El hombre moreno y su dama de cabellos de fuego compartían un amor que había vivido más allá de su tiempo, sobreviviendo a la muerte de la carne mortal para aparecerse en este silencioso pasillo de piedra. Nadie, pensó Antonia, podría ser testigo de tales emociones inextinguibles y no sentir el poder de ellas. Hizo que le doliera la garganta, la hizo peculiarmente consciente de su propio cuerpo mientras su corazón latía y la sangre corría por sus venas. Y la hizo sentir una profunda sensación de pérdida, porque una vez había creído que un amor como el de ellos había estado a su alcance. El dolor se hizo aún más agudo cuando vio a Lyonshall a través de los amantes entrelazados. Era como si el destino se estuviera burlando de ella.
Se quedó inmóvil en la puerta mientras la pareja de fantasmas entraban a la habitación de él. Al igual que la noche anterior, Lyonshall cerró la puerta y llegó hasta ella, pero antes de que pudiera hablar, ella captó un atisbo de movimiento más allá de él en el pasillo.
– Mira -murmuró.
Una tercera forma fantasmal había aparecido al final del pasillo cerca de las escaleras. Ella se acercó a ellos, una hermosa mujer, que había pasado los primeros rubores de la juventud, pero aún no cerca de la mediana edad, su vestido de colores oscuros y a la moda de un siglo antes. Ella dio una idea más clara del tiempo que los otros dos, ya que estaba completamente vestida. Llevaba una rígida gorra alta con volantes de lino y un velo corto sobre su cabello oscuro perfectamente arreglado; una prenda sobrepuesta se arrastraba a la espalda, con mangas semi largas y puños de lino, la llevaba abierta por delante sobre un corpiño acordonado y falda de volantes.
Era una mujer atractiva de una forma insípida, pero parecía mucho más sin vida que los otros dos. Al igual que los amantes, no hizo caso de los dos vivientes espectadores. Se movía a lo largo del pasillo, pero se detuvo cuando llegó a la puerta del dormitorio del duque.
Como una persona atraída por algún sonido, se detuvo con la cabeza vuelta un poco hacia la puerta y su mirada fija en ese cuarto. Se quedó muy quieta durante un largo momento, la expresión de su rostro curiosamente atenta, hasta estática. Luego sus labios se torcieron en una horrible mueca, y siguió su camino.
Antonia sintió frío mientras observaba a la mujer. Era una sensación muy diferente a lo que había experimentado primero al ver al fantasma en su habitación. Esto era algo mucho más grave y muy preocupante. Tenía el impulso extraño y poderoso de correr hasta los amantes y advertirles que tuvieran cuidado, porque alguien en el castillo tenía la intención de hacerles daño. Sabía que de alguna manera, lo sentía con cada fibra de su ser. Los amantes se encontraban en peligro.
Su mente racional le recordó que estas personas habían estado muertas durante cien años, pero parecía no poder deshacerse de la sensación opresiva de temor o de su ansioso deseo de evitar una tragedia.
Parada junto a Lyonshall, mientras observaba a la mujer avanzando por el pasillo y desvanecerse en una de las habitaciones. Poco a poco, Antonia se volvió y entró en su habitación, sus emociones tan perturbadas que no se dio cuenta de inmediato que Lyonshall la había seguido.
– ¿Toni?
Antonia fue a la chimenea, aún sintiendo frío, y estiró las manos hacia las llamas.
– Esa otra – murmuró-. Tiene la intención de hacerles daño.
– Sí, lo vi.
– Me siento tan impotente. Es como ver los primeros segundos del accidente de un carruaje en las calles y sentirte incapaz de detener lo que sabes que viene a continuación.
Él se quedó varios pasos de distancia, mirándola, y su voz siguió siendo baja.
– Lo que va a suceder, ya sucedió, Toni. Hace cien años.
– Es lo que mi mente me dice. Pero lo que siento… es difícil de vencer. Parecían tan felices juntos, con toda la vida por delante, aunque, tengo la terrible certeza que no vivieron mucho más de lo que ya hemos visto -Antonia meneó ligeramente la cabeza, tratando de alejar el temor-. Me pregunto quiénes eran.
