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– En realidad, yo no soy tu hermana, ¿sabes? Y Daphne tampoco. Por eso somos tan distintas de ti. Supongo que jamás se te ha ocurrido pensar que eres adoptada.

Dejé caer mi cuchara con estrépito.

– Eso no es verdad. Soy la viva imagen de Harriet, todo el mundo lo dice.

– Te recogió en el hogar para madres solteras porque os parecíais mucho -dijo Ophelia, haciendo una desagradable mueca.

– ¿Y cómo nos íbamos a parecer si ella era una adulta y yo un bebé? -repuse, agarrando la oportunidad al vuelo.

– Porque le recordabas mucho a ella cuando era un bebé. Ay, señor, pero si hasta cogió sus fotos de cuando era pequeña y las comparó contigo para apreciar el parecido.

Apelé a Daphne, que tenía la nariz enterrada en un volumen encuadernado en piel de El castillo de Otranto.

– No es verdad. ¿A que no, Daffy?

– Me parece que sí -dijo Daphne, pasando con gesto lánguido una página de papel cebolla-. Papá siempre decía que sería un trauma para ti y nos hizo prometer que no te lo contaríamos nunca. Por lo menos, hasta que cumplieras once años. Nos obligó a jurarlo.

– En un bolso Gladstone de color verde -dijo Ophelia-. Lo vi con mis propios ojos. Vi a mami meter sus fotos de cuando era pequeña en un bolso Gladstone de color verde y llevárselas al hogar para madres solteras. Aunque yo sólo tenía seis años en aquella época, bueno, casi siete…, jamás olvidaré sus manos blancas…, ni sus dedos manipulando el cierre de latón.

Me levanté de un salto de la mesa y salí de la habitación hecha un mar de lágrimas. Lo del veneno no se me ocurrió hasta el día siguiente a la hora del desayuno.

Y, como es habitual con las grandes ideas, era de lo más simple.

Buckshaw había sido el hogar de nuestra familia, los De Luce, desde tiempos inmemoriales. La actual mansión de estilo georgiano se había construido para reemplazar la original, una casa de estilo isabelino que los aldeanos habían reducido a cenizas al sospechar que los De Luce simpatizaban con los Orange. Que hubiéramos sido fervientes católicos durante cuatrocientos años, y siguiéramos siéndolo por entonces, no significaba nada, al parecer, para los enardecidos habitantes de Bishop's Lacey. «La casa vieja», como la llamaban, fue pasto de las llamas, y la casa nueva que la había sustituido ya contaba más de tres siglos.

Más tarde, otros dos antepasados de los De Luce, Antony y William de Luce -que habían tenido sus más y sus menos acerca de la guerra de Crimea -, afearon la estructura original. Cada uno de ellos añadió un ala al edificio: William, el ala este, y Antony, la oeste. Cada cual vivió recluido en sus propios dominios y prohibió al otro traspasar la línea negra que habían hecho pintar justo en el centro de la casa: la línea partía de la entrada principal, cruzaba el vestíbulo y llegaba hasta el retrete del mayordomo, tras la escalera del fondo. Los dos anexos de ladrillo amarillo, de rancio estilo victoria-no, se doblaban hacia atrás como las alas inmóviles del ángel de un cementerio, lo que, en mi opinión, concedía a los ventanales y postigos de la fachada georgiana de Buckshaw el aspecto mojigato y perplejo de una solterona con el moño demasiado apretado.

Otro De Luce, Tarquín -o Tar, como lo llamaba todo el mundo-, sufrió una descomunal crisis nerviosa e hizo trizas su prometedora carrera como químico. Lo expulsaron de Oxford el verano que coincidió con el jubileo de plata de la reina Victoria.

El indulgente padre de Tar, preocupado por la frágil salud del muchacho, no había escatimado gastos a la hora de equipar el laboratorio situado en el último piso del ala este de Buckshaw: el laboratorio en cuestión estaba repleto de objetos de cristal y microscopios alemanes. Contaba, además, con un espectroscopio alemán, balanzas químicas procedentes de Lucerna y un tubo de Geissler también alemán de complicada forma, soplado artesanalmente, al que Tar acoplaba bobinas eléctricas para estudiar la fluorescencia de distintos gases.

