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Esta vez, como el sentido del olfato de Beetchermarlf le avisó, en alguna parte el casco había fallado. El oxígeno estaba penetrando en el interior.

XV. ESENCIA

—En resumen —dijo Aucoin desde su puesto a la cabecera de la mesa—, podemos escoger entre enviar la nave o no. Si no lo hacemos, el Kwembly y los mesklinitas a bordo están perdidos y Dondragmer y el resto de los tripulantes fuera de acción hasta que un vehículo de rescate como el Kalliff pueda llegar hasta ellos desde la colonia. Desgraciadamente, si intentamos aterrizar con la nave, hay bastantes probabilidades de que no sirva de nada. No sabemos por qué cedió el terreno bajo el Kwembly ni tenemos seguridad de que no suceda lo mismo en otros lugares de la proximidad. Perder la nave sería muy molesto. Aunque aterrizásemos primero cerca del campamento de Dondragmer y lo transportásemos con su tripulación al vehículo, podríamos perder la nave. No hay ninguna seguridad de que la tripulación pudiese reparar el Kwembly. El informe de Beetchermarlf hace que lo dude. Dice que ha encontrado y sellado las principales resquebrajaduras, pero que de vez en cuando el oxígeno continúa penetrando en el casco. Algunas de sus cisternas de soporte vital han sido envenenadas. Hasta ahora ha podido limpiarlas todas las veces y aprovisionarlas de nuevo por medio de las otras, pero no puede continuar siempre así, a menos que consiga detener las restantes filtraciones. Además, ni él ni nadie ha sugerido algo concreto para sacar ese vehículo del fango que lo retiene.

»Hay otro buen argumento en contra de mandar la nave. Si utilizamos control remoto, su operación cerca del suelo sería realmente imposible, teniendo en cuenta el retraso de sesenta segundos en las reacciones. Se podría programar su computador para un aterrizaje, pero los riesgos de esto se demostraron claramente la primera vez que alguien aterrizó lejos de la Tierra. Sería mejor dar a los mesklinitas unas lecciones rápidas para que la piloten ellos mismos.

—No intentes que eso suene completamente estúpido, Alan —señaló suavemente Easy—. El Kwembly es sencillamente el primero de los vehículos en llegar a lo que parece ser su último problema. Dhrawn es un mundo muy grande sobre el que se conoce muy poco, y sospecho que vamos a quedarnos sin vehículos terrestres para rescates o para cualquier otra cosa tarde o temprano. Además, hasta yo sé que los controles de la nave están acoplados al computador, con operadores discrecionales. Admito que, incluso así, las probabilidades son de diez a uno de que alguien que intente un vuelo sobre Dhrawn de suelo a suelo con esa máquina y sin previa experiencia se mataría; pero ¿Beetchermarlf y Takoorch tienen mayores probabilidades de supervivencia sobre cualquier otra base?

—Creo que sí —contestó tranquilamente Aucoin.

—¿Cómo, en nombre de todo lo que es sensato? —gruñó Mersereau—. Aquí todos hemos… Easy levantó su mano. Su gesto o la expresión de su rostro hicieron que Boyd se interrumpiese.

—¿Qué otros procedimientos podrías recomendar conscientemente que tuviesen alguna probabilidad real de salvar al Kwembly, a sus dos timoneles o al resto de la tripulación de Dondragmer? —preguntó.

Aucoin tuvo la decencia de sonrojarse fuertemente, pero contestó con bastante firmeza.

—Lo he mencionado anteriormente, como Boyd recordará —dijo—. Enviar al Kalliff desde la colonia a recogerlos.

Las palabras fueron seguidas por unos segundos de silencio, mientras expresiones regocijadas iban apareciendo sobre los rostros alrededor de la mesa. Al fin fue Ib Hoffman el que habló.

—¿Crees que Barlennan lo aprobará? —preguntó inocentemente.

