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Cuando se estudia el minimalismo en el seminario de Tom Spanbauer, el primer relato que se lee es «La cosecha» de Amy Hempel. Luego, «Callejeros» de Mark Richard. Y, después de eso, ya estás perdido.

Si os encantan los libros, si os encanta leer, esta es una línea que tal vez no queráis cruzar.

No estoy de broma. Si pasáis de este punto, casi todos los libros que leáis en adelante os parecerán una mierda. ¿Todos esos gruesos libros en tercera persona donde lo que importa es seguir la trama y están sacados de las páginas del periódico de hoy? Pues bueno, después de Amy Hempel os vais a ahorrar un montón de tiempo y de dinero.

O no. Cada año, en el apartado C de mi declaración de la renta, deduzco más dinero en concepto de ejemplares nuevos de los tres libros de Amy Hempel, Razones para vivir, At the Gates of the Animal Kingdom y Tumble Home. Porque todos los años quiero compartir esos libros. Y lo que sucede es que nunca vuelven. Los libros buenos nunca vuelven. Es por eso por lo que las estanterías de mi despacho están llenas de libros de no ficción demasiado repugnantes para la mayoría de la gente, sobre todo libros de texto sobre autopsias forenses, y de una tonelada de novelas que odio.

El año pasado en un bar de Nueva York, el bar literario KGB en el East Village, Hempel me dijo que su primer libro estaba descatalogado. El único ejemplar que conozco está en una vitrina de la sala de ediciones raras de la Powell ’s, una primera edición en tapa dura que se vende por setenta y cinco dólares, sin firmar.

Tengo una norma sobre conocer a la versión en carne y hueso de la gente cuya obra me encanta. Me reservo esta norma para hablar de ella al final.

A menos que los libros de Hempel se reimpriman, puedo terminar gastando todavía más o haciendo menos amigos. No se puede forzar a la gente a aceptar esos libros, no se puede decir: «Lee esto», ni tampoco «¿Es una cosa mía o a ti también te hizo llorar?».

Una vez le regalé At the Gates of the Animal Kingdom a un amigo y le dije: «Si esto no te encanta, no tenemos nada en común».

Cada frase está elaborada y construida de forma tortuosa. Cada cita y cada broma, todo lo que Hempel escribe con su estilo de humorista, es lo bastante gracioso o profundo como para recordarlo durante años. Igualmente, creo que Hempel debe de haberlas recordado, debe de haberse aferrado a ellas y haberlas guardado para usarlas en el lugar donde más pudieran brillar. Es una metáfora espeluznante del ámbito de la joyería, pero sus relatos están tachonados de incrustaciones cautivadoras. Son como galletas con virutas de chocolate pero sin la «matriz» más sosa de la galleta, hechas únicamente a base de virutas y nueces trituradas.

Y de esa forma, la experiencia de ella se convierte en tu experiencia. Los profesores explican que los estudiantes necesitan tener un avance emocional, un momento de descubrimiento -«¡ajá!»- a fin de retener la información. Fran Lebowitz todavía escribe sobre el momento en que vio por primera vez un reloj y entendió el concepto de dar la hora. La obra de Hempel se compone únicamente de dichos destellos, y cada destello te provoca una punzada de reconocimiento.

En estos mismos momentos, Tom Spanbauer está enseñando a otra remesa de estudiantes y haciendo fotocopias de «La cosecha» a partir de su viejo ejemplar de The Quarterly, la revista que editaba Gordon Lish, el hombre que enseñó el minimalismo a Spanbauer y Hempel y Richard. Y, a través de Tom, también a mí.

Al principio, «La cosecha» parece una lista de la compra llena de detalles. Y al final de las siete páginas uno no tiene ni idea de por qué está llorando. Uno se siente un poco confuso y desorientado. No es más que una simple lista de hechos presentados en primera persona, pero de alguna forma esa lista consigue componer algo más que la suma de sus partes. La mayoría de los hechos son hilarantes, pero en el último momento, cuando la risa te ha desarmado, va y te rompe el corazón.

