"Estaría bien ir a casa de Kuraguin”, pensó. Pero enseguida recordó la palabra de honor, dada al príncipe Andréi, de no frecuentarlo más.
Pero al instante, como les suele pasar a los hombres sin carácter, sintió tan vivos deseos de gozar una vez más de aquella vida depravada, tan bien conocida, que decidió acudir. Y al momento pensó que la palabra empeñada no tenía validez, porque antes de hacer la promesa al príncipe Andréi había dado al príncipe Anatole su palabra de ir con él. “En fin de cuentas— pensó, —todas estas palabras de honor son algo convencional, sin sentido preciso alguno, sobre todo si se considera que mañana mismo se puede morir uno, o puede ocurrirle algo tan extraordinario que ya no exista nada, ni honor ni deshonor.” Semejantes razonamientos, que destruían en él todas las decisiones y todas las suposiciones, eran frecuentes en Pierre. Se encaminó, pues, a casa de Kuraguin.
Pierre dejó el coche cuando llegó al zaguán de la gran casa, con el portal iluminado, donde vivía Kuraguin junto al cuartel de la Guardia Montada; la puerta estaba abierta y siguió adelante. En el vestíbulo no había nadie; todo era una confusión de botellas vacías, capas y chanclos; olía a vino y, a lo lejos, se oía rumor de conversaciones y gritos.
Habían concluido ya el juego y la cena, pero los invitados no se habían marchado aún. Pierre se quitó la capa y entró en la primera sala, donde se hallaban los restos de la cena y un lacayo, creyendo que nadie lo veía, apuraba furtivamente los vasos. De la tercera sala llegaba un gran ruido; risas, gritos de voces conocidas y el gruñido de un oso. Ocho jóvenes trajinaban preocupados junto a la abierta ventana, y otros tres jugaban con un osezno, al que uno de ellos arrastraba con una cadena, atemorizando a los demás.
—¡Apuesto cien rublos por Stievens!— gritaba uno.
—¡Ojo, no hay que sujetarlo!— exclamó otro.
—Yo apuesto por Dólojov— dijo un tercero. —¡Cierra el trato, Kuraguin!
—Dejad ya al oso. Atención a la apuesta.
—Todo de un trago; si no, pierdes— gritó el cuarto.
—¡Yákov, trae una botella, Yákov!— gritó a su vez el dueño de la casa, un joven alto y guapo, quien, con su fina camisa desabrochada, permanecía en medio del grupo. —Señores: ahí está nuestro querido amigo Petrusha— dijo después, volviéndose hacia Pierre.
Otra voz, la de un hombre de mediana estatura y claros ojos azules, cuya firmeza y serenidad eran sorprendentes entre las voces vacilantes por el vino, gritaba desde la ventana:
—Ven aquí, sé el árbitro de la apuesta.
Dólojov era un oficial del regimiento Semiónovski, conocidísimo jugador y espadachín que vivía con Anatole. Pierre sonreía, mirando alegremente en derredor.
—No entiendo nada. ¿De qué se trata?
—Esperad. No está borracho. Venga una botella— dijo Anatole; y tomando un vaso de encima de la mesa se acercó a Pierre.
—Lo primero de todo, bebe.
Pierre vació un vaso tras otro; miraba a los beodos que se agrupaban junto a la ventana prestando oído a su conversación. Anatole seguía sirviéndole vino y le contaba que Dólojov había apostado con un inglés, Stievens, oficial de marina allí presente, que era capaz de vaciar una botella de ron sentado en una ventana del tercer piso, con las piernas fuera.
—¡Bueno! ¡Acaba la botella!— dijo Kuraguin, sirviéndole el último vaso. —Si no, no te dejaré en paz.
—No, no quiero más— dijo Pierre apartando a Anatole, y se acercó a la ventana.
Dólojov sujetaba al inglés del brazo y exponía claramente las condiciones de la apuesta, dirigiéndose sobre todo a Anatole y a Pierre.
