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Warburton sonrió.

– Ahí la tienes, Nell.

Nell corrió hacia el monitor de navegación mientras los hombres se hacían a un lado.

– Si queréis encontrar un ecosistema intacto, habéis venido al lugar adecuado -dijo Glyn.

– Calculo que esa isla debe de encontrarse a unos dos mil doscientos kilómetros de la mota de tierra más próxima -dijo Samir.

– Dos mil seiscientos -dijo Nell. Su corazón latía con tanta fuerza que temió que los demás pudieran oírlo-. Cada planta polinizada por insectos en esta isla debería ser una especie nueva -explicó.

Glyn asintió.

– Si tu teoría se sostiene…

Los motores aceleraron cuando el Turbosail giró encima del puente.

Mientras los ojos de Nell casi se salían de sus órbitas, los demás se preguntaron si estaba buscando algo más que una nueva flor en la isla Henders.

Todos retrocedieron cuando una voz tronó a través de uno de los altavoces situado junto a la cámara sobre la ventana delantera.

– ¡Por favor, decidme que esto no es una broma!

– Esto no es una broma, Cynthea -contestó el capitán Sol.

– ¿Quiere decir que realmente hemos recibido una señal de socorro?

– Sí.

– ¡Capitán Sol, es usted mi héroe! ¿Es muy grave?

El capitán Sol miró a Warburton con expresión cansada.

– Es probable que sólo se trate de un velero abandonado. Pero la radiobaliza estaba activada, de modo que debemos ir a comprobarlo.

– ¡Dios santo, eso es oro puro! ¡Nell, dime que estás emocionada!

Nell alzó la vista sorprendida hacia el altavoz que estaba sobre la ventana.

– Sí, sería agradable llevar a cabo un poco de investigación científica de verdad.

– ¡Glyn, cuéntame más cosas acerca de esa isla! -chirrió la voz electrónica.

– Bueno, según Nell, fue descubierta por un capitán británico en 1791. Sus hombres desembarcaron pero no pudieron encontrar ninguna forma de llegar al interior de la isla. No existen noticias de que nadie más haya desembarcado allí, y sólo existen registros de tres avistamientos en los últimos doscientos veinti…

La escotilla de estribor se abrió de golpe y Cynthea Leeds entró impetuosamente en el puente vestida con un ceñido mono Newport negro con bandas blancas.

Todos se quedaron inmóviles.

– Eso me gusta. Me gusta mucho -exclamó Cynthea-. Peach, ¿has cogido eso? ¡Genial! ¡Caballeros, y dama, felicidades!

Cynthea sonrió ampliamente, exhibiendo su cara dentadura mientras se echaba hacia atrás el flequillo con la alegría propia de una niña pequeña. Un fino juego de auriculares negros inalámbricos se arqueaba sobre su pelo negro, que estaba cortado estilo paje.

Cynthea era una mujer notablemente bien conservada que, a sus cincuenta años, seguía manteniendo su atractivo sexual. Cuando tenía cinco, su madre había insistido en que recibiera una estricta formación en el arte del ballet, el único gesto que ella consideraba como un acto de bondad por parte de su progenitora. Con un metro ochenta sin tacones, Cynthea conservaba la postura de una bailarina, si bien su imponente estatura se adaptaba mucho mejor al terreno de alta testosterona al que había elegido acceder que al ballet.

Como si de un cangrejo ermitaño sin su caparazón se tratara, Cynthea lucía ridículamente fuera de lugar en el mar, o incluso lejos de una ciudad. Pero en los últimos tiempos no podía evitar darse cuenta de que la estaban llevando fuera de la ciudad para que paciera en la jungla que habitaba y que tenía la juventud como su centro.

Cynthea había producido anteriormente dos programas para la MTV que habían cosechado un gran éxito. Pero el ambiente despiadado en el que vivía no toleraría un solo tropiezo. Después de que su último reality show para la cadena de televisión, el espurio «Bulcher Shop», fracasara estrepitosamente, su única oferta fue el trabajo que todos los demás productores de la ciudad habían rechazado: un viaje por mar alrededor del mundo desprovisto de todas las comodidades de que disfrutaba en casa.

Con la íntima sensación de que debía adaptarse o extinguirse, y en mitad de un ataque de pánico, le dijo a su representante que aceptara la propuesta.

