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Ballinger sonrió; tan sólo un ligero y pesaroso movimiento de los labios.

– Eso no puedo revelarlo. Quiere permanecer en el anonimato. No me ha contado por qué motivo, pero debo respetar sus deseos.

Su expresión, el peculiar encorvamiento de los hombros, daba a entender que aquél era el momento decisivo, la prueba en la que temía fracasar.

Rathbone se desconcertó. ¿Por qué un hombre con tan noble empeño iba a querer ocultarse en el anonimato, incluso ante su abogado? Era muy comprensible que no quisiera hacer pública su identidad. La gente podría muy bien deducir que sentía simpatía por el acusado y nada tenía de extraño que quisiera ahorrarse eso.

– Si estoy obligado al secreto, lo respetaré -dijo Rathbone con tacto-. Sin duda usted ya se lo habrá dicho.

– Por supuesto -respondió Ballinger enseguida-. Sin embargo, es muy inflexible a ese respecto. Me ha resultado imposible hacerle cambiar de parecer. En lo que a ti atañe, yo representaré al acusado ante ti y actuaré en su nombre. Lo único que debes saber es que tus honorarios íntegros los pagará un hombre de la mayor honradez y probidad, y que ese dinero lo gana por sus propios medios, los cuales están por encima de toda sospecha. Eso puedo jurarlo.

Permaneció inmóvil, mirando con seriedad a Rathbone; de haberse tratado de un hombre menos circunspecto cabría haber pensado que lo hacía con ojos suplicantes.

A Rathbone le incomodó que su propio suegro tuviera que suplicar una ayuda profesional que en todo momento había estado dispuesto a brindar, incluso a desconocidos y a hombres que le causaban un profundo desagrado, puesto que aquélla era su vocación. Era abogado defensor y hablaba en nombre de quienes no estaban preparados para hacerlo por sí mismos y en el de quienes serían víctimas de injusticia si nadie se ponía de su parte. El sistema legal era acusatorio. Las partes tenían que ser iguales en habilidad y dedicación, pues de lo contrario todo enjuiciamiento devenía una farsa.

– Cuente conmigo para actuar en nombre de su cliente -dijo con gravedad-. Si me da los documentos necesarios y una provisión de fondos, a partir de ahora cuanto digamos será confidencial.

Por fin Ballinger se relajó del todo.

– Tu palabra basta y sobra, Oliver. Haré que por la mañana recibas en tu bufete cuanto puedas necesitar. Te quedo sumamente agradecido. Contaré a Margaret la excelente persona que eres aunque sin duda ya estará más que enterada. Estoy encantado de que tuviera el buen sentido de no permitir que su madre la obligara a contraer un matrimonio de conveniencia, aunque debo admitir que entonces me tenía exasperado. -Sonrió atribulado-. Si vas a tener una mujer de carácter en casa, más vale que sean dos, a ser posible de opiniones encontradas, así puedes apoyar a la una o la otra y alcanzar la meta que te propones. -Suspiró y, pese al alivio, la tristeza asomó brevemente a su semblante-. No tengo palabras para decirte cuánto te aprecio, Oliver.

Rathbone se quedó sin saber qué contestar; incluso estaba una pizca avergonzado. Condujo la conversación hacia cuestiones de orden práctico.

– ¿A quién voy a defender? ¿Ha dicho que el cargo era de homicidio?

– Sí. Así es, lamentablemente.

– ¿Quién es el acusado? ¿Quién fue la víctima?

Se abstuvo de advertir a Ballinger que no le contara ninguna confesión, lo cual pondría en entredicho su posición en los tribunales.

– Jericho Phillips -contestó Ballinger, casi con indiferencia.

Rathbone de pronto se dio cuenta de que Ballinger lo estaba observando con todo detenimiento, pero con los ojos entornados, como si pretendiera disimularlo.

– ¿El hombre acusado de matar al niño que hallaron en el río cerca de Greenwich? -preguntó. Había leído algo sobre el caso y sintió un inexplicable frío en las manos.

– En efecto -respondió Ballinger-. Y lo niega. Sostiene que el niño escapó y que no sabe quién le mató.

