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«El doctor ha tardado — pensó Cristo —, ya he visto al 'demonio' ».

Salvador y Cristo entraron en el jardín. El doctor pasó de largo la casita cubierta de hiedra y se dirigió al estanque. El mono seguía en el agua soltando burbujas.

Cristo gritó asombrado, fingiendo haberlo visto por primera vez. Pero lo que le asombraría de veras estaba por llegar.

Salvador no prestó al mono la mínima atención. Limitose a hacer un gesto renuente, cual si le importunara. El mono emergió, salió de la piscina, se sacudió y trepó a un árbol. Salvador se inclinó, palpó la hierba y apretó con fuerza una pequeña placa. Se oyó un ruido sordo. Por el perímetro del fondo se abrieron unas compuertas, y varios minutos después el tanque estaba vacío. Las compuertas volvieron a cerrarse. De uno de los laterales se desplegó una escalerilla metálica que conducía al fondo.

— Sígueme, Cristo.

Ambos bajaron a la piscina. Salvador pisó una losa y una nueva escotilla, de un metro cuadrado de ancho, se abría en el medio del fondo, dando paso a otra escalera que se perdía en un profundo subterráneo.

Cristo siguió a Salvador a ese subterráneo. Caminaron largo rato. La única iluminación era la luz difusa que llegaba de la escotilla. Pero quedaron muy pronto en tinieblas. Los rodeaba una oscuridad absoluta. En aquel pasillo subterráneo los pasos retumbaban con extraordinaria sonoridad.

— Cuidado, Cristo, ya llegamos.

Salvador se detuvo, pasó la mano por la pared, se oyó el ruido de un interruptor, y todo se inundó de luz. Se encontraban en una gruta de estalactitas, ante una puerta de bronce con dos cabezas de león, sosteniendo sendos anillos en la boca. Salvador tiró de uno de ellos. La pesada puerta se abrió lentamente y ambos pasaron a una sala oscura. Volvió a oírse el click del interruptor. Una opacada esfera alumbraba la espaciosa gruta, una de cuyas paredes era de cristal. Salvador conmutó la luz: la gruta quedó en tinieblas, y potentes reflectores iluminaron el espacio al otro lado de la pared de vidrio. Era un enorme acuario, mejor dicho, una casa de cristal en el fondo del mar. Había en ella algas y corales, entre los que retozaban peces. De súbito. Cristo vio aparecer entre la maleza submarina un ser humanoide con grandes ojos reventones y manos de rana. El cuerpo del desconocido estaba cubierto de escamas plateadas que resplandecían. Con rápidos y ágiles movimientos se aproximó a nado a la pared de cristal, saludó a Salvador, entró en la cámara de vidrio, y cerró tras de sí la puerta. El agua de la cámara fue evacuada rápidamente. El desconocido abrió la segunda puerta y entró en la gruta.

— Quítate las gafas y los guantes — le dijo Salvador.

El desconocido obedeció, y Cristo vio ante sí un joven esbelto, apuesto.

— Ven que te presente: Ictiandro, el hombre pez, no, mejor el hombre anfibio, alias el «demonio marino».

El joven esbozó una cordial sonrisa, tendió la mano al indio y dijo en españoclass="underline"

— ¡Hola!

Cristo estrechó la mano tendida. Tal era su asombro que no pudo articular una sola palabra.

— El criado negro de Ictiandro se ha enfermado — prosiguió Salvador —. Te quedarás con Ictiandro varios días. Si cumples debidamente te haré su criado permanente.

RADIOGRAFÍA DE UN DÍA DE ICTIANDRO

Todavía es de noche, pero ya pronto amanecerá. El aire es tibio y húmedo, está impregnado de ese dulce aroma que emana de la magnolia, los nardos y la reseda. La tranquilidad y el silencio son absolutos. Ictiandro va por un caminito de arena. Lleva colgando del cinto un puñal, las gafas y los guantes para manos y pies «las patas de rana». Sólo se siente cómo cruje la arena de conchas al pisar. El caminito apenas se distingue. Los árboles y arbustos lo rodean como deformes manchas negras. De los estanques comienza a levantarse niebla. De vez en cuando Ictiandro tropieza con alguna rama y el rocío le salpica el cabello y las ardientes mejillas. El camino vira hacia la derecha y comienza a descender. El aire se hace más fresco y húmedo. Ictiandro siente bajo sus pies losas, disminuye la marcha, se detiene. Pone pausadamente las gafas con gruesos cristales, enguanta manos y pies. Espira el aire de los pulmones y se lanza al agua del estanque. Le envuelve el cuerpo un agradable frescor. Las branquias son penetradas por cierto frío. Los arcos branquiales inician su rítmico movimiento, y el hombre se convierte en pez.

