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– Ya lo creo que sí, si valiera la pena. No hemos olvidado la historia del campesino [22].

– Esto es, ponte sentimental -gruñó Heide-. Pero voy a decirte una cosa. Los arenques y las alfombras queman los dedos, y yo no sé nada si te atrapan.

– No te preocupes -dijo Porta-. Ese día iremos juntos a chirona. Cogidos de la mano, como los dos buenos amigos que somos.

– ¿Por qué?

– Verdaderamente, eres obtuso -replicó Porta, riendo-. Vas a buscarme las alfombras y me las revendes. Yo sólo estoy aquí para cobrar o para controlar, si lo prefieres.

– No tienes un pelo de tonto, pero no te imagines que conseguirás un átomo de lo que queda.

– Ya veremos.

– ¡Jamás! -gritó Heide-. Yo también sé cosas tuyas. Tengo un amigo que es comandante responsable en el almacén de las SS. Me ha explicado que buscaban a un ladrón que había birlado cascos de acero. En Fuhlsbüttel hay un calabozo preparado con todo lo necesario.

– ¿Y a mí qué me importa todo eso?

Porta no se dejaba impresionar.

– ¡Es a ti a quien buscan! -chilló Heide, acusador.

– Callaos -dije-. Despertaréis a todo el mundo.

– Si sigues metiéndote en mis asuntos -amenazó Heide-, irás a partir piedras a Torgau, Herr Obergefreiter Joseph Porta.

Hermanito puso término a la discusión. Miró a su alrededor, y dijo con aire misterioso:

– Cuando Leopold haya estirado la pata, me atiborraré de salchichas. Con «Slibowitz».

Heide asintió con la cabeza.

– Leopold y sus colegas pueden sentirse orgullosos. Su trabajo es de primera clase. Han hecho de nosotros lo que han querido. Unos tipos temerarios. Acero Krupp.

– El acero Krupp es mantequilla en comparación conmigo -dijo Hermanito, pegando un puñetazo contra la pared de hormigón.

Ésta se agrietó. Era como si la hubiese golpeado con un martillo. De todos nosotros, él era el más fuerte. Podía partir un ladrillo en dos. Había desnucado a una vaca propinándole un golpe con el canto de la mano. También Porta podía romper un ladrillo, pero necesitaba dos golpes. Steiner se despellejó horriblemente la mano cuando lo intentó. Pero, después, se había ejercitado mientras la llevaba enyesada, y ahora conseguía hacerlo con bastante facilidad.

Todo el mundo era capaz de romper el mango de una pala. Por el momento, Hermanito hacía prácticas con una barra de hierro.

Fue un soldado mogol quien nos enseñó aquel golpe. De uno solo envió a Hermanito al suelo. Justo entre los ojos. Quedamos tan atónitos que le ofrecimos la libertad si quería enseñarnos el truco. Lo hizo en seis semanas. Le entregamos un uniforme alemán y nos lo llevamos con nosotros.

Nos separamos la víspera de Navidad. Le vimos cómo atravesaba las líneas corriendo. Estábamos algo tristes, porque era un buen tipo. Después, le olvidamos.

Se oyó un ruido de pasos que se acercaban. Aguzamos el oído. Parecían los de un soldado.

– ¿Quién será? -preguntó Porta-. Ve a ver, Hermanito.

Haciendo más ruido del necesario, Hermanito salió del refugio.

– ¡Alto, la contraseña! -vociferó.

Los pasos se detuvieron.

– ¡Oh, ya está bien! -dijo una voz en la oscuridad-. Deja de hacer el cretino.

– ¡La contraseña! -repitió Hermanito-. ¡O disparo!

– ¿Estás chiflado?

Habíamos reconocido la voz de Barcelona, pero Hermanito tenía el diablo en el cuerpo.

– La contraseña o te convierto en un colador.

Amartilló su fusil.

– Pero si soy yo, cretino -gritó Barcelona, nervioso, refugiándose en la cuneta.

