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El optimismo primaveral no nos duró mucho, porque en los primeros días de septiembre el chico indio, Felipe, llegó con la noticia de que seguían llegando guerreros enemigos al valle y se estaba juntado un ejército. Cecilia mandó a sus siervas a averiguar, y éstas confirmaron lo que Felipe parecía saber por pura clarividencia, y agregó que había unos quinientos acampados a unas quince o veinte leguas de Santiago. Valdivia reunió a sus más fieles capitanes y decidió una vez más dar escarmiento al enemigo, antes de que éste se organizara.

– No vayas, Pedro. Tengo un mal presentimiento -le rogué.

– Siempre tienes malos presentimientos en estos casos, Inés -replicó en ese tono de padre complaciente que yo detestaba-. Estamos acostumbrados a combatir contra un número cien veces superior, quinientos salvajes es cosa de risa.

– Puede haber más escondidos en otros sitios.

– Con el favor de Dios, podremos con ellos, no te preocupes.

Me parecía imprudente dividir nuestras fuerzas, que ya eran bastante exiguas, pero ¿quién era yo para objetar la estrategia de un soldado avezado como él? Cada vez que intentaba disuadirlo de una decisión militar, porque el sentido común me lo mandaba, se ponía furioso y terminábamos enojados. No estuve de acuerdo con él en esa ocasión, tal como no lo estuve después, cuando le dio la fiebre de fundar ciudades, que no podíamos poblar ni defender. Esa testarudez lo condujo a la muerte. «Las mujeres no pueden pensar en grande, no imaginan el futuro, carecen del sentido de la Historia, sólo se ocupan de lo doméstico y lo inmediato», me dijo una vez, a propósito de esto, pero debió retractarse cuando le recité la lista de todo lo que yo y otras mujeres habíamos contribuido en la tarea de conquistar y fundar.

Pedro dejó la ciudad protegida por cincuenta soldados y cien yanaconas al mando de sus mejores capitanes, Monroy, Villagra, Aguirre y Quiroga. El destacamento, de poco más de sesenta soldados y el resto de nuestros indios, salió de Santiago al amanecer, con trompetas, estandartes, disparos de arcabuces y el máximo de bulla para dar la impresión de que eran más. Desde la azotea de la casa de Aguirre, convertida en torre de vigía, los vimos alejarse. Era un día despejado y las montañas nevadas que rodean el valle parecían inmensas y muy cercanas. A mi lado estaba Rodrigo de Quiroga, tratando de disimular su inquietud, que era tanta como la mía.

– No debieron ir, don Rodrigo. Santiago queda indefenso.

– El gobernador sabe lo que hace, doña Inés -replicó él, no muy convencido-. Es preferible salir al encuentro del enemigo, así entiende que no le tememos.

Este joven capitán era, a mi parecer, el mejor hombre de nuestra pequeña colonia, después de Pedro, por supuesto, era valiente como ninguno, experimentado en la guerra, callado en el sufrimiento, leal y desinteresado; además, tenía la rara virtud de inspirar confianza en todo el mundo. Estaba construyendo su casa en un solar cercano al nuestro, pero había estado tan ocupado luchando en continuas escaramuzas contra los indios chilenos, que su vivienda consistía sólo en pilares, un par de paredes, unas lonas y un techo de paja. Tan poco acogedor era su hogar, que pasaba mucho tiempo en el nuestro, ya que la casa del gobernador, siendo la más amplia y cómoda de la ciudad, se había convertido en centro de reunión. Supongo que contribuía a nuestro éxito social mi afán para que no faltaran comida y bebida. Rodrigo era el único de los soldados que no disponía de un harén de concubinas y no andaba cazando a las indias ajenas para preñarlas. Su compañera era Eulalia, una de las siervas de Cecilia, una hermosa joven quechua, nacida en el palacio de Atahualpa, que tenía la misma apostura y dignidad de su ama, la princesa inca. Eulalia se enamoró de Rodrigo desde el primer momento en que éste se juntó con la expedición. Lo vio llegar tan inmundo, enfermo, peludo y andrajoso como los demás fantasmas sobrevivientes de los Chunchos, pero fue capaz de apreciarlo con una sola mirada, aun antes de que le cortaran la pelambre y lo bañaran. No se quedó tranquila. Con infinita astucia y paciencia sedujo a Rodrigo y enseguida vino a hablar conmigo para contarme sus cuitas. Intercedí ante Cecilia para que permitiera a Eulalia servir a Rodrigo, con el argumento de que ella misma tenía suficientes criadas y en cambio el pobre hombre estaba en los huesos y solo, podía morirse si no lo atendían. Cecilia era demasiado lista para dejarse embaucar por tales razonamientos, pero se conmovió ante la idea del amor, dejó ir a su sierva y así Eulalia terminó viviendo con Quiroga. Tenían una relación delicada; él la trataba con una cortesía paternal y respetuosa, inusitada entre los soldados y sus mancebas, y ella atendía sus menores deseos con prontitud y discreción. Parecía sumisa, pero yo sabía, por Catalina, que era apasionada y celosa. Mientras observábamos juntos desde esa azotea a más de la mitad de nuestras fuerzas, que se alejaban de la ciudad, me pregunté cómo sería Rodrigo de Quiroga en la intimidad, si acaso le daría contento a Eulalia. Conocía su cuerpo porque me había tocado curarlo cuando llegó enfermo de los Chunchos y cuando había sido herido en encuentros con los indios; era delgado, pero muy fuerte. No lo había visto completamente desnudo, pero según Catalina: «Tendrías que estar viendo su piripicho, pues, señoray». Las mujeres del servicio, a quienes nada escapa, aseguraban que estaba muy bien dotado; en cambio Aguirre, con toda su concupiscencia… bueno, qué importa. Recuerdo que el corazón me dio una patada al pensar en lo que había oído de Rodrigo y me sonrojé tan violentamente que él lo notó.

