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Una tarde lluviosa, Zacarías se enzarzó en una disputa verbal con otro soldado. Se trataba de una discusión sin importancia, pero llevaban encerrados cinco días enteros y en ese tiempo nadie había hecho gran cosa más que mirar lacónicamente por las ventanas. La disputa terminó tomando dimensiones desproporcionadas: algo pueril y trivial sobre municiones y calibres acabó con los dos hombres gritándose a la cara. En un momento dado, el soldado insultó a Zacarías y usó una palabra que Jimmy no había escuchado en su vida: «obtuso». No estaba muy seguro de su significado, pero por la forma de decirlo quedaba claro que era algún tipo de insulto. Jimmy no mudó su expresión; simplemente se limitó a coger su taza de café instantáneo hirviendo y se lo lanzó al rostro. El soldado dio un brinco y cayó hacia atrás, golpeándose contra el suelo mientras gritaba como enloquecido. La cara era un espanto rojo. Un segundo más tarde, sin que nadie tuviera tiempo para comprender siquiera lo que acababa de ocurrir, Jimmy estaba ya subido a horcajadas sobre él y descargaba una terrible lluvia de golpes contra su cara. Zacarías estaba mudo de asombro. Los puños se levantaban y bajaban, tiñéndose de sangre un poco más con cada embestida. Cuando intentaron separarlo, Jimmy se agarró a él con ambos brazos, apretando su cara contra la suya. El soldado chillaba, profiriendo gritos tan agudos que parecían los de un cerdo en un matadero. Cuando consiguieron separarlo finalmente, Jimmy tenía la misma expresión neutra en un rostro bañado en sangre. Entre los dientes, sin embargo, despuntaba un trozo de carne: parte de la mejilla del otro hombre.

Mientras se llevaban al herido a la enfermería, Zacarías supo sin ningún género de duda que tenía a su cancerbero entrenado. Aquel hombre moriría por él. Mataría por él.

Hacía tan sólo unos pocos días, Zacarías habló con Jimmy. Le habló de Trauma y de lo que pensaban hacer en líneas generales. Pero sobre todo le habló de la sirena, y de lo que él esperaba que hiciera. Le dijo que era lo más importante, que Trauma lo necesitaba, que él lo necesitaba, y que tan pronto como escuchara su desquiciante sonido, debía ponerse en marcha y llevar a cabo una pequeña acción.

Jimmy escuchó con atención, o al menos, con toda la atención que era capaz de dedicar a algo. No entendió muy bien qué era todo eso de Trauma ni lo que querían conseguir, y desde luego le importaba bien poco lo que eso pudiera significar. Sin embargo, las palabras necesitar, favor, importante… ¡habían sonado tan bien! Esa noche las repasó mentalmente, recreándose en sus maravillosas implicaciones. Zacarías lo necesitaba, quería que él le hiciera un favor, y era algo muy importante. Sí, Jimmy haría todo y mucho más por él. Jimmy haría que los muertos volvieran a sus tumbas si Zacarías así lo quisiese, aunque para ello tuviera que pasarse toda la eternidad golpeando sus cabezas con un martillo.

– Yo no voy -dijo Jimmy entonces.

Sus compañeros se volvieron brevemente. Uno estuvo a punto de decir algo, pero luego cerró la boca. No sería él quien le dijera a Jimmy el Loco lo que debía hacer y lo que no, eso lo dejaba para su jefe de escuadra, o para Romero, si es que así lo creían oportuno. Se encogió de hombros y reanudó la marcha, seguido por los otros hombres.

Jimmy, por su parte, los vio marchar, concentrado en el sonido de la sirena. Le parecía extrañamente hermoso, simple y uniforme, perfecto en su cadencia y constancia. Era un sonido en el que él podía confiar.

Por fin, revisó el bolsillo de su chaleco. Allí estaba el objeto que Zacarías le había confiado para que llevara a cabo su favor importante: una pequeña granada de mano.

Y sin mover ni un músculo de la cara, Jimmy el Loco echó a andar.