– ¿No sabes?
– No, yo… yo sé muy poco de la historia de mi familia en este lugar. Eso es una cosa terrible de decir, ¿no?
– Es natural, si no has vivido aquí. La mayoría de nosotros tiende a vivir en el presente.
– Supongo.
– ¿Le has preguntado a Lady Ware acerca de los fantasmas? -preguntó-. Es muy probable que ella conozca la historia del castillo y de la familia.
– No -respondió ella. Cuando continuó mirándola con una ceja alzada, ella se encogió de hombros-. La abuela es una persona brusca y realista, no tengo ninguna duda de que me diría que imaginé todo.
Él se quedó en silencio por un momento, una extraña mirada de duda en sus ojos.
– De alguna manera estoy seguro de que no te diría eso. Creo que sabe de los fantasmas. Mi ayuda de cámara me dice que sólo el ala sur del castillo se considera embrujada. Tal vez Lady Ware nos puso aquí por esa razón.
– ¿Debido a los fantasmas? -Antonia frunció el ceño-. ¿Por qué haría tal cosa?
Una vez más, Lyonshall vaciló.
– Si ella quiere que nos reconciliemos, pudo haber creído que un par de jóvenes amantes puede empujarnos en la dirección correcta, incluso si son amantes fantasmas.
Antonia sentía cautelosa, preocupada por la forma en que había llevado la conversación de nuevo a ellos. No estaba en condiciones de soportar otra discusión como la de la noche anterior, y se sorprendió de que él deseara hablar sobre el tema una vez más. Había aceptado su petición de poner fin a su compromiso con pocos intentos de convencerla de que cambiara de opinión, sin embargo, ahora parecía casi obsesionado. Ella habría pensado que el golpe a su orgullo, si no otra cosa, habría hecho todo el tema insoportable.
Evitó sus ojos girando de vuelta al fuego.
– Tengo serias dudas de que ella crea tal cosa. Ella misma me dijo que sería absurdo suponer que me harías una proposición una segunda vez, y ella sabe muy bien que la idea es…
– ¿Es qué? ¿Repugnante para ti? -le exigió cuando se interrumpió bruscamente.
– ¿Tenemos que discutir esto de nuevo?
– Sí. Porque todavía tienes que decirme la verdad -su voz era un poco dura ahora.
Antonia se negó a mirarlo.
– Pensé que habías aceptado mi deseo de acabar con esto. Tu comportamiento de hoy me llevó a creer que era así.
Él emitió una risa dura.
– ¿De veras? Mi comportamiento de hoy, Toni, se debió a tu negativa de anoche. Ningún hombre con alguna sensibilidad puede aceptar con gusto la mirada de angustia enfermiza que vi en tu cara la noche anterior. Si deseabas hacerme daño una vez más, ciertamente lo conseguiste.
– Esa no era mi intención -se oyó decir, y se preguntó por qué no podía permitirle creer lo peor de ella si sólo aquello lo alejaría.
– Entonces, ¿cuál fue tu intención? Estabas dispuesta, Toni, ambos lo sabemos. Cobraste vida en mis brazos con toda la pasión que recuerdo tan bien, y por un momento esperé… Pero luego me rechazaste, con una voz tan fría que congelaste mi corazón. ¿Qué he hecho para ganarme eso de ti? ¿Cómo puedo aceptar tus deseos cuando no entiendo las razones? ¿Mi deseo de hacerte mi esposa es tan insoportable para ti?
Tratando de aparentar serenidad, incluso si la máscara había desaparecido, Antonia mantuvo su voz firme.
– Si debes escucharlo de nuevo, no tengo ningún deseo de casarme contigo, Richard. Supongo que te sientes con todo el derecho a la venganza, pero…
– ¿Venganza? -él cruzó la habitación rápidamente y la agarró del brazo, girándola de cara hacia él-. ¿Es por eso que me rechazaste anoche? ¿Porque crees que quiero venganza? ¿Qué te puso esa idea tan loca en la cabeza?