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Alex abrió la puerta del dormitorio al oír el susurro de Meredith.

– No hace falta que hables en voz baja. Las dos estamos despiertas. -Señaló a Hope, sentada frente al escritorio de la habitación; se mordía el labio inferior, concentrada, y los pies descalzos le colgaban a varios centímetros del suelo-. Está pintando. -Alex suspiró-. Con el color rojo. He conseguido que comiera unos cuantos cereales.

Meredith se quedó en la puerta. Llevaba puesto el equipo de footing y sostenía el periódico en la mano.

– Buenos días, Hope. Alex, ¿puedes salir?

– Claro. Estaré justo al otro lado de la puerta, Hope. -Pero Hope no dio señales de haberla oído. Alex siguió a Meredith hasta la salita-. Cuando me he despertado ya estaba sentada en el escritorio. No tengo ni idea que cuántas horas lleva levantada. No ha hecho nada de ruido.

– Preferiría no tener que enseñarte esto. -Meredith le mostró el periódico.

Alex dio un vistazo al titular y luego se dejó caer en el sofá al fallarle las piernas. El ruido de fondo se desvaneció hasta que todo cuanto pudo oír fue el martilleo de su propio pulso. Una mujer aparece asesinada en una zanja de arcadia.

– Oh, Mer. Oh, no.

Meredith se puso en cuclillas y la miró a los ojos.

– Puede que no sea Bailey.

Alex sacudió la cabeza.

– Pero la fecha coincide. La encontraron ayer y llevaba muerta dos días.

Se esforzó por respirar y concentrarse en leer el resto del artículo. «Por favor, que no sea Bailey. Que sea más alta o más baja. Que sea morena o pelirroja, pero que no sea Bailey.» Sin embargo, a medida que avanzaba en la lectura, su agitado corazón se iba acelerando.

– Meredith. -Levantó la mirada mientras el pánico se abría paso corno la lava de un volcán-. Esa mujer estaba envuelta en una manta marrón.

Meredith aferró el periódico.

– Solo he leído el titular. -Iba moviendo los labios al tiempo que leía. Luego levantó la cabeza. Las pecas de su rostro contrastaban con su pálida tez-. La cara.

Alex asintió aturdida.

– Ya lo sé. -Tenía la voz débil. A la mujer le habían aporreado el rostro hasta dejárselo irreconocible-. Igual que… «Igual que a Alicia.»

– Dios mío. -Meredith tragó saliva-. La han… -Se volvió hacia el lugar en que Hope permanecía sentada, pintando tan frenéticamente como antes-. Alex.

«La han violado. Igual que a Alicia.»

– Ya lo sé. -Alex se puso en pie, esperaba que no le flaquearan las rodillas-. Le dije a la policía de Dutton que había ocurrido algo horrible, pero no me escucharon. -Irguió la espalda-. ¿Puedes quedarte con Hope?

– Claro. Pero ¿tú adónde vas?

Tomó el periódico.

– En el artículo pone que la investigación la dirige el agente especial Daniel Vartanian, del GBI. El GBI es la agencia de investigación estatal y se encuentra en Atlanta. Ahí es adónde voy. -Entornó los ojos y recuperó de nuevo el control-. Y te juro por Dios que será mejor que al tal Vartanian no se le ocurra ignorarme.

Lunes, 29 de enero, 7.50 horas.

Llevaba esperando aquella llamada desde que recogiera el periódico del porche de entrada por la mañana. Aun así, cuando sonó el teléfono se sintió molesto. Molesto y asustado. Aferró el auricular con mano trémula pero conservó la voz neutra, incluso con cierto tono de aburrimiento.

– Sí.

– ¿Lo has visto? -La voz del otro lado del teléfono era tan inestable como su pulso, pero no pensaba permitir que los demás se percataran de que tenía miedo. El menor signo de debilidad y los demás caerían como fichas de dominó, empezando por el que asumía un riesgo estúpido al llamarlo.

– Lo estoy viendo ahora mismo. -El titular lo había obligado a prestar atención. El contenido del artículo lo había obligado a respirar hondo para contrarrestar las náuseas-. No tiene nada que ver con nosotros. No digas nada y pasará como si tal cosa.

– ¿Y si alguien empieza a hacer preguntas?

