Billy inclinó la mirada hacia las gachas de avena y las galletas de color oscuro y se le hizo un nudo en la garganta: los filetes estaban aún claros en su memoria, y la comparación resultaba odiosa.
—No tengo hambre —dijo, empujando el plato hacia el otro extremo de la mesa.
Su madre había captado el movimiento y desvió su mirada del televisor, la primera vez que se había molestado en hacerlo desde que Billy llegó.
—¿Qué pasa con la comida? ¿Por qué no comes? Es comida buena. —Su voz era delgada y chillona, y él hecho de que hablara en dialecto cantonés hacía más evidente la cadencia quejumbrosa de sus palabras. La señora Chung no se había molestado nunca en aprender el inglés, y la familia nunca lo hablaba en casa.
—No tengo hambre —repitió Billy. Rebuscó en su mente una mentira que la dejara satisfecha—. Hace demasiado calor. Cómetelo tú.
—Nunca les quitaría a mis hijos la comida de la boca. Si no lo comes tú, lo harán los gemelos. —Mientras hablaba, no apartaba los ojos de la pantalla del televisor, cuyas voces amplificadas casi ahogaban la suya, así como los estridentes chillidos de los dos niños de siete años que luchaban en un rincón por la posesión de un juguete. Bueno, acércame el plato, tomaré un bocado. Les he dado la mayor parte de mi comida a los niños.
Cogió una galleta y empezó a masticarla con movimientos rápidos que recordaban los de un roedor. Había pocas posibilidades de que los gemelos se beneficiaran de la inapetencia de Billy, ya que la señora Chung era especialista en consumir migajas y restos de comida: la redondez de su figura era una prueba de ello. Cogió una segunda galleta del plato sin apartar sus ojos de la pantalla.
El calor y la náusea que experimentaba se atragantaron en la garganta de Billy. Súbitamente tenía consciencia de la estrechez del compartimiento de paredes de acero, de los chillidos de sus hermanos, de los desaforados sonidos del televisor, del entrechocar de los cacharros de cocina que su hermana estaba fregando. Se dirigió a la otra habitación, la única otra habitación que tenían, y cerró la pesada puerta de metal tras él. Había sido una especie de alacena de algún tipo, tenía una superficie de menos de 4 metros cuadrados y estaba casi completamente ocupada por la cama en la cual dormían su madre y su hermana. Habían abierto una ventana en el casco, una simple abertura rectangular con las dentadas huellas del soplete todavía claras, después de treinta años, alrededor del borde. En invierno la tapaban con una manta, pero ahora Billy podía reclinar sus brazos en la abertura y contemplar a través de los buques las luces lejanas de la costa de Nueva Jersey. Era casi de noche, pero el aire que acariciaba su rostro era tan cálido como lo había sido durante todo el día.
Cuando los dentados bordes del metal empezaron a clavarse en sus brazos, Billy se apartó de la abertura y se lavó en la palangana de agua turbia situada detrás de la puerta. No había mucha, pero se frotó la cara y los brazos y aplastó su pelo hacia atrás lo mejor que pudo, mirándose al diminuto espejo colgado en la pared. Luego se apartó rápidamente y tiró hacia abajo de las comisuras de su boca. Su rostro era redondo y joven y, cuando se relajaba, su boca tenía siempre una leve curva de modo que parecía estar sonriendo, y no era así como se sentía. Su rostro mentía acerca de él. Con el agua que quedaba se frotó las piernas desnudas y eliminó la mayor parte de la suciedad y del barro; al menos ahora se sentía más fresco. Se tendió en la cama y contempló la fotografía de su padre en la pared, el único adorno de la habitación. El capitán Chung Pei-fu del Ejército del Kuomintang. Un soldado profesional que había dedicado su vida a la guerra y que nunca había tomado parte en una batalla. Nacido en 1940, había crecido en Formosa y había sido uno de los militares de la segunda generación del ejército de Chiang Kai-chek, que empezaba a envejecer en sus antiguos cuadros. Cuando el Generalísimo murió repentinamente a la edad de ochenta y cuatro años, el capitán Chung no había tomado parte en la revolución palaciega que finalmente había izado a la cumbre al general Kung. Y cuando se había producido la temida invasión de la isla, él se encontraba en el hospital, enfermo de malaria, y había permanecido allí durante la Semana Fatal. Había sido una de las primeras personas evacuadas en avión cuando la isla cayó… incluso antes que su familia. En la fotografía tenía un aspecto severo y castrense, no desgraciado como Billy le había conocido siempre. Se había suicidado un día después de que nacieran los gemelos.