Ictiandro de varias vigorosas brazadas alcanza el fondo del estanque.

El joven nada seguro en plena oscuridad. Estira la mano y localiza una grapa de hierro en el muro de piedra. Al lado de ésta, otra, una tercera… Así llega hasta el túnel, lleno por completo de agua. Primero va caminando por el fondo, superando una fría corriente frontal. Se impulsa del fondo y emerge: esto viene a resultar como si se sumiera en un baño tibio. El agua calentada en los estanques de los jardines corre hacia el mar por la capa superior del túnel. Ahora Ictiandro puede dejarse llevar por la corriente. Cruza los brazos en el pecho, se pone de espalda y navega con la cabeza hacia adelante. La boca del túnel ya estaba cerca. Allí, en la misma salida al océano, en el fondo, de una grieta en la roca brotaba a gran presión una fuente termal. Bajo la presión de sus chorros susurran guijarros y conchas.

Ictiandro se vira sobre el pecho y mira hacia adelante. Estaba oscuro todavía. Alarga una mano. El agua está un poquito más fresca. Las palmas de las manos chocan con una reja de hierro, cuyos barrotes están cubiertos de vegetación submarina blanda y resbaladiza, y de ásperas conchas. Asiéndose de la reja, el joven halla una complicada cerradura y la abre. La pesada puerta redonda de rejas, que cierra la salida del túnel, se abre lentamente. Ictiandro pasa por la rendija formada, y la puerta vuelve a cerrarse.

El hombre anfibio se dirigió al océano a grandes brazadas. En el agua todavía estaba oscuro. Sólo en algunos lugares, en las negras profundidades, se observan chispas azuladas de las noctilucas y el rojo opacado de las medusas. Pero pronto amanecerá y los animales luminiscentes irán apagando sus faroles uno tras otro.

Ictiandro siente en las branquias pequeños pinchazos, le resulta difícil respirar. Eso significa que ha superado el rocoso cabo. Tras el cabo el agua está contaminada con partículas de alúmina, arena y residuos de diversas substancias. En este lugar el agua está menos salada, pues muy cerca desemboca un gran río.

«No acabo de asombrarme, cómo los peces de río podrán vivir en agua tan turbia y dulce — pensaba Ictiandro —. Seguramente sus branquias no son tan sensibles a los granos de arena y a las partículas de limo.»

Ictiandro decide subir a capas más altas, vira bruscamente hacia la derecha, hacia el sur, luego vuelve a descender a la profundidad. Aquí el agua está más limpia. Ictiandro fue a dar a una corriente submarina fría, que va paralela a la costa de sur a norte hasta la desembocadura del Paraná, que desvía dicha corriente fría hacia el este. La mencionada corriente pasa a gran profundidad, pero su límite superior se halla a quince metros de la superficie. Ahora Ictiandro puede volver a dejarse a merced del flujo, pues lo sacará bien lejos, al océano abierto.

Ahora se puede dormitar un rato. No hay peligro: aún está oscuro y los peces voraces no han despertado todavía. Antes de la salida del sol siempre es agradable descabezar el sueño. La piel siente cómo varía la temperatura del agua, las corrientes submarinas.

El oído capta un ruido sordo, estruendoso, tras el primero otro, un tercero. Son las cadenas de las anclas: en el golfo, a varios kilómetros del lugar donde se encuentra Ictiandro, las goletas de pescadores levaban anclas. Se aproxima el amanecer. Ese lejano, lejano zumbido uniforme pertenece a la hélice y a los motores del «Horrocks» — gran trasatlántico inglés, que cubre la travesía Buenos Aires-Liverpool. El «Horrocks» está todavía a unos cuarenta kilómetros, pero ¡cómo se oye! En el agua de mar el sonido se difunde a mil quinientos metros por segundo. Qué hermoso es el «Horrocks» por la noche — una auténtica ciudad flotante —, todo iluminado. Pero para verlo así hay que salir a alta mar por la noche, pues a Buenos Aires el trasatlántico llega con el alba, por eso ya trae las luces apagadas. No, ya no podrá dormitar más: las hélices, los timones y los motores del «Horrocks», las oscilaciones de su casco, la luz de las portillas y de los reflectores despertarán a la población del océano. Seguramente fueron los delfines los primeros en oír que se aproximaba el buque y, zambulléndose, levantaron hace unos minutos el oleaje que hizo inquietarse a Ictiandro. Y, lo más probable, es que hayan ido ya al encuentro del vapor.