Por fin, una tarde de mucho calor se presentó en mi casa el clérigo González de Marmolejo con aire extenuado; había ido y vuelto a Valparaíso en cinco días y tenía las posaderas molidas por la cabalgata. Lo recibí con una botella de mi mejor vino, ansiosa, porque sabía que me traía noticias. ¿Venía Pedro en camino? ¿Me llamaba a su lado? Marmolejo no me permitió seguir preguntando, me entregó una carta cerrada y se fue cabizbajo a beber su vino bajo la buganvilla de la galería, mientras yo la leía. En pocas palabras y muy precisas, Pedro me comunicó la decisión de La Gasca, me reiteró su respeto y admiración, sin mencionar el amor, y me rogó escuchar atentamente a González de Marmolejo. El héroe de las campañas de Flandes e Italia, de las revueltas del Perú y la conquista de Chile, el militar mas valiente y famoso del Nuevo Mundo, no se atrevía a enfrentarme y por eso llevaba dos meses escondido en una nave. ¿Qué le sucedió? Me resultaba imposible imaginar las razones que tuvo para salir huyendo de mí. Tal vez yo me había convertido en una bruja dominante, un marimacho; tal vez confié demasiado en la firmeza de nuestro amor, ya que nunca me pregunté si Pedro me amaba como yo a él, lo asumí como una verdad incuestionable. No, decidí por fin. La culpa no me correspondía. No era yo quien había cambiado, sino él. Al sentir que envejecía se asustó y quiso volver a ser el militar heroico y el amante juvenil que fuera años antes. Yo lo conocía demasiado, junto a mí no podía reinventarse o comenzar de nuevo con frescas vestiduras. Ante mí le sería imposible ocultar sus debilidades o su edad y, como no podía engañarme, me hizo a un lado.
– Leed esto, por favor, padre, y decidme qué significa -dije, y tendí la carta al clérigo.
– Conozco su contenido, hija. El gobernador me hizo el honor de confiar en mí y pedirme consejo.
– Entonces, ¿esta maldad es idea vuestra?
– No, doña Inés, son órdenes de La Gasca, máxima autoridad del rey y de la Iglesia en esta parte del mundo. Aquí tengo los papeles, puedes verlos por ti misma. Tu adulterio con Pedro es motivo de escándalo.
– Ahora, cuando ya no me necesitan, mi amor por Pedro es un escándalo, pero cuando encontré agua en el desierto, curé a enfermos, enterré muertos y salvé Santiago de los indios, entonces yo era una santa.
– Sé lo que sientes, hija mía…
– No, padre, no sospecháis cómo me siento. Es de una ironía satánica que sólo la concubina sea culpable, siendo ella libre y siendo él casado. No me sorprende la bajeza de La Gasca, fraile, mal que mal, pero sí la cobardía de Pedro.
– No tuvo alternativa, Inés.
– Para un hombre bien nacido, siempre hay alternativa cuando se trata de defender el honor. Os advierto, padre, que no me iré de Chile, porque yo lo conquisté y lo fundé.
– ¡Cuídate de la soberbia, Inés! Supongo que no quieres que venga la Inquisición a resolver esto a su manera.
– ¿Me amenazáis? -le pregunté con el estremecimiento que siempre me produce el nombre de la Inquisición.
– Nada más lejos de mi ánimo que amenazarte, hija. Traigo el encargo del gobernador de proponerte una solución para que puedas permanecer en Chile.
– ¿Cuál?
– Podrías casarte… -logró decir el religioso entre carraspeos, retorciéndose en su silla-. Es la única forma de que puedas permanecer en Chile. No faltarán hombres dichosos de desposar a una mujer con tus méritos y con una dote como la tuya. Al inscribir tus bienes a nombre de tu marido, no podrán quitártelos.
Durante un buen rato no me salió la voz. Me costó creer que me estaba ofreciendo esa torcida solución, la última que se me habría ocurrido.
