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– Por otra parte -dijo Mark.

– Sí, Marco. ¿Se nos avecina algún otro arranque antipatriótico?

– No. Quizá sí. Parece que hoy estoy tomando el relevo de Martha. Es sólo que… ¿no les parece que habría que tener cuidado con el síndrome del camarero californiano?

– Ilustre a una mente pueblerina -dijo Sir Jack.

– Es lo del fulano que en lugar de apuntar en un cuaderno lo que quieres comer y cierra el puto pico -dijo Mark, con virulencia-, se sienta en la silla de al lado y te habla del modo pacífico con que cascan las avellanas y pretende que le hables de tus alergias.

Sir Jack simuló asombro.

– Marco, ¿es una experiencia que le ocurre a menudo? ¿Elige bien los restaurantes? Confieso que mis vivencias son tan limitadas que todavía no he conocido a ningún camarero que me interrogue sobre mis alergias.

– ¿Pero comprende el sentido general? ¿El de que uno entra en un pub a tomarse una pinta en paz y se encuentra con un maloliente jugador de bolos que te echa encima la cerveza y trata de ligarse a tu mujer?

– Bueno, eso es una experiencia intrínsecamente inglesa -observó Martha.

Jeff tosió.

– Oye, eso es de lo más improbable. Nuestras normas de higiene y las referentes al acoso sexual excluyen semejante escena. En cualquier caso, han decidido ir a un pub, ¿no? Estamos pensando muchos otros sitios donde se pueda cenar. Habrá para elegir desde el banquete de fin de semana del Country House hasta el servicio de habitaciones.

– Sólo que… No es esnobismo -dijo Mark-. Bueno, a lo peor sí. ¿Le estás pidiendo a un currante, que antes trabajaba en una fábrica de calcetines o algo parecido, que se ponga a trillar todo el día y que luego se vaya al pub y que en vez de hablar de sexo y de fútbol con sus colegas, que es lo que le apetece, le estás pidiendo que además haga de paleto para visitantes que muy posiblemente son, lo diré en voz baja, más inteligentes y huelen mejor que nuestro fiel empleado?

– Luego puede irse a cenar con el Dr. Johnson en el Cheshire Cheese -dijo Jeff.

– No, no es eso. Es algo como… ¿alguna vez has visto una obra de teatro que cuando se acaba los actores bajan del escenario y se pasean entre el público estrechando manos, como diciendo, eh, ahí arriba sólo éramos producto de tu imaginación, pero ahora ves que somos de carne y hueso como tú? La idea me inquieta.

– Porque eres inglés -dijo Martha-. Piensas que tocarte es una invasión.

– No, se trata de mantener separada la ilusión de la realidad.

– Eso también es muy inglés.

– Cojones, soy inglés -dijo Mark.

– Nuestros visitantes no lo serán.

– Niños -les regañó Sir Jack-. Caballeros. Señora. Una modesta propuesta de la presidencia. ¿Qué les parece una cafetería en la isla que se llame El Capuchino Sucio y cuyo propietario sea el signor Marco?

La obligatoria carcajada colectiva puso punto final a la reunión.

– Dígale a Woodie que es hora -dijo Sir Jack. Esa tarde lucía los tirantes de la Académie Francaise, que retrospectivamente juzgó oportunísimos: la reunión había estado jalonada de bon mots y apercus pitmanescos. El Comité había sido obsequiado con un tour d'horizon de excepcional circunferencia.

La Susie actual era una Susie nueva, y en ocasiones no se acordaba del motivo por el que la había contratado. Por el apellido, desde luego, y por su padre y por el dinero de su padre, etc., y por su sonrisa algo descarada y por una especie de sexualidad dúctil que él intuía debajo de aquellas ropas ceñidas… Pero éstas eran las razones normales para contratar secretarias. Lo que asimismo quería de Susie era un toque de instinto subcutáneo, de percepción extrasensorial, de je ne sais quoi. Cualquiera pensaría que el trabajo consistía simplemente en transmitir información fidedigna de una manera educada.

– Oh -dijo Susie por teléfono y, a continuación, con una sonrisa inadecuada-. Me temo que Woodie se ha tenido que ir a casa, Sir Jack. Creo que otra vez tenía molestias en la espalda.

