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Cuando volví me costaba caminar y empecé a desabrocharme antes de llegar adonde estaba ella; en aquel momento vi el resplandor del disparo, y, en el mismo instante, tuve la sensación de que mi codo izquierdo estallaba; el brazo se me quedó inerte a lo largo del tórax; si no llego a estar acicalándome, me mete la bala en los pulmones.

Todo esto lo pensé en un segundo; al segundo siguiente estaba encima de ella y le retorcía la muñeca, y luego le apliqué un puñetazo en la sien, con todas mis fuerzas, porque estaba intentando morderme; pero me encontraba en mala posición y sufría como un condenado. Lo encajó y se cayó al suelo, donde quedó inmóvil; pero esto no me bastaba. Recogí el revólver y me lo metí en el bolsillo. No era más que un 6,35, como el mío, pero la mala puta tenía puntería. Volví al coche corriendo. Me sostenía el brazo izquierdo con la mano derecha, y debía de hacer muecas peores que las de una máscara china, pero estaba tan furioso que no me daba cuenta de lo que me dolía.

Encontré lo que buscaba; una cuerda, y volví sobre mis pasos. Lou empezaba a moverse. Yo no disponía más que de una mano para atarla y me costó, pero una vez hube terminado me puse a abofetearla; le arranqué la falda, le desgarré el jersey y la abofeteé de nuevo. Tuve que sujetarla con la rodilla mientras intentaba quitarme la maldita chaqueta, pero sólo conseguí desabrocharla. Había ya un poco de luz; pero buena parte de su cuerpo se encontraba precisamente en la sombra más oscura del árbol.

Entonces quiso hablar y me dijo que no la iba a conseguir tan fácilmente, y que acababa de telefonear a Dex para que éste llamara a la poli, y que desde que yo había hablado de eliminar a su hermana pensaba que yo era un crápula. Me eché a reír y también ella se permitió una especie de sonrisa, y entonces le arreé un puñetazo en la mandíbula. Tenía el pecho duro y frío; intentando mantener el dominio de mí mismo, le pregunté por qué había disparado contra mí; me contestó que yo era una mierda de negro, que Dexter se lo había dicho, y que se había venido conmigo para advertírselo a Jean, y que me odiaba como nunca había odiado a nadie.

Me volví a reír. Los latidos de mi corazón eran como golpes de martillo de forja y me temblaban las manos, y el brazo me sangraba mucho; un líquido viscoso me resbalaba por el antebrazo.

Entonces le repliqué que los blancos habían matado a mi hermano, y que yo iba a ser más duro de pelar, pero que ella, pasara lo que pasase, la pringaba, y le apreté un pecho hasta que estuvo a punto de desmayarse, pero no dijo ni pío. La abofeteé a muerte. Había abierto los ojos de nuevo. Empezaba a clarear y se los veía brillar de lágrimas y de rabia. Me incliné hacia ella; creo que relinchaba como una especie dc bestia, y ella se puso a chillar. Le mordí de lleno en la entrepierna. Me quedó la boca llena de sus pelitos negros y duros; aflojé un poco y volví a empezar más abajo, donde era más tierno. Nadaba en su perfume, hasta allí llevaba, y apreté los dientes. Intenté taparle la boca con la mano, pero chillaba como un cerdo, con unos gritos que ponían la carne de gallina. Entonces apreté los dientes con todas mis fuerzas y me metí hasta el fondo. La sangre meaba en mi boca y ella se retorcía a pesar de las cuerdas. Yo tenía la cara llena de sangre y me eché un poco atrás, hasta quedar de rodillas. En mi vida había oído a una mujer chillar así; de repente, me di cuenta de que me corría en los calzoncillos; fue una sacudida como no la había sentido nunca, pero tuve miedo de que viniera alguien. Encendí una cerilla y vi que sangraba a chorro. Entonces me puse a golpearla, al principio sólo con el puño derecho, en la mandíbula, oía cómo se le iban quebrando los dientes y seguía golpeando, quería que dejara de gritar. Pegué más fuerte y luego recogí su falda, se la metí en la boca y me senté encima de su cabeza. Se revolvía como una lombriz. Nunca hubiera imaginado que tuviera tanto apego a la vida; hizo un movimiento tan violento que pensé que el antebrazo izquierdo se me desgajaba; me di cuenta de que estaba tan fuera de mí que la habría despellejado; entonces me levanté para rematarla a patadas y le puse el zapato en la garganta y me apoyé con todo mi peso. Cuando dejó de moverse sentí que me corría otra vez. Ahora me temblaban las rodillas, y tenía miedo de desvanecerme.