– No diremos nada, igual que entonces. Alguien se ha inspirado en aquel crimen, eso es todo. Actúa con naturalidad y todo saldrá bien.

– Pero… esto es muy gordo, tío. No creo que sea capaz de actuar con naturalidad.

– Sí que puedes, y lo harás. Esto no tiene nada que ver con nosotros. Deja ya de quejarte y ponte a trabajar. Y no vuelvas a llamarme.

Colgó; luego volvió a leer el artículo. Seguía molesto y asustado. Se preguntaba cómo podía haber sido tan estúpido. «No eras más que un niño, y los niños se equivocan.» Tomó la foto de su escritorio y se fijó en el rostro sonriente de su esposa junto a sus dos hijos. Ya no era ningún niño, sino un adulto con muchas cosas que perder.

«Si alguno se derrumba y lo cuenta…» Se dio impulso para apartar la silla del escritorio, se dirigió al lavabo y vomitó. Luego recobró la compostura y se dispuso a emprender el día.

Atlanta, lunes, 29 de enero, 7.55 horas.

– Toma. Da la impresión de que lo necesitas más que yo.

Daniel notó el olor del café, levantó la cabeza y vio a Chase Wharton sentado en una esquina de su escritorio.

– Gracias. Llevo una hora consultando los listados de personas desaparecidas y empiezo a ver doble. -Dio un trago y se estremeció al notar el amargo poso que se deslizaba por su garganta-. Gracias -repitió, con mucha menos sinceridad, y su jefe se echó a reír.

– Lo siento. Tenía que limpiar la cafetera antes de hacer más y parecías necesitarlo mucho. -Chase se quedó mirando la pila de listados impresos-. ¿No hay suerte?

– No. No sacamos nada en claro de las huellas. La chica lleva muerta dos días, pero eso no significa que fuera entonces cuando desapareció. He retrocedido dos meses y no he dado con nadie en particular.

– Puede que no sea de por aquí, Daniel.

– Ya lo sé. Leigh ha pedido informes de personas desaparecidas a todos los departamentos en un radio de ochenta kilómetros. -Pero la secretaria tampoco había encontrado nada-. Tengo la esperanza de que solo lleve desaparecida dos días y que todavía no hayan tenido tiempo de echarla en falta, ya que ha coincidido con el fin de semana. Estamos a lunes por la mañana. Puede que hoy, al no haber acudido al trabajo, denuncien su desaparición.

– Cruzaremos los dedos. ¿Vas a convocar alguna reunión informativa?

– Esta tarde, a las seis. Para entonces la doctora Berg habrá completado la autopsia y la científica habrá terminado de examinar el escenario del crimen. -Exhaló un suspiro-. Hasta entonces, tenemos otros problemas de que ocuparnos. -De debajo de la pila de listados sacó tres hojas que había encontrado en el fax al llegar al despacho por la mañana.

El semblante de Chase se ensombreció.

– Qué cabrón. ¿Quién hizo la foto? ¿Qué periódico es?

– El fotógrafo es la misma persona que ha escrito el artículo. Se llama Jim Woolf y es el propietario del Dutton Review. Lo que ves es el titular de hoy.

Chase pareció sobresaltarse.

– ¿Dutton? Pensaba que habían encontrado a la víctima en Arcadia.

– Así es. Será mejor que te sientes, puede que tengamos para un ratito.

Chase se sentó.

– Muy bien. ¿Qué está pasando, Daniel? ¿De dónde has sacado ese fax?

– Me lo ha enviado el sheriff de Arcadia. Lo ha visto esta mañana, al salir a tomarse un café. A las seis me ha telefoneado para decírmelo y luego me ha enviado el artículo por fax. Por el ángulo de la foto, cree que Jim Woolf estuvo todo el rato subido a un árbol, espiándonos.

Daniel examinó la fotografía granulosa y la ira volvió a invadirlo.

– Woolf revela todos los detalles que yo habría mantenido en secreto: que la víctima tiene los huesos de la cara rotos, que estaba envuelta en una manta marrón. Ni siquiera tuvo la decencia de esperar a que cerraran la cremallera de la bolsa. Por suerte, Malcolm tapa la mayor parte de la imagen. -El cuerpo de la víctima quedaba oculto, pero se le veían los pies.