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– Buenas noches, Toni -dijo en voz baja, ofreciendo su brazo.

Por un instante, vaciló, pero ella parecía no tener más poder sobre su deseo de estar cerca de él que el que había tenido sobre la compulsión de seguir a un fantasma por los pasillos oscuros del castillo.

– Confío en que te sientas mejor -dijo mientras caminaban por el pasillo juntos.

– No estaba enferma, simplemente cansada -de repente, Antonia tuvo una visión de los próximos años, de conocerlo y de comportarse socialmente con esta horrible cortesía artificial, y su mismo corazón pareció retorcerse de dolor.

¿Cómo pudo todo haber salido tan mal?

Él podría estar pensando ideas similares. Su voz sin inflexión, cuando dijo: -Tan pronto como el tiempo mejore lo suficiente, me iré. Estoy seguro de que no crees esto, pero no tengo ningún deseo de angustiarte más.

No confiando en sí misma para hablar, Antonia se limitó a asentir. Caminaba a su lado, con la cabeza un poco inclinada, y se preguntó vagamente si los Wingates siempre habían tenido mala suerte en el amor. Parecía ser así. Parecía ser así en realidad.

Nunca fue capaz de recordar después cómo se las arregló para terminar la noche. No recordaba nada de las conversaciones, aunque sabía que debía haber hablado, porque ni su abuela ni su madre parecieron encontrar nada raro. Recordaba sólo la caminata larga y lenta con Richard a su habitación al final de la noche, y un rígido y cortés buenas noches a su puerta.

Se puso su ropa de dormir y envió firmemente a Plimpton a la cama. Esperando otro encuentro fantasmal, ella misma no se fue a la cama, sino que se sentó junto al fuego a leer el relato de la infancia de Mercy Wingate, su matrimonio y su muerte trágicamente joven. No fue la mejor de las historias para leer mientras estaba a solas, y en realidad se sintió un poco aliviada cuando un suave golpe cayó sobre su puerta un poco antes de la medianoche.

Era Richard, por supuesto, y su voz tenía la misma nota tranquila de antes.

– Dudo que ninguno de nosotros esté de humor para observar otro apasionado abrazo en el pasillo, aunque sea fantasmal.

Sin ni siquiera pensar en sugerirle que esperara en otra parte, Antonia asintió y dio un paso atrás, dejando abierta la puerta al entrar. Regresó a su silla junto al fuego, dividida entre su deseo de estar con él y el dolor que le causaba. Lo que debería haber hecho, lo sabía, era haberse mudado a otra habitación desde hace mucho tiempo, pero eso sólo recién se le había ocurrido.

– Creo que ambos estarán en este cuarto esta noche, al menos por un tiempo -dijo ella-. Si es que claro, están volviendo a representar los acontecimientos de sus vidas.

– ¿Cómo sabes eso? -preguntó Richard cuando se acercó a la chimenea.

Antonia tocó el libro que había dejado sobre una pequeña mesa junto a su silla.

– He estado leyendo sobre ellos en este libro de la historia familiar. Su historia se basa en gran parte en sus propios diarios -ella frunció el ceño brevemente-. Debo preguntarle a la abuela si los diarios todavía existen, me gustaría leerlos.

– Yo haría lo mismo -él vaciló, y luego agregó-: Aunque, por supuesto, me habré ido antes.

Antonia experimentó otro destello de un recuerdo. Era a principios de su compromiso, cuando él la había llevado a visitar el Museo Británico, y habían escandalizado a muchos otros visitantes al tomarse de las manos y sin piedad criticar las distintas obras de arte. Dado que ambos se dedicaban alegremente a tratar de superarse el uno al otro, sus observaciones se habían hecho tan desvergonzadas que una señora de mediana edad se había derrumbado sentada en un banco y declarado que nunca había estado más escandalizada en su vida.

Recordando sus risas ahora, Antonia sintió un latido de dolor agridulce.

– Richard -comenzó impulsivamente, entonces se interrumpió cuando alcanzó a ver un movimiento cerca de la cama.