Como un recuerdo evanescente la fotografía desapareció de su vista en la oscuridad, y luego reapareció, apenas visible, mientras la pequeña bombilla disminuía o aumentaba la intensidad de su luz con las oscilaciones de la corriente. Billy contempló cómo la luz menguaba todavía más, hasta que sólo fue perceptible el rojizo filamento, y luego se apagó. Esta noche habían cortado la corriente más temprano que de costumbre, o probablemente había vuelto a producirse alguna avería. Permaneció tendido en la sofocante oscuridad y notó que la cama se hacía más caliente y más húmeda debajo de su espalda, mientras las paredes de la caja de hierro se cerraban sobre él hasta que no pudo soportarlo más. Sus dedos húmedos se deslizaron a lo largo de la puerta hasta que encontraron el pomo, y cuando salió a la otra habitación las cosas no fueron mejores, sino todo lo contrario. La parpadeante claridad verdosa de la pantalla del televisor se reflejaba en los brillantes rostros de su madre, su hermana y sus dos hermanos, transformando sus caras de bocas abiertas y ojos desorbitados en las de unos cadáveres recién ahogados. Del altavoz brotaba el repiqueteo de pezuñas galopantes y el sonido de los interminables disparos de revólver. Su madre apretaba maquinalmente una antigua batería de un faro que había sido conectada al aparato de modo que pudiera funcionar cuando cortaban la corriente. Vio a Billy cuando trataba de deslizarse fuera del cuarto y le tendió la batería.
—Aprieta esto, mi mano está cansada.
—Voy a salir. Que lo haga Anna.
—Harás lo que yo digo —chilló su madre—. Me obedecerás. Un hijo tiene que obedecer a su madre.
Estaba tan furiosa que se olvidó de apretar la batería, y la pantalla se oscureció, y los gemelos empezaron a llorar inmediatamente, mientras Anna les gritaba que se callaran y aumentaba la confusión. Billy salió corriendo y no se detuvo hasta que se encontró en cubierta, jadeando y empapado en sudor.
No había nada que hacer, ningún lugar adonde ir, la ciudad se apiñaba a su alrededor y cada metro cuadrado de ella estaba llena de gente, chiquillos, ruido y calor. Sintió náuseas, se inclinó sobre la barandilla en la oscuridad, pero no logró vomitar.
Maquinalmente, sin apenas darse cuenta de lo que estaba haciendo, se encaminó hacia el muelle y luego se apresuró en dirección a las farolas ampliamente espaciadas de la calle Veintitrés: resultaba peligroso permanecer en la oscuridad de la ciudad por la noche. Podía ir a echar una ojeada a la Western Union… ¿o sería preferible no molestarles tan pronto? Se adentró en la Novena Avenida, contempló el letrero luminoso amarillo y azul y se mordió el labio, indeciso. En aquel momento un muchacho salió del edificio con una tablilla-mensaje bajo el brazo; eso dejaba sitio para otro mensajero. Entraría.
Cuando penetró en el vestíbulo su corazón latió con más fuerza al ver que el banco estaba vacío. El señor Burgger alzó la mirada de su escritorio y su rostro reflejaba el mismo enojo que había reflejado aquella tarde.
—Menos mal que se te ha ocurrido regresar, pues en caso contrario no hubieras tenido que molestarte en volver. Esta noche hay mucho movimiento, no sé por qué. Ve a entregar esto.
Terminó de garabatear una dirección en la parte exterior de la tablilla y luego pegó a ella el precinto de papel engomado, entregándosela a Billy.