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JUEGOS DE GUERRA

Una vez pasada la emergencia del casamiento, hoy di una comida a las mujeres de los embajadores iberoamericanos para agradecerles los regalos de la boda de Carmen. La vida diplomática es como una espiral perversa de agradecimientos: como tú me invitaste, yo te invito, y como yo te invité tú me vuelves a invitar y así hasta el agotamiento o la ruptura de relaciones entre nuestros países. El problema es que intentar seguir este ritmo cuando uno tiene como cocinera a un desastre nuclear llamado Larissa es complicado. Hay que ensayar y ensayar hasta dar con algo que quede razonablemente comestible. Para este almuerzo experimentamos sin éxito con una mousse de foie (una lástima haber desperdiciado una lata grande porque acabó en la basura. Esta mujer confundió la gelatina sin sabor con un sobre de gelatina de fresa de los chicos). Luego fracasamos con un pastel de maíz (incomible porque quemó la cebolla y olvidó la harina), unas berenjenas en bechamel con unos grumos como puños y no sé cuántas cosas más. Después de horas y horas en la cocina intentando por intermedio del ama de llaves, que es la única que habla español, que Larissa comprendiera algunas nociones básicas como que hay que pelar las patatas por muchas vitaminas que diga la Academia Soviética de Medicina que tiene la piel, conseguí organizar una comida sencilla pero digna: crema de cebolla, huevos en brioche, lomo a la jardinera y un postre de merengue. Prácticamente, lo único que Larissa tenía que hacer era calentarlo un poco, pero hasta eso me parecía un riesgo con ella. Sin embargo, cuando llegaron las invitadas mis preocupaciones estaban muy lejos de si los huevos quedarían crudos o la crema fría.

Mientras arreglaba el cuarto de la biblioteca para el aperitivo, descubrí que en vez de estar en el colegio, como yo suponía, Íñigo y Gervasio se habían escondido en una galería que hay encima de la chimenea, que antiguamente se usaba para situar a los músicos en las fiestas. Primero intentaron engañarme diciendo que hoy había veintisiete grados bajo cero (a partir de veinticinco se cierra el colegio) pero yo sabía que no había más de diez o doce bajo cero. Acabaron confesando su falta y que Dolores y Mercedes tampoco habían ido y que estaban jugando a las cartas en uno de los trasteros de la casa. Me tuve que enojar mucho y mandar a los cuatro de vuelta a clase, custodiados por Ivan, el chofer.

Me preocupa especialmente Íñigo. Es el mejor amigo de Gervasio desde que llegamos a España y es todo lo contrario que éclass="underline" simpático, gracioso, achuchable con esos grandes mofletes, brutote aunque muy buen estudiante. Me costó un mundo que su madre lo dejara venir con nosotros a Moscú, prácticamente lo he tenido que raptar. Yo no quería que Gervasio creciera en un país extraño rodeado de las mujeres de su familia y se hiciera, como decirlo, rarito. Es un niño muy sensible y no sé si excesiva influencia femenina hubiese sido beneficiosa. Juntos parecen el gordo y el flaco y están especialmente graciosos ahora que los llevo a todos lados vestidos iguales con su trenka beige y sus gorros de piel, aunque a ellos les moleste un poco. El caso es que si me traje a este niño hasta el fin del mundo con la excusa de que va a aprender a hablar el idioma del futuro y luego lo devuelvo sin saber ni papa, no sé qué le voy a contar a la madre.

– Es… interesante esta crema de cebolla, Bimba -me comentó de pronto la embajadora de Chile con cierta malicia-. Este trozo de pepino crudo que me he encontrado, ¿es de adorno?

A saber de dónde había salido ese pepino.

– Es una costumbre del Cáucaso, querida. El que encuentra pepino en la sopa tiene diez años de buena suerte -me inventé con mi mejor cara. Habrase visto, la atrevida ésta. Ya tengo bastantes problemas en la cabeza para preocuparme de un trozo de pepino. Además, no sé por qué me lanza esa indirecta mal intencionada. Yo tampoco le digo a ella nada de ese broche espantoso que lleva.

