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Lo que es todavía más importante: cortó el cordón umbilical de nylon blanco que unía el futuro de la humanidad con el continente.

La ola arrastró el Bahía de Darwin un kilómetro corriente arriba y lo depositó luego suavemente en un banco de arena. Estaba iluminado no sólo por la luz de la luna, sino también por los macabros y coloridos incendios que ardían por todo Guayaquil.

El capitán llegó al puente. Encendió los dos motores diesel en la profunda oscuridad de abajo. Las dos hélices gemelas se pusieron en marcha y el barco se deslizó y salió del banco de lodo. Estaba en libertad.

El capitán lo llevó corriente abajo, hacia el mar abierto.

Dijo Mandarax:

El barco, un fragmento arrancado de la tierra, avanzó solo y veloz como un pequeño planeta.

Joseph Conrad (1857-1924)

Y el Bahía de Darwin no era un barco cualquiera. En lo que a la humanidad concernía, era una nueva arca de Noé.

LIBRO SEGUNDO

Y la cosa se convirtió...

1

La cosa se convirtió en una nueva motonave blanca en la noche, sin cartas, ni brújula, ni luces de navegación, pero que no obstante cortaba el océano frío y profundo a velocidad máxima. En opinión de la humanidad, ya no existía. En opinión de la humanidad, el Bahía de Darwin y no el San Mateo había volado en pedazos.

Era un barco fantasma, invisible desde tierra, y llevaba hacia el oeste los genes del capitán y de siete pasajeras, en una aventura que ha durado un millón de años.

Yo era el fantasma de un barco fantasma. Soy hijo de un escritor de ciencia ficción de voluminoso cerebro cuyo nombre era Kilgore Trout.

Fui desertor de la Marina de los Estados Unidos.

Me dieron asilo político en Suecia y luego la ciudadanía, y allí me convertí en soldador en un astillero de Malmö. Un día una chapa de acero cayó sobre mí mientras yo trabajaba en la bodega del Bahía de Darwin, y me decapitó sin dolor, y en ese mismo momento me negué a poner el pie en el túnel azul que conduce al Más Allá.

Siempre tuve el poder de materializarme, pero sólo lo he hecho una vez, muy al principio del juego, durante unos pocos instantes húmedos y ventosos, cuando una tormenta se topó con mi barco en el Atlántico Norte, en el viaje de Malmö a Guayaquil. Aparecí en el puesto de vigía, en lo alto del mástil y un miembro sueco de la tripulación me vio allí. El hombre había estado bebiendo. Mi cuerpo decapitado estaba vuelto hacia popa y en las manos alzadas sostenía mi cabeza rebanada como si fuera una pelota de baloncesto.

De modo que yo me mantenía invisible en el puente del Bahía de Darwin junto al capitán Adolf von Kleist, mientras esperábamos el fin de nuestra primera noche en el mar tras la apresurada partida de Guayaquil. Él había pasado despierto toda la noche y ahora estaba sobrio, pero tenía un terrible dolor de cabeza que describió a Mary Hepburn como: «... un tornillo dorado entre los ojos».

Tenía otros recuerdos de la humillante juerga de la noche anterior: contusiones y magulladuras, consecuencia de las veces que se había caído mientras intentaba subir al techo del autobús. Nunca se habría emborrachado de ese modo si hubiera sabido que iba a ser responsable de algo. Ya se lo había explicado a Mary, que también había estado en pie toda la noche, cuidando a "James Wait en la cubierta superior detrás de las cabinas de los oficiales.

*Wait había sido tendido allí, con la blusa de Mary por almohada, pues el resto del barco estaba totalmente a oscuras. El plan era trasladarlo a una cabina cuando saliera el sol para que no muriera asado sobre las planchas de acero desnudo.

Todos los demás se encontraban abajo en la cubierta de botes. Selena MacIntosh estaba en el salón principal, utilizando a su perra como almohada, y allí estaban también las niñas kanka-bonas. Se utilizaban unas a otras como almohadas. Hisako se había dormido en un extremo del salón principal calzada entre el inodoro y la palangana.