El helicóptero sobrevolaba el bosque de la Alhambra, haciendo estremecer vívidamente los árboles y arbustos bajo el ímpetu de sus aspas. Su intención había sido volver a aterrizar dentro del recinto, pero algo había captado la atención de sus tripulantes.

La vieja sirena Tangent.

– Es una idea horrible… -decía el piloto-. Ese ruido infernal va a sacar a todas esas cosas de sus putos agujeros…

– ¿Habrá ocurrido algo? -preguntó el copiloto.

Su compañero se encogió de hombros. En realidad no lo creía. Hacer sonar semejante bocina no tenía ninguna justificación. Ni había nadie a quien alertar que no estuviera ya en el interior, ni existía nadie en el exterior que debiera ser avisado.

No, debía ser otra cosa.

Miraban hacia abajo, a través de la cabina, fascinados por la marea de muertos que estaba formándose abajo.

– Me pone enfermo cuando se ponen así -dijo.

El copiloto, al menos, estaba en lo cierto con lo de la sirena. Espoleados por el ruido de los disparos y las luces del helicóptero, los muertos corrían por entre los edificios completamente enfervorizados, cruzando por donde quiera que la configuración de las calles se lo permitía. Los puentes que cruzaban el Darro se habían convertido en un trasiego infame de brazos alzados y cuerpos contrahechos, y la cuesta de la Churra, vista desde el aire, mostraba una jauría de cuerpos en abigarrada confusión.

– Por los clavos de Cristo… -dijo el copiloto-. ¿Cuántos debe de haber ahí?

– Cientos…

– Impresiona verlos desde aquí… ¿y si llegan a la base?

– No pasarán de ahí -dijo el piloto.

– ¿Por qué no?

– No se puede subir a la Alhambra por ahí. Demasiado escarpado. Sencillamente, no comunica -contestó.

Pero el copiloto no estaba tan seguro. A pesar de la privilegiada claridad que desprendía la luna, le costaba distinguir lo que ocurría allí abajo; todo era una mancha de un color oscuro, imprecisa y confusa, ofuscada por el espeso tejido de follaje que resultaba demasiado tupido como para vislumbrar nada. Sin embargo, a cada instante que pasaba se convencía a sí mismo de que allí abajo se movía algo. Cuando dejaba los ojos fijos en un punto, le parecía captar movimiento con la visión periférica.

– ¿Puedes acercarte un poco más ahí abajo? -preguntó el copiloto. Con la mano le hacía gestos indicando que descendiese.

El helicóptero bajó de altitud unos cuantos metros, estremeciendo las copas de los árboles, y el foco del aparato barrió la espesura con un haz dirigido y poderoso. Y entonces enmudecieron. Ya no había duda: contra todo pronóstico, los zombis subían por la ladera de la colina, lentos pero seguros.

– Es imposible… -musitó el piloto.

Pero no lo era.

Los zombis habían ganado la batalla contra la humanidad precisamente porque el hombre, tan seguro de su supremacía, los subestimaba continuamente. Si los que ahora vagaban por las calles con los ojos velados por un paño blanco pudieran hablar, contarían historias llenas de fracasos donde abundaban actos de suficiencia y exceso de confianza. «No podrán pasar», «no podrán abrir…», «no podrán…». Pero sí que podían. El zombi avanzaba con terca obstinación, transportando la carcasa humana a extremos inexplorados por el hombre. Avanzaba a cuatro patas si era necesario, aferrándose con garras y dientes a las raíces que escapaban de la tierra, atravesando los zarzales más espinosos y cayendo colina abajo no una, sino diez veces; pero en todos los casos volvía a levantarse y regresaba de nuevo a acometer otro intento.

En muy poco tiempo, los primeros espectros comenzaron a aparecer por la cuesta que llevaba a la Puerta de las Armas, junto a la vieja Alcazaba. Se movían como posesos, incontrolables, furibundos y acelerados; de tanto en cuando, alguno se encorvaba sobre sí mismo para proferir un grito descarnado, nacido de la impotencia de no poder seguir avanzando, o quizá de no poder identificar de dónde venía aquel sonido que los desquiciaba de aquella forma tan brutal.