– ¿Cerraste la puerta de la calle cuando regresaste?
– Creo que no.
Pero antes de que dijera nada más, se oyó la inconfundible voz del alcalde Luther Baines al pie de las escaleras.
– ¿Bobby Tom? ¿Estás ahí arriba?
Con una boqueada, Gracie se puso de pie y agarró su ropa. Bobby Tom bostezó, luego sacó sus piernas por un lado de la cama con lentitud.
– Será mejor que no te acerques más, Luther. Gracie está desnuda aquí arriba.
– ¿En serio?
– Conseguí que se desnudara para mí.
Gracie podía sentir como se ruborizaba de pies a cabeza y le dirigió una airada mirada de enfado. El le sonrió ampliamente.
– ¿Por qué no nos esperas en la cocina? -gritó Bobby Tom-. Bajaremos en unos minutos.
– Vale -contestó el alcalde-. Y, Gracie, Terry Jo le contó a la Sra. Baines tu idea de lo del centro social y dijo que estaría encantada de ayudar a formar un comité de voluntarios.
Las mejillas de Gracie se ruborizaron todavía más mientras buscaba un paquete de kleenex en su bolso.
– Agradézcaselo de mi parte, Sr. Baines -dijo ella débilmente.
– Oh, se lo puedes agradecer tú misma. Ha venido conmigo, está a mi lado.
Gracie se quedó helada.
– Hola, Gracie -gritó alegremente la Sra. Baines -. Hola, Bobby Tom.
La amplia sonrisa de Bobby Tom se hizo más amplia.
– Hola, Sra. Baines. ¿Hay alguien más ahí abajo?
– Solo el Pastor Frank de la iglesia baptista -contestó la esposa del alcalde.
Gracie dejó escapar un pequeño gritito de alarma.
Bobby Tom le despeinó el pelo y se rió ahogadamente en voz baja.
– Están bromeando, cariño.
– La sra. Frank y yo pensamos que la idea de un centro para personas de la tercera edad es maravillosa, señorita Snow. -El hueco de la escalera se llenó con el sonido profundo de una voz que era inequívocamente pastoral-. La iglesia baptista se compromete a ayudarla en su proyecto.
Con un gemido, Gracie se dejó caer en la cama, mientras Bobby Tom comenzaba a reírse tan fuerte que ella finalmente tuvo que golpearlo con una almohada.
Después, nunca pudo recordar con nitidez cómo consiguió bajar las escaleras para enfrentarse a varios de los más prominentes ciudadanos de Telarosa. Bobby Tom le llegó a decir que su actitud había sido como la de la Reina Isabel de Inglaterra sólo que más digna, pero nunca supo si creerle o no.
capítulo 21
La mañana del viernes que se inauguró “La casa de Bobby Tom” fue cálida y brillante, un día claro de principios de octubre. Los colegios habían cerrado por la celebración del Festival de Heaven y los jardines estaban abarrotados con jóvenes y no tan jóvenes. Todo el pueblo había recibido instrucciones para vestirse de época durante el fin de semana. Muchos de los hombres se habían dejado crecer barba y bigote, y las faldas de las mujeres ondeaban con la brisa. Los adolescentes se arremolinaban entorno a los coches aparcados en las calles. Toda su concesión a vestirse de época era, igual que en Bobby Tom, llevar vaqueros y stetsons.
– … y así, en esta bella mañana de octubre, reunidos bajo la sombra de estos viejos árboles en honor a…
Mientras Luther soltaba el discurso, Bobby Tom estudió la muchedumbre desde su ventajosa situación en la pequeña plataforma que se había construido delante del taller. Su madre estaba sentada a su lado, Gracie estaba al otro lado. Gracie había protestado por tener que sentarse con los dirigentes, pero él había insistido. Estaba preciosa con un vestido amarillo con botones color cereza, un sombrero de paja antiguo y unas gafas de sol muy modernas.
