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Eso sí, la residencia es linda y muy grande, lo cual es estupendo para la fiesta, y podremos hacerla acá con todos los invitados sin demasiadas apreturas. Antes de la Revolución era la casa de un rico comerciante y está diseñada por Shekhtel, según dicen un famoso arquitecto ruso del art nouveau. Tiene una planta irregular, con muchos salientes y entrantes y dos torrecillas coronadas por agujas. En la puerta principal hay un montón de timbres porque después de la Revolución vivían aquí más de quince familias. En la planta baja tenemos un hall, un gran salón, el comedor y una biblioteca con boiserie en las paredes, gigantescas cristaleras emplomadas y una enorme chimenea gótica de piedra con todo tipo de gárgolas, murciélagos, demonios. La luz de la araña hace que los bichos me sigan con la mirada por toda la habitación. A veces me da escalofríos. Para tranquilizarme un poco, Luisa me contó que, según la leyenda, el rico comerciante mató a su amante al encontrarla con otro y luego intentó deshacerse del cuerpo descuartizándolo y quemándolo en la chimenea. Al parecer, el alma en pena de la asesinada sigue vagando por la casa. Macanudo. Lo que faltaba. Luis dice que esta casa tiene mucho poder evocador, que uno puede imaginar perfectamente cómo era la vida antes de la Revolución. A mí, sin embargo, tener un espectro de aquella época como parte del atrezzo me parece demasiado.

Abajo, en el inmenso sótano, están la cocina, la despensa, el taller-madriguera de Serioya, el lavadero y varios cuartos llenos de cachivaches.

Arriba, nuestros dormitorios y un salón de estar para la familia. En total casi ochocientos metros con los que no sé muy bien qué hacer.

Con todo el lío que tenemos, casi no me ha dado tiempo para recorrer bien la ciudad. La primera impresión fue brutal, especialmente para Gervasio. Él estaba encantado con la idea de venir a un país modernísimo, puesto la URSS es una potencia mundial que lanza cohetes al espacio. Sin embargo, Moscú es una ciudad triste y gris, dividida por gigantescas avenidas que hay que cruzar a través de subterráneos, flanqueadas por grandes edificios monolíticos y grises de la época estalinista y donde todo el mundo viste igual (de mal). Parece una tontería, pero la ausencia de los grandes letreros luminosos de tiendas y publicidad la hacen aún más triste. Como contrapunto, hay una zona histórica alrededor del Kremlin muy interesante y la Plaza Roja es maravillosa, con la catedral de San Basilio al fondo, que se ha convertido en mi iglesia preferida de todas las que conozco. Es una explosión de color entre tanto gris, y con esas cúpulas retorcidas parece tener movimiento propio. Dicen que, una vez concluida la obra, Iván el Terrible, el zar que la mandó construir, ordenó sacarle los ojos al arquitecto para que nunca pudiera hacer otra iglesia tan bella. La historia de este país, siempre tan sangrienta.

La residencia de la embajada está junto a la avenida Gorki, una de las arterias de la ciudad, en una zona que debió de ser residencial antes de la Revolución aunque después construyeron unos bloques de pisos bastante horribles. Sin embargo, seguro que la ciudad cambiará cuando nieve y estará mucho más linda. Ahora parece una estación de esquí abandonada en pleno agosto.

Pensar en toda la gente que vendrá a la boda no me deja dormir. Sólo desde España llegarán ciento y pico. Como no hay relaciones diplomáticas entre los dos países y el viaje de Madrid a Moscú es bastante complicado, el padre del novio ha alquilado un avión para los invitados que vengan de allá. Ya tenemos reservado lugar para todos en el Intourist y el Rossia, los dos hoteles más modernos y pasables de la ciudad. Desafortunadamente, y debido a la distancia, de Montevideo creo que no vendrá casi nadie. De acá esperamos a unos ciento cincuenta porque, aunque somos recién llegados, es una buena ocasión para invitar a los embajadores de los países clave para Uruguay, y a las autoridades soviéticas. Me da la impresión de que hasta el mismo día de la ceremonia no voy a saber ni quiénes ni cuántos rusos van a asistir. He llamado varias veces al Ministerio de Asuntos Exteriores para que me den una lista, y hasta ahora no me han dado nada. El otro día fue la presentación de cartas credenciales y le dije a Luis que intentara averiguar algo pero, como siempre, no se puede confiar en los hombres para estas misiones.

– Cómo querés que pregunte esas cosas en el Kremlin. ¿Te parece el momento? ¿Va usted a venir a mi fiesta, camarada presidente?