Comprendo que meter directamente a los chicos en un colegio ruso no es lo más adecuado para una educación comme il faut, pero cuando llegamos a Moscú ya no había lugar ni en el Liceo Francés ni en la Angloamerican School. Me costó muchísimo conseguir que los rusos me dejaran apuntarlos en uno de sus colegios. Yo creo que pensaban que mis pobres hijos iban a dedicarse al espionaje o algo así. Tuve que presentarme tres o cuatro veces en las oficinas del UPDK (ya voy perdiendo la timidez) para que los admitieran. El aspecto exterior del colegio es bastante agradable para lo que suelen ser los estándares soviéticos, con unas grandes columnas en la fachada coronadas por los bustos de unos barbudos prohombres de la ciencia y un pequeño jardincito enfrente. Tiene cinco plantas unidas por dos grandes escaleras por las que bajan y suben hordas de chicos con su uniforme de chaqueta, pantalón gris y pañuelo rojo al cuello. Las niñas, por su parte, visten trajecito con falda tableada marrón, un cuello blanco de piqué y un delantal. Así, más que futuros pilares del paraíso comunista, lo que parecen son mucamas, la verdad. No se preocupen, es un colegio normal, eso les digo yo a los chicos, como en cualquier otro sitio. Bueno, casi normal… En cada rellano de la escalera hay exposiciones didácticas en grandes paneles de madera que parecen muy interesantes. Me acerqué a ver una de ellas. Mostraba la foto de unos niños famélicos en un sitio que parecía un campo de concentración. Debajo había un letrero: «Eto kapitalism» (esto es el capitalismo). Al lado otra foto de unos niños alegres y bien alimentados jugando en un jardín precioso: «Eto komunism». De pronto me entró una preocupación terrible de que fueran a lavarles el cerebro a mis niños, pero la cosa no tenía remedio, era ese colegio o ninguno.

Sonreí encantadoramente para que mis invitadas no se dieran cuenta de que estaba en otra cosa.

– ¿Querés un poco más? -le pregunté a la embajadora de Perú, que estaba a mi izquierda.

– No, muchas gracias. Estaban deliciosos estos huevos revueltos con croütons.

Como estaba en mi limbo particular no me había dado cuenta de que Larissa había recalentado hasta la combustión los huevos en brioche. Le hice una señal a Yuri, el mayordomo, para que sirviera más vino a las señoras, a ver si se emborrachaban y dejaban de importunarme.

Es un problema terrible que los niños hagan «novillos», como dicen ellos, y no aprendan nada. Seguro que no es la primera vez.

– Jefa, compréndelo, es como si a ti te metieran todo el día en un sitio donde sólo hablan chino -me dijo Gervasio-. Nos morimos de aburrimiento porque todas las clases son en ruso, nuestros compañeros no hablan otra cosa, somos los únicos extranjeros y todavía no entendemos casi nada.

– Además, cuando llegamos a la escuela todavía es de noche -intervino Íñigo-, y en clase hace mucho calor porque ya sabes que aquí ponen la calefacción a tope en todas partes. Con el calorcito y el run run de la clase y del idioma este del demonio nosotros nos quedamos dormidos como troncos.

– Sobre todo tú, rico -dijo Gervasio-. Yo por lo menos me quedo frito sin montar mucho lío, pero Íñigo se repanchiga en la silla y ronca como un oso. Cuando nos despertamos, la profesora nos está señalando, diciendo algo así como kapitalisticheski svinya (que quiere decir «cerdos capitalistas»), y los niños se ríen de nosotros. Como comprenderás, para eso no dan ganas de volver al colegio.

– Bimba querida, tengo que recomendarte una carnicería nueva que hay para el cuerpo diplomático que te va a encantar. Si al carnicero le das unos cuantos dólares bajo mano te hace incluso cortes franceses especiales. Tiene un filet mignon que no está nada mal -me comentó educadamente la embajadora ecuatoriana, que llevaba un rato masticando un trozo de lomo a la jardinera como el que masca cuero.