CAPÍTULO XIX

Hubiera tenido que ir por el pico y la pala y enterrarla allí mismo, pero tenía miedo de la policía. No quería que me cogieran antes de haber liquidado a Jean. Seguro que era el chico el que ahora me guiaba; me arrodillé ante Lou. Deshice la cuerda que le ataba las manos; había surcos profundos en las muñecas, y era flácida al tacto como lo son los muertos cuando están muertos; ya los pechos habían perdido su turgencia. No le quité la falda de la cara. No quería verle más la cara, pero le cogí el reloj. Necesitaba algo que le perteneciera.

Me acordé de repente de mi cara y corrí al trasto. Me miré en el retrovisor y comprobé que la cosa tenía fácil arreglo. Me lavé con un poco de whisky; ya no me sangraba el brazo; conseguí sacarlo de la manga y atármelo al torso con mi pañuelo y un trozo dc cuerda. Se me saltaban las lágrimas del daño que me hacía, porque tuve que doblarlo; finalmente lo logré con la ayuda de una segunda botella que saqué del maletero. Había perdido ya demasiado tiempo, y el sol no tardaría en aparecer. Cogí el abrigo de Lou del coche y se lo eché por encima, no quería llevarlo conmigo. No sabía dónde tenía las piernas, pero me temblaban un poco menos las manos.

Me senté de nuevo al volante y arranqué. Me preguntaba qué había podido contarle a Dex; lo que me había dicho de la policía empezaba a preocuparme, pero tampoco me lo tomaba muy en serio. Quedaba relegado a un segundo plano, era como una música de fondo.

Ahora quería a Jean, quería sentir de nuevo lo que por dos veces había sentido al cargarme a su hermana. Había encontrado por fin lo que siempre había buscado. La policía me molestaba, claro está, pero en otro sentido; no conseguirían evitar que hiciera lo que quería hacer, les llevaba demasiada ventaja. Tendrían que sudar para darme alcance. Me quedaban menos de quinientos kilómetros por recorrer. Ahora mi brazo izquierdo había perdido más o menos la sensibilidad, y pisé el pedal a fondo.

CAPÍTULO XX

Los recuerdos empezaron a acudir a mi mente como una hora antes de llegar. Me acordé del día que cogí una guitarra por primera vez. Era en casa de un vecino, que me daba lecciones a escondidas; me enseñaba una sola canción, When the Saints go marchin'on, y aprendí a tocarla entera, comprendido el break, y a cantarla al mismo tiempo. Y una noche me llevé la guitarra del vecino a casa para darles una sorpresa; Tom se puso a cantar conmigo; el chico estaba como loco, empezó a bailar dando vueltas alrededor de la mesa como si estuviera siguiendo un desfile; había cogido un bastón y hacía molinetes con él. En aquel momento llegó mi padre y rió y cantó con nosotros. Le devolví la guitarra al vecino, pero al día siguiente encontré una encima de mi cama; era de ocasión, pero estaba en buen estado. Ensayaba un poco todos los días. La guitarra es un instrumento que te vuelve perezoso. La coges, tocas cualquier cosa, la dejas, te das una vuelta por ahí, la vuelves a coger para marcarte un par de acordes o acompañarte mientras silbas. Los días pasan volando así.

Un bache en la carretera me devolvió a la realidad. Creo que me estaba durmiendo. Ya no sentía para nada el brazo izquierdo, y tenía una sed terrible. Intenté volver a pensar en los viejos tiempos para cambiar de ideas, porque estaba tan impaciente por llegar que, cada vez que tomaba conciencia de ello, el corazón me volvía a latir en las costillas y la mano derecha se me ponía a temblar sobre el volante; y con una sola mano no andaba muy sobrado para conducir. Me pregunté qué debía de estar haciendo Tom en aquel momento; seguramente rezando o enseñándoles cosas a los niños; a través de Tom llegué a Clem y a la ciudad, Buckton, donde habla vivido tres meses encargándome de una librería que mc daba buen dinero; recordé a Jicky, y la vez que me la había tirado en el agua, y el río tan transparente aquel día. Jicky tan joven, tersa y desnuda como un bebé, y, de repente, eso hizo que me acordara de Lou y de su vello negro, rizado y tupido, y dcl gusto que tenía cuando la mordí, un gusto dulzón y un poco salado al mismo tiempo, con el olor a perfume de sus muslos, y sus gritos resonaron de nuevo en mi oído; el sudor me resbalaba por la frente, y no podía soltar el maldito volante para secarme. Tenía el estómago como hinchado de gas y me pesaba sobre el diafragma para aplastarme los pulmones, y Lou me chillaba al oído; llevé la mano a la bocina, en el volante; la de carretera era el aro de ebonita, el botón negro del centro era la de ciudad, y las apreté las dos al mismo tiempo para ahogar los gritos.