– De acuerdo. Atestiguaré.
Ese viejo lugar estaba atestado de gente.
El Range Rover de Lorna Lipton estaba estacionado en la entrada. Lorna hablaba con John Tigwood y había unos niños corriendo cerca de ahí. Los dos hijos más pequeños de Maudie y Cinders.
Aziz se encontraba afuera del Fourtrak, también Nina y Guggenheim. Detuve el camión y salté al suelo. Sandy Smith se unió a la multitud, las luces de su patrulla destellaban, llevaba su uniforme abotonado y no había hecho sonar la sirena.
– ¿Qué es lo que está sucediendo? -preguntó John Tigwood, que parecía perplejo.
No estaba seguro de cómo iba a reaccionar. Mantener a salvo a los niños era la prioridad en ese momento. Le indiqué a los pequeños de Maudie:
– Llévense a Cinders y métanse debajo del camión.
Se rieron.
– ¡Vayan! -ordené-. Jueguen a que son unos piratas ocultándose en una cueva, o algo así.
Los tres niños lo hicieron. Lorna comentó:
– Pero van a ensuciarse.
– Ya los limpiaremos.
Tigwood preguntó:
– ¿Por qué has venido?
– Lewis y yo te trajimos tu conejo con garrapatas.
Tigwood, enojado, caminó a zancadas hasta el lado del pasajero del camión y abrió la puerta de golpe.
– ¡Lewis! -gritó. Se escuchó como un chillido.
Lewis se retrajo para alejarse de él.
– Lo sabe todo -respondió con desesperación-. Freddie está enterado absolutamente de todo.
Tigwood extendió un brazo dentro de la cabina y sacó a Lewis por la fuerza. Aterrizó estruendosamente en el suelo y se golpeó el hombro. Tigwood le dio un puntapié en el rostro y volvió su atención hacia mí.
– Te mataré -advirtió con seguridad; tenía el rostro pálido.
Lo decía en serio. Lo intentó. Corrió velozmente hacia mí y me estrelló contra el costado del camión. Su aspecto larguirucho era engañoso. No contaba con un hacha o una máquina para desmontar neumáticos, sólo la fuerza de las manos; y éstas, si hubiéramos estado solos, habrían sido suficientes.
Aziz se acercó desde atrás y lo arrastró para alejarlo de mí. Le torció un brazo por detrás de la espalda hasta que llegó casi al punto de fracturárselo. Tigwood gritó. Sandy sacó sus esposas y auxiliado por Aziz las colocó en las muñecas de Tigwood por detrás de la espalda.
– ¿Qué sucede? -preguntó Sandy.
– Creo que descubrirás que John Tigwood deshizo mi casa con un hacha -repliqué-. Supongo que no tienes a la mano una orden de arresto.
Sandy negó con la cabeza, pensativo.
– No, pero no la necesitará -repuso Aziz-. ¿Qué es lo que tengo que buscar?
– Un hacha. Una máquina para desmontar neumáticos oxidada. Una tarima para deslizarse debajo de los camiones. Una caja registradora gris de metal que tiene un parche limpio en medio de la suciedad. Tal vez todos estos objetos estén en su automóvil. Si los encuentras, no los toques.
Su sonrisa resplandeció, franca y feliz.
– Ya entendí -respondió. Dejó que Sandy se hiciera cargo de Tigwood y corrió, alejándose de nuestra vista.
Lorna gimió desolada.
– John, ¿qué has hecho?
Nadie le respondió.
John Tigwood me miró con odio descarnado y en un arranque de rabia encendida me llamó desgraciado, entre otros muchos epítetos. Nunca sospeché la fuerza avasalladora de su odio, a pesar de las muestras que había dejado con el hacha en mi casa. Sandy, que había visto en su vida muchas cosas terribles, estaba profundamente impresionado.
Aziz reapareció camino de los desvencijados establos.
– Todo está aquí, en uno de los corrales, debajo de una manta para caballos.
Sandy Smith me dirigió una sonrisa breve, al tiempo que llevaba a Tigwood a empellones hacia el camión.
– Creo que es hora de llamar a mis colegas.
– Supongo que así es -admití-. De aquí en adelante pueden hacerse cargo.