¡Claro que es el momento! ¿Cuándo mejor que en la presentación de credenciales en las que normalmente nunca se habla de nada importante? Además, sólo estaba el viejo Podgorny, el presidente, que casi no manda. Brezhnev, como nominalmente sólo es el secretario general del Partido Comunista de la URSS, no asiste a estos actos. El que sí espero que venga es Gromiko, el mítico ministro de Asuntos Exteriores. Ojalá, porque aunque no tiene fama de divertido (por lo visto no sonríe bajo ninguna circunstancia) es la primera figura de la diplomacia mundial desde la época de Stalin. Sin embargo, Luis tampoco se animó a decirle nada el otro día. Aunque sólo hablaron de tonterías, como suele ocurrir en estas ocasiones, volvió bastante impresionado. Dice que el ministro tiene una mirada de una tremenda inteligencia y que transmite una gran sensación de misterio. No acabo de entender por qué le asombra esto último ya que todo en este país es sumamente misterioso.

De todas maneras, gracias a estos primeros contactos, las autoridades están siendo muy serviciales ayudándonos con lo de la iglesia. Como al parecer es la primera boda católica en Moscú desde hace no sé cuántos años, temíamos que surgieran bastantes problemas, especialmente cuando rechazamos la posibilidad de hacerla en San Luis, la única iglesia católica que sigue abierta. Es muy fea y oscura, sin ningún interés y yo prefería una, cómo decirlo, más «rusa». Luis estaba que se subía por las paredes porque decía que los rusos nos iban a mandar a la miércoles. Tenía razón. De una manera muy diplomática nos dijeron que no había precedente. Desgraciadamente para ellos, no me conocían. Rogué, supliqué, pataleé, les hablé de las ventajas de demostrar al mundo que no hay persecución religiosa en la URSS (que la hay). Después de mucha incertidumbre, y me imagino que por no escucharme más, al final conseguí autorización del ministerio para celebrar la misa en una pequeña iglesia ortodoxa en las colinas de Lenin, cerca de la universidad. Es lindísima, amarilla, con su cúpula verde. Parece recién sacada de un cuadro de Chagall. Con el permiso del metropolitano de Moscú (el obispo, aunque tenga nombre de transporte urbano), la ceremonia la oficiará el capellán de la comunidad diplomática, el padre Richards, un canadiense muy agradable. Será, por tanto, una celebración ecuménica de las dos religiones, algo que nadie recordaba en este país.

Solucionado el problema de la iglesia, también el del transporte y alojamiento de los invitados, y a falta de poner en pie esta casa, hay otro que me lleva por la calle de la amargura: la comida. ¿Qué vamos a darles a toda esta gente? Ya no se trata de decidir qué se va a poner de primero, segundo y postre, sino de cómo «conseguir» la comida en este país. Treinta años después de la Segunda Guerra Mundial las tiendas tienen el mismo aspecto que debían de tener al final del conflicto. No hay prácticamente nada. Apenas unas pocas conservas de pescado de aspecto poco recomendable, embutidos inidentificables, papas, pepinos, manzanas y eso sí, repollo, mucho repollo. Los huevos sólo aparecen algunos días al mes y la carne y el pollo cuando muere un secretario general. Por supuesto, no hay ni rastro del famoso caviar ruso. Desde el amanecer se forman largas colas delante de los gastronom, que es como acá llaman a las tiendas de comestibles, y la gente espera así, bajo la nieve, a ver qué le deparará el destino y qué encontrará ese día en las estanterías… Los rusos, hombres y mujeres, no salen nunca de sus casas sin llevar en la mano una bolsa de la compra, a la que llaman sunka, y, en cuanto ven una cola en una tienda cualquiera, se ponen detrás, da igual de qué se trate: pepinos, enchufes, latas de sardinas, calzoncillos… necesiten esas cosas en ese momento o no. Muchas veces hay siete u ocho colas distintas en un mismo comercio para los diferentes productos. Si los artículos que aparecieron ese día no son del todo inusuales, la gente guarda cola disciplinadamente, pero si, por casualidad o lotería burocrática, surge un buen salami, carne de vaca, una lata de arenques de Alemania Oriental o gourmandises parecidas, aquello puede transformarse en la segunda parte de la batalla de Stalingrado. Por eso, lo normales que hacia las diez de la mañana las estanterías ya estén completamente vacías y los vendedores tengan que quedarse a pie firme y de brazos cruzados hasta la hora del cierre. Capítulo aparte merecen las bebidas alcohólicas, todas racionadas, desde la cerveza hasta el vodka, que es moneda de cambio corriente en un mercado negro muy perseguido, pero muy activo.