– En tal caso, ¿por qué se le acusa? Tiene que haber alguna prueba. El asunto está en manos de la Policía Fluvial, ¿no es así? Monk no es idiota.

– Por supuesto que no -dijo Ballinger con suavidad-. Sé que es amigo tuyo o que al menos lo fue en el pasado. Pero incluso los buenos hombres cometen equivocaciones, sobre todo cuando son nuevos en su trabajo y tienen demasiadas ganas de tener éxito.

Rathbone se sintió más herido en nombre de Monk de lo que hubiera imaginado.

– Hace algún tiempo que no lo veo, he estado muy ocupado y me figuro que él también, pero sigo considerándole un buen amigo.

El arrepentimiento afloró al rostro de Ballinger.

– Ruego me disculpes. No era mi intención dar a entender lo contrario. Confío en no haberte puesto en una posición que te obligue a cuestionar el buen juicio de un hombre que cuenta con tu estima y respeto.

– ¡Que aprecie a Monk nada tiene que ver con defender a alguien que él haya detenido! -dijo Rathbone acalorado, cayendo en la cuenta de lo mucho que así podría ser si él lo permitía-. ¿Acaso se imagina que mis relaciones con la policía, la fiscalía o, ya puestos, el juez, tienen algún efecto sobre mi modo de llevar una causa? ¿Cualquier causa?

– No, querido amigo, por supuesto que no -dijo Ballinger con profunda convicción-. Ése es precisamente el motivo por el que te ha elegido mi cliente y la razón por la que coincidí con su criterio. Jericho Phillips tendrá el juicio más justo que quepa tener si tú lo representas, e incluso si es hallado culpable y ahorcado, tendremos la conciencia tranquila al saber que se ha hecho justicia.

»No nos despertaremos en mitad de la noche con dudas o sentimientos de culpa pensando que tal vez lo ahorcamos porque su estilo de vida, su ocupación o su repulsiva persona influyeron más de lo debido a la hora de dictar sentencia. Si somos justos con sujetos como él, lo somos con todos. -Se puso de pie y le tendió la mano-. Gracias, Oliver. Margaret está orgullosa de ti con razón. Cada vez que la veo, confirmo que es feliz, y me consta que siempre será así.

Rathbone no tuvo más remedio que estrechar la mano de Ballinger, si bien todavía con una pizca de inhibición dado que no estaba acostumbrado a semejante franqueza en cuestiones de sentimientos.

Ahora bien, una vez que Ballinger se hubo marchado, también él se sintió contento. Se enfrentaba a un reto soberano, y no le gustaría perder, pero lo que Ballinger le pedía era algo honorable; indirecta y peligrosamente honorable. Y presentaba el aliciente añadido de hacer que Margaret estuviera verdaderamente orgullosa de él.

Transcurrieron varios días antes de que Rathbone fuera a la prisión de Newgate para entrevistarse con Jericho Phillips. Para entonces tenía un conocimiento más amplio sobre el crimen del que le habían acusado y también, para gran preocupación suya, sobre el tipo de vida del reo.

Aun así, todavía no estaba preparado para el profundo desagrado que sintió al conocerlo. El encuentro tuvo lugar en un pequeño cuarto de piedra sin más mobiliario que una mesa y dos sillas. La única ventana se abría en lo alto de la pared y dejaba entrar algo de luz, pero lo único que por ella se veía era el cielo. El ambiente viciado olía a rancio, como si retuviera el sudor del miedo de un siglo entero y ni siquiera todo el ácido fénico del mundo pudiera quitarlo.

Phillips era de estatura ligeramente superior a la media, pero la delgadez de su cuerpo y su desmañada actitud hacían que pareciera más alto. Aun sin tener el menor atisbo de gracia, se adivinaba que poseía una fuerza tremenda, incluso en un acto tan simple como el de ponerse de pie cuando Rathbone entró y el celador cerró la puerta a su espalda.

– Buenos días, sir Oliver -saludó cortésmente. Tenía la voz ronca, como si le doliera la garganta. No hizo ademán de darle la mano, cosa que Rathbone agradeció.

– Buenos días, señor Phillips -contestó-. Por favor, tome asiento. Disponemos de un tiempo limitado, de modo que aprovechémoslo al máximo.