– Y el Jockey Club se encargará de Benyi Usher -repuso Aziz. Otro automóvil se nos unió. No se trataba todavía de los colegas de Sandy, sino de Susan y Hugo Palmerstone, acompañados de Maudie. Michael les había dicho que los niños se encontraban ahí con Lorna. Los padres habían venido para llevárselos a casa. Descubrir a John Tigwood con las manos esposadas, los horrorizó.
– ¿Dónde están los niños? -preguntó Susan preocupada-. ¿Dónde está Cinders?
– Están a salvo -me agaché y miré debajo del camión-. Ya pueden salir -dije.
Guggenheim tocó mi brazo al incorporarme.
– ¿Trajo usted… quiero decir… -balbuceó-, el conejo se encuentra aquí?
– Creo que sí.
El científico se veía inmensamente feliz. Llevaba consigo una jaula pequeña de plástico blanco y también traía puestos unos guantes protectores.
Los dos hijos de Maudie Watermead salieron de debajo del camión y se pusieron de pie, sacudiéndose la tierra y la paja. Uno de ellos me dijo en voz muy queda:
– A Cinders no le gusta estar ahí. Está llorando.
– ¿En verdad? -me puse de rodillas y miré debajo del camión. Estaba acostada boca abajo, el rostro contra el suelo, todo el cuerpo le temblaba.
– Por favor, sal de ahí -le supliqué.
No se movió.
Me acosté de espaldas al suelo y metí la cabeza debajo del costado del camión. Me arrastré hacia atrás sobre los talones, cadera y hombros hasta que llegué a la pequeña. Descubrí que había circunstancias por las que podía meterme debajo de toneladas de acero sin pensarlo siquiera.
– Ven -le dije-. Saldremos juntos.
Replicó, estremeciéndose.
– Tengo mucho miedo.
– Escucha, Cinders, no hay nada que temer -levanté la mirada al chasis de acero que no se encontraba muy alejado del rostro. Tragué saliva-. Ahora, ponte de espaldas -sugerí-. Tómame de la mano y saldremos juntos.
Acerqué mi mano a la de ella y Cinders la sujetó con fuerza.
– Date vuelta, querida. Es más sencillo si vas de espaldas. Se dio vuelta muy despacio hasta quedar de espaldas. Luego miró hacia arriba al armazón de acero.
– Va a caerse encima de mí.
– No, no será así -dije, tratando de transmitirle seguridad-. Ahora, sólo deslízate hacia mí y saldremos muy rápido.
Empecé a arrastrarme hacia afuera sujetando a Cinders, que sollozaba a mi lado.
Cuando salimos, me puse de rodillas junto a ella, le sacudí el polvo de la ropa y del rostro. Me abrazó, la carita quedó muy cerca de la mía. La ternura que sentía por ella se volvió avasalladora.
Su mirada se dirigió más allá de mí, hasta donde estaban sus padres. Me soltó y corrió hacia Hugo.
– ¡Papá! -gritó y lo abrazó.
Él pasó los brazos protectores alrededor de ella y me miró con aire altivo.
No dije nada. Sólo me puse de pie, me sacudí la tierra y la paja, y aguardé un poco.
Susan pasó un brazo por la cintura de Hugo y con el otro estrechó a Cinders. Los tres formaban una familia.
Hugo se las llevó con brusquedad hacia su automóvil, lanzándome miradas furiosas por encima del hombro. "No debería tenerme miedo", pensé. "Tal vez, con el tiempo, dejará de hacerlo. Yo nunca inquietaría a esa niña".
Entonces me di cuenta de que Guggenheim y Aziz se habían deslizado debajo del camión. Guggenheim salió a gatas. En los ojos le brillaban futuras escenas de inmortalidad, mientras tomaba entre los brazos la jaula de plástico.
– Aquí tengo al conejo -me dijo con gran alegría-. ¡Y tiene muchas garrapatas!
Nina se acercó y se quedó de pie a mi lado. Le pasé el brazo por el hombro. Me sentía bien. Ocho años y medio no importaban.
– ¿Estás bien? -preguntó.
– Mmm -observamos el automóvil de los Palmerstone mientras se alejaba.
– Freddie -murmuró Nina tentativamente-, esa pequeña… cuando las dos cabezas estaban juntas, parecía… casi…
– Por favor, no lo digas -pedí.