—Me alegra que enviara un gris tan rápidamente, señor Morris. Sé lo ocupado que está, y cuánta concentración le exige su profesión.
En otras palabras, me perdona, aunque debería haber venido en persona. De todas maneras, el sarcasmo de Wammaker es más leve que de costumbre. Algo huele mal, en efecto.
—Espero que la bonificación que envié demuestre adecuadamente mi gratitud por su contribución al cierre de esas instalaciones de copias pirata.
No he visto ninguna bonificación. Tal vez la envió mientras yo esperaba fuera. Típico. Cualquier cosa con tal de pillarte desprevenido.
—Es un placer serle útil, Maestra. —Me inclino y ella baja levemente la cabeza, dejando que sus rizos dorados caigan sobre sus hombros desnudos. No nos engañamos ni pizca. Irónicamente, ésa es la base del respeto.
—Pero qué descortés soy. Déjeme que le presente a mis asociados. Vic Manuel Collins y Reina Irene.
El varón está más cerca. Nos estrechamos la mano y me doy cuenta de que sus adornos chillones enmascaran la textura de un ídem gris estándar. En cuanto a su título… «Vic» solía significar algo. Pero el término se ha vaciado de contenido debido a que los ricos ociosos, la mayoría de los cuales nunca fueron capitalistas aventureros, ni nada útil, han abusado de él.
Sólo una de las mujeres de color pardo se adelanta, reconociendo mi presencia pero sin ninguna sonrisa, ni una mano que estrechar.
«Reina» es otra ambigüedad moderna. Esperaré a ver si mis sospechas se confirman.
Gineen ofrece asientos, cómodos y reconfortantes para el cuerpo.
Un servid a rayas como de caramelo (a media escala) ofrece refrescos. Siendo gris, puedo probar una trufa zaireña que explota en polvo aromático en el fondo de mi garganta. Un regalo para que Albert recuerde cuando cargue. Con todo, Wammaker está alardeando, mostrándose espléndida con los duplos de visita. Parte de su atractivo, supongo.
Sentado, puedo ver más allá del hombro de la rox parda que está conectada, la atención fija en una pictopantalla en la que se ve una gran sala donde un montón de ídems rojos vienen y van rápidamente: todos son copias de la misma persona-imagen básica, aunque algunos están reducidos a un tercio o menos de su escala. Al menos una docena se congregan alrededor de una figura central, difícil de distinguir entre la multitud. Hay un montón de maquinaria: hornos y aparatos de soporte vital.
—Le he pedido que venga, señor Morris, para discutir un pequeño asunto de tecnología y espionaje industrial. Me vuelvo hacia Wammaker.
¿Maestra? Estoy especializado en el seguimiento de gente, tanto de barro como de carne, principalmente para descubrir violaciones de copyright y…
Mi anfitriona levanta una mano.
_Sospechamos que se han logrado ciertas innovaciones tecnológicas. Logros significativos, que amenazan con dejar obsoletos los copryights, están siendo monopolizados clandestinamente.
—Ya veo. Eso parece ilegal.
—Sin duda lo sería. Las tecnologías son más peligrosas cuando se exploran en secreto.
Mis pensamientos dan vueltas. Puede que sea ilegal, ¿pero por qué decírmelo a mí? No soy poli ni tecnosabueso.
— ¿De quién sospecha?
—De Hornos Universales Sociedad Anónima.
—Pero… fueron pioneros en el campo de la almística.
—Eso ya lo sé, señor Morris —su sonrisa es indulgente. —También son quienes más se benefician de un mercado abierto y ordenado.
—Naturalmente. De hecho, HU continúa realizando una investigación comercial normal y ofrece mejoras graduales en las copiadoras que vende. Los detalles técnicos sobre estas mejoras pueden ser mantenidos confidencialmente de manera temporal, hasta que se cursan las patentes. Incluso así, tienen el deber legal de advertir a la gente si alguna innovación importante amenaza con alterar fundamentalmente nuestra cultura, nuestra economía o nuestro mundo.