Ella te rompe el corazón. Por encima de todo. La perversa Amy Hempel. Eso es lo primero que Tom te enseña. Que un buen relato tiene que hacerte reír y un momento después romperte el corazón. Y lo siguiente es que nunca vas a escribir tan bien. Esa parte no la aprendes hasta que has echado a perder un montón de papel y has desperdiciado tu tiempo libre con un bolígrafo en la mano durante años y años. En cualquier horrible momento puedes coger un ejemplar de Amy Hempel y descubrir que tu mejor obra no es más que una imitación barata de la peor de ella.

Para demostrar el minimalismo, los estudiantes se sientan alrededor de la mesa de la cocina de Spanbauer durante diez semanas y diseccionan «La cosecha».

El primer aspecto que se estudia es lo que Tom llama los «caballos». La metáfora es la siguiente: si vas en carromato de Utah a California, usas los mismos caballos para todo el camino. Si en lugar de «caballos» ponéis «motivos recurrentes» o «ideas repetidas», os haréis a la idea. En el minimalismo, un relato es una sinfonía, que crece y crece pero nunca pierde la línea melódica original. Todos los personajes y las escenas, las cosas que parecen distintas, todas ilustran algún aspecto del tema de la historia. En «La cosecha», vemos que todos los detalles son aspectos de la mortalidad y la disolución, desde los donantes de riñón hasta los dedos agarrotados y la serie de televisión Dinastía.

El siguiente aspecto es lo que Tom llama la «lengua quemada». Es una forma de decir algo pero diciéndolo mal, retorciéndolo para hacer que el lector tenga que ir más despacio. Obligando al lector a leer con mayor atención y no solamente ojear una superficie de imágenes abstractas, adverbios que sirvan de atajo y clichés.

En el minimalismo los clichés se llaman «texto recibido».

En «La cosecha» Hempel escribe: «Mis días avanzaban como una cabeza cortada que termina una frase». Ahí tenéis sus «caballos» de la muerte y la disolución, y también la tenéis escribiendo una frase que os hace frenar y adoptar una velocidad más concentrada y atenta.

Oh, y en el minimalismo no hay términos abstractos. Nada de adverbios estúpidos como «somnolientamente», «irritantemente» o «tristemente», por favor. Y nada de medidas, nada de centímetros, metros, grados o edad. La frase «una chica de dieciocho años», ¿qué quiere decir?

En «La cosecha» Hempel escribe: «El año en que aprendí a pronunciar suaré en vez de soirée, un hombre al que apenas conocía de nada estuvo a punto de matarme por accidente».

En lugar de una fría cifra relativa a la edad o a un sistema de medidas, tenemos la imagen de alguien que está ganando en sofisticación, además hay lengua quemada y además se usa el caballo de la mortalidad.

¿Y a qué nos llevan estas cosas?

Otra cosa que se estudia del minimalismo es el «registro de ángel». Esto quiere decir escribir sin hacer juicios. Al lector no se le describe nada como «gordo» o «feliz». Solamente se pueden describir acciones y apariencias de una forma que haga que el juicio aparezca en la mente del lector. Sea lo que sea, uno lo disgrega en forma de detalles que se vuelvan a reunir en la mente del lector.

Amy Hempel hace esto. En lugar de decirnos que el novio de «La cosecha» es un gilipollas, lo vemos sostener un jersey empapado de sangre de su novia y decirle: «Tú estarás bien, pero este jersey está para tirar».

Menos se convierte en más. En lugar del habitual flujo de detalles generales, uno se encuentra con un goteo lento de párrafos de una sola frase, cada uno de los cuales evoca su propia respuesta emocional. En el mejor de los casos, Hempel es una abogada que va presentando su caso, prueba tras prueba. Una prueba detrás de otra. En el peor de los casos, es una maga que engaña a la gente. Pero al leer uno siempre recibe la bala sin esperarla.

Así que ya hemos hablado de los «caballos», de la «lengua quemada» y del «registro de ángel». Ahora nos referiremos a escribir «en el cuerpo».