En un escritorio, junto a las ventanas, se hallaba un microscopio Leitz, cuyo latón aún despedía el mismo brillo cálido y suntuoso que el día que lo trajeron desde el apeadero de Buckshaw en una carreta tirada por un poni. El espejo reflector se podía orientar de forma que captara la pálida luz de los rayos de sol matutinos, mientras que en días nublados, o si se usaba cuando ya había anochecido, resultaba muy útil la lámpara de parafina -fabricada por Davidson & Co., de Londres- con la que iba equipado el microscopio.

Incluso había un esqueleto humano articulado en una base provista de ruedas, que el gran naturalista Frank Buckland -cuyo padre se había comido el corazón momificado del rey Luis XIV- le había regalado a Tar cuando éste contaba doce años.

Tres de las cuatro paredes de la estancia estaban cubiertas del suelo al techo por vitrinas con puertas de cristaclass="underline" en dos de ellas se acumulaban hileras y más hileras de productos químicos en tarros de botica, de cristal, rotulados con la pulcra y hermosa letra de Tar de Luce, quien a la postre había desafiado al destino y había sobrevivido a su familia. Tar había muerto en 1928 a los sesenta años de edad en su reino químico, donde lo halló una mañana el ama de llaves con uno de los ojos aún observando, aunque ya sin ver, por su queridísimo Leitz. Se había rumoreado, incluso, que en el momento de su muerte estaba estudiando la descomposición de primer orden del pentóxido de nitrógeno. De ser eso cierto, se trataría de la primera investigación conocida sobre una reacción que, a la larga, conduciría a la invención de la bomba atómica.

El laboratorio del tío Tar había permanecido cerrado a cal y canto y se había mantenido intacto en un asfixiante silencio hasta que empezó a manifestarse lo que papá definió como mi «extraño talento», lo que me había permitido quedarme el laboratorio para mí sola.

Aún me estremecía de emoción cada vez que recordaba el lluvioso día de otoño en que la química apareció en mi vida.

Estaba yo escalando los estantes de la biblioteca, jugando a ser una célebre alpinista, cuando me resbaló un pie y tiré un voluminoso libro al suelo. Cuando lo recogí para alisar las arrugadas páginas, me di cuenta de que el libro en cuestión no sólo tenía palabras, sino también decenas de ilustraciones: en algunas de ellas se veían manos sin cuerpo que vertían líquidos en curiosos recipientes de cristal que más bien parecían instrumentos musicales de otro mundo.

El libro se titulaba Estudio elemental de química, y en cuestión de segundos aprendí de él que la palabra «yodo» procede de un término que significa «violado» y que «bromo» procede de una palabra griega que significa «fetidez». ¡Ésas eran las cosas que yo quería saber! Me metí el voluminoso libro rojo debajo del suéter y me lo llevé arriba. Sólo más tarde descubrí el nombre «H. de Luce» escrito en la guarda. El libro había pertenecido a Harriet.

No tardé mucho en dedicar cada minuto libre a estudiar minuciosamente aquellas páginas. Había noches, incluso, en que apenas podía esperar el momento de irme a la cama, pues el libro de Harriet se había convertido en mi amigo secreto.

En él se hablaba de los metales alcalinos, algunos de los cuales tenían nombres fabulosos, como litio o rubidio, y de los metales alcalinotérreos, como el estroncio, el bario y el radio. Aplaudí con entusiasmo al leer que el radio lo había descubierto una mujer, madame Curie. Y luego estaban los gases venenosos, como la fosfina (se ha demostrado que una simple burbuja tiene efectos letales), el peróxido de nitrógeno, el ácido hidrosulfúrico… La lista era interminable. Cuando descubrí que el libro proporcionaba instrucciones detalladas para formular dichos compuestos, subí hasta el séptimo cielo.

En cuanto conseguí entender las ecuaciones químicas del tipo K4FeC6N6 + 2 K = 6KCN + Fe (que describe lo que pasa cuando se calienta el prusiato amarillo de potasa con potasio para producir cianuro de potasio) se me abrió el universo entero. Fue como haber encontrado un libro de recetas que en otros tiempos hubiera pertenecido a la bruja del bosque.