatuas de esas mismas aves en un devastado jardín donde las calamidades hubieran arrasado todo lo demás. Las secas y agrietadas plaquetas de barro iban curtiéndose en torno a las grullas. El fuego corría en jirones a merced del viento y las pelotas de papel que hacían con las bolsas de la tienda de comestibles se alejaban una a una a medio galope rumbo a la oscuridad que se cernía sobre ellos.
Le dieron al caballo gachas de avena que se habían llevado de la casa y Billy ensartó pedazos de tocino en una tira de alambre del cercado y los puso a asar. Miró a Boyd, que estaba sentado con la escopeta en el regazo.
¿Tú y papá conseguisteis hacer las paces?
Sí. Bueno, a medias.
¿Cómo a medias?
Boyd no respondió.
¿Qué es eso que comes?
Emparedado de uvas.
Billy sacudió la cabeza. Echó agua de la cantimplora en una lata de fruta confitada y puso la lata sobre las brasas.
¿Qué le pasó a tu silla?, preguntó Boyd.
Billy miró la silla, cuyo faldón izquierdo estaba estropeado, pero no dijo nada.
Deben de estar siguiéndonos, dijo Boyd.
Que nos sigan.
¿Cómo les vamos a pagar todo lo que nos hemos llevado?
Billy lo miró. Será mejor que te vayas haciendo a la idea de que eres un forajido, dijo.
Ni siquiera un forajido roba a quien le acoge en su casa y le ofrece su amistad.
¿Cuántas veces voy a tener que oírte decir eso?
Boyd no respondió. Comieron y desplegaron sus improvisadas camas y se acostaron. El viento no dejó de soplar en toda la noche. Apagó el fuego y las brasas y la forma retorcida del alambre al rojo ardió brevemente en la oscuridad de la noche como la incandescente armadura de un corazón enorme; luego se volvió negra y el viento redujo a cenizas las brasas y levantó las cenizas y barrió la arcilla donde habían estado las brasas y las cenizas hasta que no quedó otro rastro del fuego que el alambre renegrido. Toda la noche estuvieron pasando cosas en la oscuridad, cosas sin una articulación de sí mismas, pero con un destino concreto.
¿Estás despierto?, preguntó Billy.
Sí.
¿Qué les dijiste?
Nada.
¿Por qué?
¿De qué habría servido?
El viento soplaba. Las arenas migratorias pasaban, arremolinadas.
Billy.
Qué.
Sabían cómo me llamaba.
¿Sabían cómo te llamabas?
Venían por mí. Dijeron Boyd. Boyd.
Eso no significa nada. Duérmete.
Como si fuésemos amigos.
Duérmete.
Billy.
Qué.
No hace falta que intentes arreglar las cosas.
Billy no respondió.
Las cosas están así y basta.
Ya lo sé. Duérmete.
Por la mañana se sentaron a comer y al observar las marismas vieron que algo empezaba a articularse allí por donde el sol salía, sobre la arcilla color acero de la playa. Al cabo de un rato comprobaron que era un jinete. Estaba como a un kilómetro y medio de distancia y fue acercándose en una serie de tenues imágenes temblorosas que en aquellos puntos donde el suelo estaba anegado crecían repentinamente en longitud para avellanarse después y alzarse otra vez, de modo que el jinete parecía avanzar y retroceder y avanzar de nuevo. El sol trepó a los bancos de nubes rojas que señalaban la orilla oriental y el jinete siguió avanzando a través de un lago de dieciséis kilómetros de anchura y ocho centímetros de profundidad. Billy se puso de pie, cogió la escopeta, la metió debajo de la manta y se sentó otra vez.
El caballo era del color del terreno, o tal vez estuviese manchado de él. El jinete se aproximó por el agua estancada del bajío y el líquido desplazado por los cascos del caballo brillaba a la luz del sol y se desvanecía instantáneamente como plomo fundiéndose en una cuba. Se desvió del lago y enhebró un sendero por la arenosa ribera de soda entre ralos montecillos de hierba hasta que sofrenó el caballo color arcilla delante de ellos y los miró sin desmontar desde la sombra de su sombrero. No habló. Los miró y se volvió para mirar hacia el arenal y luego se inclinó, escupió y los miró otra vez. No sois los que pensaba que erais, dijo.