Mandarax, que Mary había devuelto al capitán, estaba guardado en un cajón en el puente. Éste era el único cajón de todo el barco que tenía algo dentro. Estaba ligeramente abierto, de modo que Mandarax oyó y tradujo gran parte de lo que se había dicho esa noche. Gracias a una conexión casual, tradujo todo al kirghiz, incluyendo el plan de von Kleist, que era como sigue: irían directamente a la isla Beltra, de las Galápagos, donde había muelles, un campo de aterrizaje y un pequeño hospital. Había allí, también, una potente estación de radio, de modo que podrían saber con certeza qué habían sido aquellas dos explosiones, y cuál era el estado del resto del mundo, en caso de que hubiera habido una lluvia de meteoritos generalizada, o, como Mary había sugerido, hubiera empezado la tercera guerra mundial.

Sí, y lo mismo habría dado que este plan hubiese sido traducido al kirghiz o alguna otra lengua que prácticamente nadie entendía, porque estaban siguiendo un curso que nunca les permitiría llegar a las Islas Galápagos.

La ignorancia del capitán hubiera bastado para desviar el curso del barco. Pero compensó sus errores durante la primera noche, todavía borracho, cambiando de curso una y otra vez para evitar los probables puntos de impacto de las estrellas fugaces. El voluminoso cerebro, recordad, le había hecho creer que una lluvia de meteoritos se precipitaba sobre el mundo. Cada vez que veía una estrella fugaz, suponía que caería en el océano y provocaría una marejada.

De modo que conducía el barco para que en caso de necesidad la proa afilada hendiese la ola. Cuando salió el sol podría haberse encontrado, gracias al voluminoso cerebro, sencillamente en cualquier parte, con rumbo a no se sabía dónde.

Mary Hepburn, entretanto, a medio camino entre el sueño y la vigilia, tendida junto a "James Wait, estaba haciendo algo que la gente de cerebro reducido ya no puede hacer. Estaba reviviendo el pasado. Era virgen de nuevo. Se encontraba en un saco de dormir. El canto de un chotacabras la había despertado a la luz más clara del alba. Estaba acampando en un parque estatal de Indiana, un museo viviente, un retazo de lo que la zona solía ser antes que los europeos decretaran que sólo se tolerarían plantas o animales domesticados y comestibles. Cuando la joven Mary sacó la cabeza del capullo del saco de dormir, vio unos leños podridos y un arroyo. Yacía sobre eones de muerte y desechos. Había allí comida de sobra si uno fuera un microorganismo o si las hojas pudieran digerirse, pero para un ser humano de nace un millón de años no había ni siquiera medio desayuno.

Era principios de junio. El aire parecía perfumado.

El canto del pájaro venía de la espesura de brezos y zumaques, a cincuenta pasos de Mary. Este reloj despertador la complacía, pues al irse a dormir había pensado despertarse temprano e imaginar que el saco de dormir era un capullo, y emerger de él sinuosa y voluptuosamente, como estaba haciéndolo ahora, convertida en una adulta vivaz.

¡Qué alegría!

¡Qué satisfacción!

Era perfecto porque la amiga que había venido con ella todavía estaba durmiendo.

De modo que se escabulló en silencio por el suelo elástico del prado hasta la espesura, para ver al pájaro compañero que había despertado tan temprano como ella. Lo que vio en cambio fue a un joven alto, delgado y grave en traje de marinero. Y era él quien silbaba el penetrante canto del chotacabras. Era Roy, su futuro marido.

Se sintió molesta y desorientada. Ese traje de marinero tan lejos del mar era un detalle particularmente extravagante. Se sentía incómoda, y quizá tuviera además algo de miedo. Pero si este extraño intentaba acercársele, antes tendría que atravesar una maraña de brezos. Había dormido con la ropa puesta, de modo que estaba enteramente vestida salvo los pies, sólo calzados con medias.