– ¿Os sucede algo, doña Inés? -me preguntó.

Me despedí deprisa, turbada, y bajé a comenzar mis tareas del día, mientras él iba a las suyas.

Dos días más tarde, la noche del 11 de septiembre de 1541, fecha que nunca he olvidado, las huestes de Michimalonko y sus aliados atacaron Santiago. Como siempre me ocurría cuando Pedro estaba ausente, no podía dormir. No hice el intento de acostarme, con frecuencia pasaba la noche en vela, y me quedé cosiendo hasta tarde, después de mandar al resto de la gente a la cama. Como yo, Felipe era insomne. A menudo encontraba al muchacho indígena en mis paseos nocturnos por las habitaciones de la casa; estaba en algún sitio inesperado, inmóvil y callado, con los ojos abiertos en la oscuridad. Había sido inútil asignarle un jergón o lugar fijo para dormir, se echaba en cualquier parte, sin siquiera una manta para taparse. En esa hora incierta poco antes del amanecer, sentí redoblarse la inquietud que me tenía con un nudo en el estómago desde que Pedro se fue. Había pasado buena parte de la noche rezando, no por exceso de fe sino de miedo. Hablar mano a mano con la Virgen siempre me trae tranquilidad, pero en esa larga noche ella no logró apaciguar las nefastas premoniciones que me atormentaban. Me puse un chal sobre los hombros e hice mi recorrido habitual acompañada por Baltasar, que tenía el hábito de seguirme como una sombra, pegado a mis tobillos. La casa estaba en calma. No encontré a Felipe, pero no me preocupé, solía dormir con los caballos. Me asomé a la plaza y noté la tenue luz de una antorcha en el techo de la casa de Aguirre, donde habían puesto a un soldado de vigía. Pensando que el pobre hombre debía de estar cayéndose de cansancio después de muchas horas de solitaria guardia, calenté un tazón de caldo y se lo llevé.

– Gracias, doña Inés. ¿No descansáis?

– Soy de mal dormir. ¿Hay novedad?

– No. Ha sido una noche tranquila. Como veis, la luna alumbra un poco.

– ¿Qué son esas manchas oscuras, allá, cerca del río?

– Sombras. Hace rato que las he notado.

Me quedé observando por un momento y concluí que era una visión extraña, como si una gran ola oscura saliese del río para juntarse con otra proveniente del valle.

– Esas supuestas sombras no son normales, joven. Creo que debemos avisar al capitán Quiroga, que tiene muy buena vista…

– No puedo dejar mi puesto, señora.

– Yo iré.

Descendí a saltos, seguida por el perro, y corrí a la casa de Rodrigo de Quiroga, en el otro extremo de la plaza. Desperté al indio de guardia, que dormía atravesado en el umbral de lo que un día sería la puerta, y le ordené que convocara al capitán de inmediato. Dos minutos después apareció Rodrigo a medio vestir, pero con las botas puestas y la espada en la mano. Me acompañó deprisa a través de la plaza y subió conmigo a la azotea de Aguirre.

– No hay duda, doña Inés, esas sombras son masas de gente que avanzan hacia acá. Juraría que son indios cubiertos con mantas negras.

– ¿Qué decís? -exclamé, incrédula, pensando en el marqués de Pescara y sus sábanas blancas.

Rodrigo de Quiroga dio la señal de alarma y en menos de veinte minutos los cincuenta soldados, que en esos días estaban siempre preparados, se juntaron en la plaza, cada uno con su armadura y yelmo puestos, las armas prontas. Monroy organizó la caballería -teníamos sólo treinta y dos caballos- y la dividió en dos pequeños destacamentos, uno bajo su mando y el otro al mando de Aguirre, ambos decididos a enfrentar al enemigo afuera, antes que penetrara en la ciudad. Villagra y Quiroga, con los arcabuceros y varios indios, quedaron a cargo de la defensa interna, mientras el capellán, las mujeres y yo debíamos abastecer a los defensores y curarlos. Por sugerencia mía, Juan Gómez llevó a Cecilia, las dos mejores nodrizas indias y los niños de pecho de la colonia a la bodega de nuestra casa, que habíamos cavado bajo tierra con la idea de almacenar víveres y vino. Le entregó a su mujer la estatuilla de Nuestra Señora del Socorro, se despidió de ella con un beso largo en la boca, bendijo a su hijo, cerró la cueva con unas tablas y disimuló la entrada con paletadas de tierra. No encontró otra forma de protegerlos que sepultándolos en vida.