Ella sabía muy bien que había conseguido el trabajo de «SeaLife» gracias a su talento para sazonar el contenido de un programa, algo que los productores del reality eran dolorosamente conscientes de que podía ser un problema si la parte científica era un muermo. Sin embargo, a lo largo de las últimas tres semanas sus esfuerzos para emparejar a los científicos mareados habían sido un horrible fracaso.

Si el programa era retirado de la parrilla, estaba convencida de que sería el final de su carrera. Sin esposo, sin hijos y sin carrera: todas las profecías de su madre cumplidas. Una situación que sería mucho más fácil de sobrellevar si la madre de Cynthea estuviera muerta, pero no lo estaba. Ni mucho menos.

Cynthea juntó con fuerza las manos en un gesto de agradecimiento a las fuerzas que habían acudido en su rescate.

– ¡Amigos, esto no podría haber ocurrido en un momento más oportuno! Creo que nos hubiéramos matado y comido entre nosotros antes de haber puesto el pie en Pitcairn. ¡Glyn, cuéntame más cosas acerca de esa isla!

– Bueno, según Nell, jamás ha sido explorada.

– ¿Cuándo podremos desembarcar?

– Mañana por la tarde -contestó Glyn-. Si es que podemos encontrar un lugar donde hacerlo. Y, por supuesto, si el capitán nos concede autorización para bajar a tierra.

– ¿Quieres decir que podemos filmar nuestro desembarco en una isla inexplorada para la sección «Cualquier cosa puede suceder» de la emisión de mañana a las 17.50? Si respondes que sí, Glyn, serás mi superhéroe.

– Yo diría que es posible, siempre que el capitán esté de acuerdo. -El inglés se encogió de hombros-. Sí.

– ¡Glyn, Glyn, Glyn! -Cynthea daba brincos de alegría-. ¿Qué era eso que me estabas diciendo acerca de un capitán inglés?

– La isla fue descubierta en 1791 por el capitán Ambrose Spencer Henders -dijo Glyn.

A Nell le resultaba entretenida la manera en que la vanidad de Glyn aumentaba bajo la mirada de Cynthea.

Glyn miró a Nell.

– Sin embargo, es Nell quien debe…

– ¡Esto es oro puro, Glyn! Hazme el favor de anunciarlo a los demás miembros del programa, ¿quieres? -lo interrumpió Cynthea-. ¿Al ponerse el sol, justo después de la cena, y que suene realmente grandioso? ¡Oh, por favor, por favor, por favor!

Glyn miró a Nell disculpándose. Ella asintió, aliviada de que fuera él quien hiciera los honores.

– Sí, de acuerdo.

– ¿Conoces a Dawn? ¿Esa chica morena, de piernas largas, que lleva un tatuaje? -Cynthea hizo un gesto hacia las inmediaciones de sus nalgas-. ¿Sí? Hace poco me estaba diciendo que consideraba que los científicos ingleses eran los hombres más atractivos que conocía. -Cynthea se inclinó hacia adelante y canturreó en la oreja de Glyn-: ¡Creo que estaba hablando de ti!

Los ojos de Glyn se abrieron como platos mientras Cynthea se volvía hacia el capitán Sol.

– Capitán Sol, ¿podemos desembarcar? -La productora brincaba arriba y abajo como una niña pequeña rogándole a su abuelo-. ¿Podemos, podemos, podemos?

– Sí, podemos desembarcar, Cynthea. Después de que hayamos comprobado esa baliza.

– ¡Gracias, capitán Sol! ¿Sabe que el doctor Jennings está loco por usted?

Warburton sacudió la cabeza.

– Si pudiésemos encontrar a alguien para Nell -insistió la productora-. ¿Qué me dices, querida? ¿Cuál es tu tipo de hombre, en cualquier caso?

Nell vio que Glyn miraba a través de la ventana hacia donde se encontraba Dawn, quien estaba practicando estiramientos de yoga en la cubierta del entresuelo. Con el cuerpo firme y con su negra cabellera, Dawn llevaba un top color mostaza que dejaba al descubierto su abdomen soberbiamente tonificado. El tatuaje que representaba un sol amarillo y púrpura asomaba por encima de la parte de abajo de su biquini negro.