El comité del Festival de Heaven había tenido intención de inaugurar la casa ese mismo día por la noche, pero Bobby Tom se había negado. Sus amigos deportistas que participaban al día siguiente en el torneo de golf comenzarían a llegar al mediodía y quería pasar toda aquella vergüenza antes de que ninguno pusiera un pie en Telarosa, aunque tenía que admitir que ya no protestaba tanto sobre ese proyecto desde que a Gracie se le había ocurrido la idea de que la casa también albergase el centro cívico. Ella era, por lo que veía, la mujer con las mejores ideas que había conocido nunca.
Mientras Luther seguía con el discurso, la mirada de Bobby Tom cayó sobre su madre. Deseaba saber que era lo que le pasaba. En los últimos diez días había intentado hablar con ella varias veces sobre lo ocurrido, pero cada una de las veces ella había desviado la conversación mostrándole unas plantas nuevas en su jardín o algún folleto de un crucero.
Luther agitó los brazos y gritó ante el micrófono preparando el terreno para el apoteósico final.
– ¡Y ahora os presento al ciudadano modelo de Heaven, Texas! Al hombre con dos anillos de la Super Bowl… ¡Al hombre que se ha dado desinteresadamente al pueblo, al gran estado de Texas y a los Estados Unidos de América! ¡El mejor receptor de la historia del fútbol profesional… nuestro hijo predilecto… Bobby Tom Denton!
Bobby Tom se puso de pie ante los gritos de la multitud y se acercó al podio, resistiendo el deseo de romperle los dedos a Luther mientras le daba la mano. Tenía que dar un discurso, pero no le preocupaba. Llevaba dando discursos delante de esa gente desde que estaba en secundaria y sabía exactamente qué decir.
– ¡Es bueno estar en casa otra vez!
Fuertes aplausos y silbidos.
– Veo por aquí, a la gente que ayudó a mis padres a educarme, no penséis que lo he olvidado.
Más aplausos.
Él continuó con el discurso, intentarlo animarlo lo suficiente como para no morirse de aburrimiento, pero moderándolo para que la gente no se hartara. Cuando terminó, le dio a su madre las tijeras para cortar la cinta que se extendía ante la puerta principal. Más aplausos y “La casa de Bobby Tom Denton” y futuro centro cívico de la tercera edad, quedó oficialmente inaugurada.
Mientras su madre se giraba para saludar a sus amigos, él puso el brazo sobre los hombros de Gracie. Entre la preparación del Festival de Heaven y sus brutales rodajes diarios, no habían podido pasar tanto tiempo juntos como a él le hubiera gustado. Últimamente, se daba cuenta de que no disfrutaba de un chiste sólo porque ella no estaba con él para compartirlo. Era una de las muchas cosas buenas de Gracie, entendía la gracia de la vida como no lo hacía ninguna otra persona.
Bajó la cabeza para poder murmurar en su oído.
– ¿Qué te parece si ponemos una excusa y desaparecemos un par de horas?
Ella lo miró con genuina consternación; otra de las cosas que le gustaban de ella. Nunca trataba de disimular su placer ante sus caricias, ni negaba su relación física.
– Me encantaría si pudiéramos, pero sabes que tienes que volver al rodaje. Ya te dan mañana el día libre. Además, necesito ir al hotel para rellenar todas las tarjetas de bienvenida de tus amigos. Te recuerdo que tienes que estar en el club de campo a las seis de la tarde para poder saludar previamente a todos en privado.
Él suspiró. Ella aún no lo sabía, pero cuando esa película estuviera terminada, ellos dos iban a pasar unos días desnudos en una isla desierta donde no hubiera ni teléfonos ni nadie que hablara inglés.
– Está bien, cariño. Pero no me gusta la idea de que conduzcas tú sola de noche al club. Voy a pedirle a Buddy que te lleve.
– Por favor no lo hagas. No estoy segura de lo que me llevará hacer todos mis recados esta tarde y será mejor que lleve el coche.
Él estuvo de acuerdo a regañadientes y se marchó para regresar al rodaje.
Cuando Gracie lo vio irse a contraluz, la luz del sol parecía brillar tenuemente alrededor de él y casi pudo ver la ruedas plateadas de las espuelas invisibles que siempre se imaginaba que llevaba. La gente de Windmill se iría a Los Angeles próximamente y Willow no le había dicho nada de si iría con ellos. Gracie no se podía creer que todo fuera a acabar tan pronto.