« ¿Alterar fundamentalmente?» Palabras misteriosas que hacen que sienta una curiosidad malsana. Y sin embargo, un hecho destaca: yo no tendría que estar manteniendo esta conversación.
—Es posible, Maestra. Pero ahora mismo tengo que decirle…
El varón de piel a cuadros interrumpe con una voz bastante grave para un armazón tan delgado.
—Hemos estado recibiendo información filtrada desde dentro de esas cúpulas brillantes de HU. Están preparando algo, probablemente un gran cambio en la forma en que la gente fabrica y maneja los golems.
La curiosidad me puede.
— ¿Qué clase de cambio?
Vic Collins adopta una expresión astuta en su cara afilada y chillona.
— ¿Puede imaginarlo, señor Morris? ¿Qué cree usted que podría transformar la manera en que la gente usa esta moderna comodidad?
—Yo… se me ocurren varias posibilidades, pero…
—Por favor. Esfuércese. Denos un ejemplo o dos.
Nuestros ojos se encuentran y me pregunto qué está tramando.
Se sabe que alguna gente imprinta grises imaginativos, capaces de pensamiento creativo. ¿De eso va todo esto? ¿Un test de razonamiento rápido, fuera de mi cerebro orgánico? Si es así, allá voy.
—Bueno… supongamos que la gente pudiera absorber de algún modo los recuerdos de otro. En vez de sólo imprintar y cargar entre diferentes versiones de ti mismo, podrías intercambiar días, semanas, o incluso una vida entera de conocimiento y experiencia con otra persona. Supongo que podría acabar siendo como la telepatía; permitiría una mayor comprensión mutua… El don de vernos a nosotros mismos como nos ven los demás. Es un viejo sueño que…
—Que es además imposible —interviene la mujerid rojo oscuro—, La Onda Establecida de cada cerebro es única, y su complejidad hiperfractal está más allá de todo modelado digital. Sólo el mismo molde neural que creó una onda duplicada concreta puede reabsorber más tarde esa copia. Un rox sólo puede volver con su propio rig.
Naturalmente, eso es de conocimiento común. Sin embargo, me siento decepcionado. Es difícil renunciar al sueño de la perfecta comprensión.
—Continúe, por favor —me insta Gineen Wammaker con voz suave—. Inténtelo de nuevo, Albert.
—Hum. Bueno, durante años la gente ha deseado un medio de imprintar a larga distancia. Sentarte en casa y copiar tu Onda Establecida en un repuesto ídem que esté muy lejos. Hoy día, ambos cuerpos tienen que estar tendidos el uno al lado del otro, enlazados con gigantescos criocables. Algo relacionado con las ratios de ruido y longitud de onda…
—Sí, es una queja común —musita Gineen—. Digamos que tienes asuntos urgentes que hacer en Australia. Lo mejor que puedes hacer es tomar un ídem fresco, meterlo en un cohete correo exprés y esperar que llegue a su objetivo. Incluso el viaje de vuelta más rápido, devolver el cráneo del ídem empaquetado en hielo, puede tardar un día entero. ¡Cuánto mejor sería si pudieras transmitir tu onda principal por un cable fotónico, imprintar un repuesto que ya esté en el lugar, husmear un ratito y luego recuperar la onda alterada!
—Suena a teletransporte. Podrías ir a cualquier parte, incluso a la Luna, casi instantáneamente… suponiendo que enviaras algunos repuestos por adelantado. ¿Pero es realmente necesario? Ya tenemos telepresencia robótica en la Red…
Reina Irene se echa a reír.
_.Telepresencia! ¿Usar gafas para mirar por unos ojos de lata lejanos? ¿Manipular una maquina ruidosa para que camine por ti? Incluso con pleno feedback retinal y táctil, apenas puede calificarse corno una entrega. Y los retrasos de la velocidad de la luz son temibles. Esta «reina» y su sarcasmo están empezando a molestarme.
—¿Es eso? ¿Ha conseguido Hornos Universales la imprintación a larga distancia? A las líneas aéreas no les hará ninguna gracia. Ni a lo que queda de los sindicatos.