Distinguimos la sombra de su casco.

Hermanito se mostró más amenazador.

– La contraseña, o te liquido. Esto es la guerra, y la guerra es cosa seria. Nadie entrará aquí sin haber dado la contraseña.

– Soy yo, ¡maldito! -exclamó Barcelona, con rabia, desde la cuneta-. Tu compañero Barcelona.

– No lo conozco, no tengo amigos. La contraseña, o disparo.

Se echó el fusil al hombro y apuntó.

El miedo no nos dejaba respirar. Cuando Hermanito se ponía de aquel humor, podía esperarse cualquier cosa.

– ¡Detente! -cuchicheó Heide-. Tendremos problemas.

– ¡Me importa un bledo! -berreó Hermanito-. Soy un buen soldado, obedezco las órdenes. La contraseña o le pego un tiro.

Barcelona perdió la paciencia. Le acometieron escalofríos al ver el fusil apuntando contra él.

– Matón de burdel, dispara si quieres. ¡Puedes irte al cuerno con tu contraseña!

Saltó por el aire y llegó junto a nosotros.

Hermanito se desternilló de risa.

– Has tenido miedo, ¿eh, pellejo de vino?

– ¡Soldado del cuerno! -gruñó Barcelona-. Dime cuál es la contraseña.

– Ni la menor idea -replicó Hermanito con franqueza-. ¿Tenemos una? Tú eres el Feldwebel. Tú debes conocerla.

– Entonces, ¿por qué haces el cretino de esta manera? -gritó Barcelona.

Alargó la mano hacia la botella de «Slibowitz».

– Pásamela. El Viejo me ha enviado para anunciaros que esta noche os dejarán tranquilos. En la Gestapo trabajan de firme. El Bello Paul está pasando por la criba a sus subalternos. Una gran depuración. Abajo, forman cola para ingresar en la cárcel.

– ¿Qué han hecho? -interrogó Porta, curioso.

Barcelona se frotó las manos.

– De todo. Sabotaje. Insubordinación. Negligencia en el servicio. Y, luego, otros pecadillos como corrupción y robo. -Se echó a reír-. Ni siquiera falta un pequeño asesinato. Si el Bello Paul sigue de esta manera, mañana por la mañana estará solo allá arriba. Los tipos se ensucian en sus calzones. Se les puede ahogar con un cabello.

Porta movió la cabeza.

– ¡Vaya suerte! Sería una estupidez no aprovecharla.

– ¿Quieres ayudar al Bello Paul? -preguntó Hermanito, sorprendido.

– Exactamente. Pero no como tú crees.

– Yo ya no entiendo nada -dijo Heide.

– Qui vivra, verra -dijo riendo el legionario, que casi adivinaba la idea de Porta.

Diez minutos después, nos relevaban. Procurando hacer todo el ruido posible, entramos en la sala de guardia donde Porta anunció:

– Yo me encargo de registrar a los polizontes caídos.

El legionario insinuó una sonrisa comprensiva.

– Bien, camarada. Olfateas la presa.

– ¡Atención, Porta! A esto se llama distracción de fondos.

– ¡Oh, por favor…! -empezó a decir Porta.

Llamaron a la puerta.

El Viejo fue a abrir sin demasiada prisa.

Un secretario hizo entrar brutalmente a tres hombres de la SD.

– Aquí hay unos candidatos a la jaula. Cuidad de ellos.

El Viejo echó las órdenes de detención sobre el escritorio.

Barcelona abrió el registro de inscripción y anotó sus identidades y los motivos de su detención. Aquel registro se había iniciado cuando el Imperio; después, había servido durante la República de Weimar; y seguía sirviendo, ahora, bajo la insignia volátil nazi. El Viejo extendió sobre la mesa los mandatos amarillos que llevaban en la parte superior, a la izquierda, la siguiente mención:

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[22] Véase Los Panzers de la muerte.