– El gobernador quiere ayudarte, aunque eso signifique renunciar a ti. ¿No ves que el suyo es un acto desinteresado, una prueba de amor y gratitud? -agregó el clérigo.
Se abanicaba, nervioso, espantando a las moscas del verano, mientras yo me paseaba a grandes zancadas por la galería, procurando calmarme. La idea no era fruto de una súbita inspiración, ya había sido sugerida por Pedro de Valdivia a La Gasca en el Perú, y éste la había aprobado, es decir, mi suerte fue decidida a mis espaldas. La traición de Pedro me pareció gravísima y una oleada de odio me bañó como agua sucia de pies a cabeza, llenándome la boca de bilis. En ese instante deseaba matar al fraile con las manos desnudas, y debí hacer un esfuerzo enorme para comprender que él era sólo el mensajero; quien merecía mi venganza era Pedro, y no ese pobre anciano que sudaba de susto en su sotana. De pronto me golpeó algo así como un puñetazo en el pecho que me cortó el aliento y me hizo tambalear. El corazón se me disparó en un corcoveo de caballo chúcaro, como nunca antes había sentido. Me subió toda la sangre a las sienes, me flaquearon las piernas y se me fue la luz. Alcancé a desplomarme en una silla, de otro modo habría rodado por el suelo. El desvanecimiento me duró sólo unos instantes, pronto recuperé los sentidos y me encontré con la cabeza apoyada en las rodillas. En esa postura esperé hasta que se regularizaron los latidos en mi pecho y recobré el ritmo de la respiración. Culpé del breve desvanecimiento a la ira y el calor, sin sospechar que se me había roto el corazón y tendría que vivir treinta años más con esa partidura.
– Supongo que Pedro, quien tanto desea ayudarme, se dio también la molestia de escoger un esposo para mí, ¿verdad? -pregunté a Marmolejo, cuando pude hablar.
– El gobernador tiene un par de nombres en mente…
– Decidle a Pedro que acepto el trato y que yo misma escogeré a mi futuro esposo, porque pretendo casarme por amor y ser muy feliz.
– Inés, vuelvo a advertirte que la soberbia es un pecado mortal.
– Decidme una cosa, padre. ¿Es cierto el rumor de que Pedro trajo a dos mancebas con él?
González de Marmolejo no respondió, confirmando con su silencio los chismes que me habían llegado. Pedro había reemplazado a una mujer de cuarenta por dos de veinte. Eran un par de españolas, María de Encio y su misteriosa sirvienta, Juana Jiménez, quien también compartía el lecho de Pedro y, según decían, controlaba a ambos con sus artes de hechicería. ¿Hechicería? Lo mismo dijeron de mí. A veces basta secar el sudor de la frente de un hombre cansado para que coma de la mano que lo acaricia. No se necesita ser nigromante para eso. Ser leal y alegre, escuchar -o al menos fingir que una lo hace-, cocinar sabroso, vigilarlo sin que se dé cuenta para evitar que cometa tonterías, gozar y hacerlo gozar en cada abrazo, y otras cosas muy sencillas son la receta. Podría resumirlo en dos frases: mano de hierro, guante de seda.
Recuerdo que cuando Pedro me habló de la camisa de dormir con un ojal en forma de cruz que usaba su esposa Marina, me hice la secreta promesa de no ocultar mi cuerpo al hombre que compartiese mi lecho. Mantuve esa decisión y lo hice con tal desvergüenza hasta el último día que estuve junto a Rodrigo, que él nunca notó que se me habían aflojado las carnes, como a cualquier anciana. Los hombres que me han tocado han sido simples: actué como si fuese bella y ellos lo creyeron. Ahora estoy sola y no tengo a quién hacer feliz en el amor, pero puedo asegurar que Pedro lo fue mientras estuvo conmigo y Rodrigo también, incluso cuando su enfermedad le impedía tomar la iniciativa. Disculpa, Isabel, sé que leerás estas líneas algo turbada, pero es conveniente que aprendas. No les hagas caso a los curas, que de esto nada saben.