—En resumen —le dijo Dondragmer a Kabremm—, podemos quedarnos aquí y no hacer nada mientras Barlennan envía un vehículo de rescate desde la colonia. Supongo que puede pensar en algún motivo para enviarlo que no suene demasiado extraño, después que no quiso hacerlo con el Esket.

—Eso será bastante fácil —contestó el primer oficial del Esket—. Uno de los seres humanos estaba en contra de enviarlo, y el comandante simplemente le dejó convencerle en la discusión. Esta vez podría ser más firme.

—Como si la primera vez no hubiese hecho sospechar bastante a algunos de los otros humanos. Pero no importa. Si esperamos, no sabremos cuánto tiempo tardará, ya que ni siquiera conocemos si hay algún camino posible por tierra desde la colonia hasta aquí. Tú viniste desde las minas por el aire y nosotros flotamos gran parte del camino.

—Si decidimos no esperar, podemos hacer dos cosas. Una es trasladarnos por etapas hasta el Kwembly, llevando el equipo vital tan lejos como nos lo permitan los trajes y parándonos después otra vez para recargarlos. Supongo que llegaríamos allí en algún momento. El otro es trasladarse hacia la colonia de la misma forma, hasta encontrar el vehículo de rescate, si viene uno, o llegar hasta allí a pie, si no lo hace. Supongo que tarde o temprano también llegaríamos allí. Aunque alcanzásemos al Kwembly, no tendríamos la seguridad de que podamos repararlo. Si los seres humanos han retransmitido adecuadamente los sentimientos de Beetchermarlf, parece bastante dudoso que podamos hacerlo. No me gusta ninguna de las dos cosas, a causa del tiempo que se pierde con cualquiera de ellas. Hay otras mejores que reptar a pie sobre la superficie de este mundo.

—En mi forma de pensar, utilizar tu dirigible para rescatar a mis timoneles, si se decidiese abandonar el Kwembly, o comenzar a transportar allí mi tripulación y mi equipo es una idea mejor.

—Pero eso…

—Eso, por supuesto, hundiría todo el cuento sobre el Esket. Incluso utilizar el helicóptero de Reffel tendría el mismo efecto; no podríamos explicar lo que le sucedió al equipo visual que llevaba, sin que ellos lo adivinen, no importa qué mentira nos inventemos. No estoy seguro de que valga la pena sacrificar deliberadamente esas vidas a causa de tal engaño, aunque admito que quizá haya que arriesgarse a hacerlo. No hubiese accedido a esto de otra forma.

—Eso he oído —contestó Kabremm—. Nadie ha sido capaz de hacerte ver el riesgo de depender completamente de unos seres que no nos consideran como verdadera gente.

—De acuerdo. Recuerda que algunos de ellos son tan distintos entre sí, como respecto a nosotros. Me decidí sobre los alienígenas en cuanto uno de ellos contestó mi pregunta sobre una cabria diferencial clara y detalladamente y me dio gratis la primera lección sobre el uso de las matemáticas en la ciencia. Comprendo que los humanos son tan distintos entre sí como nosotros; ciertamente el que persuadió a Barl de no enviar ayuda al Esket debe ser lo más distinto posible de la señora Hoffman o de Charles Lackland, pero no desconfío de ellos como especie. Nunca lo haré en la forma que vosotros parecéis intentarlo. No creo que Barlennan lo haga; ha cambiado el tema más de una vez, en lugar de discutirlo conmigo, y ése no es Barlennan cuando está seguro de tener razón. Sigo pensando que sería una buena idea arriar las velas en este asunto y pedir directamente la ayuda humana para el Kwembly o arriesgarse a que ellos se enteren, utilizando allí los tres dirigibles.

—Ya no son tres —Kabremm sabía que aquello no importaba, pero se alegraba de tener una oportunidad de cambiar de tema—. Karfrengin y cuatro hombres más han desaparecido en el Elsh hace dos días.