Dólojov era un joven de estatura media, cabellos rizados y claros ojos azules. Tendría unos veinticinco años, no usaba bigote, como todos los oficiales de infantería, por lo cual su boca —el rasgo más característico de su rostro— aparecía del todo descubierta. La curvatura sinuosa de sus labios era muy notable; en el centro, el labio superior descendía resueltamente en cono agudo sobre el inferior, mas grueso, y en las comisuras se formaba constantemente algo semejante a dos sonrisas, una a cada lado; todo el conjunto, en especial su mirada firme, atrevida e inteligente, producía tal impresión que difícilmente podía pasar inadvertido su rostro. Dólojov carecía de fortuna, de toda relación social con las altas esferas, pero, aunque Anatole derrochaba miles de rublos, supo, pese a vivir con él, hacerse respetar de tal modo que todos los amigos estimaban más a Dólojov que a Anatole. Dólojov jugaba a todo y ganaba casi siempre. Y aunque bebía en abundancia, jamás perdía la lucidez de su mente. Kuraguin y Dólojov eran entonces dos celebridades en el mundo de los juerguistas disolutos de San Petersburgo.
Se trajo una botella de ron; dos lacayos, aturdidos y asustados, ensordecidos por los gritos y consejos de los señores que los rodeaban, desmontaban el marco de la ventana, que impedía sentarse en el alféizar exterior.
Anatole, con aire imperioso, se acercó a la ventana. Quería romper algo. Apartó a los lacayos y tiró del marco, que resistió; entonces rompió los cristales.
—A ver tú, forzudo— dijo a Pierre.
Pierre agarró los travesaños de roble, tiró de ellos y los desencajó con gran estruendo.
—Sácalos del todo; si no, pensarán que me sujeto— dijo Dólojov.
—El inglés se jacta... ¿Eh... está bien eso?— decía Anatole.
—Bien— dijo Pierre mirando a Dólojov, quien, con una botella de ron en la mano, se acercaba a la ventana, desde la cual se veía el cielo claro fundido con las luces de la tarde y del amanecer.
Dólojov, con la botella de ron en la mano, saltó a la ventana y gritó a los que estaban en la sala:
—¡Atención!
Todos callaron.
—Apuesto— hablaba en francés para que el inglés lo entendiese, y él no dominaba bien aquella lengua, —apuesto cincuenta imperiales, y cien si quiere— añadió volviéndose al inglés.
—No, cincuenta— dijo éste.
—Bien: cincuenta imperiales a que me beberé toda la botella sin separarla de la boca sentado en la ventana hacia afuera, aquí— se inclinó e indicó un saliente en declive del muro, fuera de la ventana, —y sin sujetarme a nada..., ¿es así?
—Así es— dijo el inglés.
Anatole se volvió al inglés, lo cogió por un botón del frac y, mirándolo desde arriba (el inglés era de baja estatura), le repitió en su idioma las condiciones de la apuesta.
—Espera— gritó Dólojov, golpeando con la botella en la ventana para llamar la atención. —Espera, Kuraguin. Escuchen: si alguno hace lo mismo, le doy cien imperiales. ¿Entendido?
El inglés asintió con la cabeza, sin que se pudiera comprender si tenía o no la intención de aceptar la nueva apuesta. Anatole no soltaba al inglés y, por más que éste, asintiendo, quisiera hacerle entender que lo había comprendido todo, le fue traduciendo las palabras de Dólojov. Un joven delgado, con uniforme de húsar de la Guardia, que había perdido todo su dinero aquella noche, se encaramó a la ventana, se inclinó y miró hacia abajo.
—¡Oh!... ¡Oh!... ¡Oh!...— exclamó, mirando las losas de la acera.
—¡Quietos todos!— gritó Dólojov; y sacó de la ventana al oficial, quien, tropezando con las espuelas, saltó torpemente al suelo.
Dólojov puso la botella en el alféizar, para poder cogerla con facilidad, y poco a poco, con prudencia, se subió a la ventana. Bajó las piernas y, apoyándose con las manos en los extremos de la ventana, observó el sitio, soltó las manos, se sentó, se movió a derecha e izquierda y tomó la botella. Anatole trajo dos candelabros y los puso en el alféizar, aunque la noche era clarísima. La espalda de Dólojov, con su camisa blanca y la cabellera ensortijada, aparecía iluminada por ambas partes. Todos se agolparon junto a la ventana. El inglés estaba delante; Pierre sonreía en silencio. Uno de los asistentes, el de más edad, se adelantó colérico y asustado y quiso sujetar a Dólojov por la camisa.
—Señores, es una locura, va a matarse— dijo el hombre, sin duda el más sensato de los reunidos. Anatole lo detuvo.