Era Parker Wingate, nerviosamente esperando la hora de su cita con Linette. Ellos lo observaron mientras él se movía por la habitación. Richard asintió con la cabeza cuando Antonia lo identificó por su nombre.

– ¿Quién es la dama? -murmuró.

– Linette Dubois, una prima lejana. Y su prometida.

Antonia apenas había hablado cuando Linette entró en la habitación. Parker se volvió, obviamente sorprendido, y ella se llevó un dedo a sus labios en una manera cómplice, su delicado rostro iluminado de malicia y de amor.

– Supongo -comentó Richard-, que ambos consideraban menos impropio que un hombre visite el dormitorio de una dama que a la inversa.

Él había leído sus expresiones con precisión, pensó Antonia, y asintió con la cabeza. Luego se olvidó de todo, excepto de la dulce ternura de la escena que estaban presenciando.

Linette fue a su prometido y levantó una de sus manos entre las suyas. Ella frotó brevemente esa mano contra su mejilla y la besó, mientras él se quedaba mirándola con la cabeza inclinada, con una expresión tan llena de amor y deseo, que la garganta de Antonia se apretó. Él le dijo algo a ella, y ella alzó la mirada con una sonrisa suave antes de meter su mano en el bolsillo de su bata.

Un momento después, ella puso un medallón de oro, en forma de corazón, en la palma de él. Ella lo abrió y le mostró el rizo de sus cabellos de fuego extendido en el interior, a continuación, volvió a cerrarlo y se puso de puntillas para poner la cadena alrededor de su cuello. Lo besó con mucha ternura. Él la abrazó durante un largo rato, luego la alzó en sus brazos y se la llevó fuera de la habitación.

– Toni, amor, no -dijo Richard con voz ronca, y sólo entonces Antonia se dio cuenta de que estaba llorando.

– Tú no entiendes -Acurrucada en su sillón, se sentía dominar por el dolor, por ellos y por todos los amantes destrozados-. Mañana es Nochebuena. Es entonces cuando sucede, mañana por la noche -se cubrió la cara con las manos, incapaz de reprimir un sollozo entrecortado-. Oh, Dios, ¿cómo pudo salir tan mal para ellos? ¿Cómo pudo salir tan mal… para nosotros?

Él hizo un sonido áspero y se acercó a ella, sujetando sus brazos y levantándola de la silla.

– Por favor, no, cariño, no puedo soportarlo. Nunca te he visto llorar antes -su voz era ronca todavía, y los brazos que la sostenían eran gentiles, pero curiosamente fieros.

Antonia no podía parar; sollozó contra su ancho pecho en una tormenta de dolor. Poco a poco, sin embargo, se dio cuenta de sus murmullos, del calor duro de su cuerpo, y de la fuerza de sus brazos a su alrededor. Todavía estaba dolida, pero el instinto le advirtió que tenía que retirarse de él antes de que sus caóticas emociones provocaran otro tipo de tormenta.

Finalmente, fue capaz de levantar la cabeza, pero antes de que pudiera hablar, él rodeó su rostro con las manos, sus dedos pulgares suavemente borrando la última de sus lágrimas.

– Toni…

Él estaba demasiado cerca. Su rostro llenaba su visión, su corazón, su alma. La ternura en sus ojos fue su perdición. Ella trató, pero no había fuerza alguna, ninguna certeza, detrás de su petición murmurada.

– Por favor… por favor, sólo vete.

Al principio, pareció que él lo haría. Pero entonces su rostro se endureció, y su cabeza se inclinó hacia la de ella.

– No puedo -susurró justo antes de que sus labios tocaran los de ella-. No puedo alejarme de ti otra vez.

Antonia no pudo pedírselo una segunda vez. El primer contacto de su boca trajo todos sus sentidos a la vida, y aunque una parte pequeña de su conciencia le susurraba que después se arrepentiría, ella no la escuchó. La tristeza de la tragedia que esperaba a los amantes fantasmas había hecho el dolor de su propio amor más agudo que nunca. Tomaría lo que pudiera, aunque sólo fuera por una noche.