Sir Jack la corregiría en otro momento a propósito de «Woodie». Él le llamaba Woodie. Ella tenía que llamarle Wood.

– Llame a cualquier otro.

Nueva murmuración en un tono totalmente erróneo: el de los crudos hechos, más que el de enorme consternación por el contratiempo de su jefe.

– Se han ido todos, señor. A la conferencia de los servicios sociales. Puedo llamarle a un taxi.

– ¿Un taxi, joven? ¿Un taxi? -Era algo tan fuera de lugar que casi divirtió a Sir Jack-. ¿Se imagina la reacción del mercado si me fotografiasen tomando un taxi? ¿Cincuenta puntos? ¿Doscientos? Debe de haber perdido los sesitos, mujer. ¡Un taxi! Llame a una limo, una limousine. -Dio a la palabra un sesgo francés, para demostrar que una reprensión incrédula podía cohabitar con el humor-. No. -Sopesó brevemente-. No, me llevará Paul. ¿No es así, Paul?

– La cosa es, Sir Jack -dijo Paul, sin mirar a Martha pero pensando en la zona inmediata de detrás y encima de su rodilla izquierda, en la diferencia entre dedo y lengua, entre piel sedosamente cubierta y pura carne, entre pierna y pierna levantada-. Verá, tengo una cita.

– En efecto. Tiene una cita conmigo. Tiene una cita para llevarme a ver a mi tía May. Así que agenciese una puta gorra, saque del garaje su puto Jaguar propiedad de la empresa y lléveme a Chorleywood.

La erección incipiente de Paul volvió a esconderse en su ratonera. No se atrevió a mirar a Martha. No le importaba que le humillasen delante de los demás -todos sabían cómo se las gastaba Sir Jack-, pero delante de Martha… Martha. Tres minutos después, estaba inclinándose para abrir la portezuela trasera de su coche. Sir Jack hizo una pausa engorrosa y esperó hasta que Paul hubo hecho un saludo torpe, un recuerdo tieso de alguna película de guerra.

– Muy amable por su parte -dijo la voz que tenía detrás de la oreja, mientras el guarda levantaba la barrera con un saludo más avezado-. Estoy seguro de que no le importará que mencione un par de puntos. Se diría que su coche, que a todo esto es mi coche, puestos a pensar en ello, acaba de recorrer marcha atrás un campo arado en persecución de un zorro. Lo inlavable en pos de lo incomestible, por hacer una frase. Póngase siempre otra corbata cuando me transporte, algo más sencillo, negra a secas, más bien. Y el orden de la secuencia es el siguiente: quitarse la gorra, ponérsela debajo del brazo izquierdo, cuadrarse, saludar. Capito?

– Sí, señor.

Salvo que Paul preferiría simular un ataque epiléptico antes que volver a pasar por aquel trago.

– Bien. Y sin duda Martha le estará esperando más tarde y le dará un beso todavía más grande. -Los ojos de Paul, instintivamente, fueron al espejo, pero los de Sir Jack ya estaban allí, desdeñosamente victoriosos-. Concentre su atención en la carretera, Paul, su conducta es impropia de un chófer. Pues claro que lo sé. Sé todo lo que necesito saber. Por ejemplo, y esto puede servirle de consuelo, sé que hay pocas cosas en el mundo que se estropean si se les hace esperar. El arroz, por supuesto, y los suflés, y un buen borgoña añejo. Pero ¿las mujeres, Paul? ¿Las mujeres? Según mi experiencia, no. De hecho diría lo contrario, sin ánimo de incurrir en indelicadeza.

Sir Jack se rió entre dientes como un viejo verde en un escenario de teatro y soltó las correas de su maletín. Mientras avanzaba a lentos acelerones entre parpadeos húmedos de luces de freno, el captador de ideas racionalizó las cosas que conocía tan bien. El ego de Sir Jack necesitaba tal cantidad de oxígeno que estimaba lógico y justo extraerlo de los pulmones de aquellos que tenía cerca. Sir Jack era un patrón normalmente exigente que pagaba bien y esperaba perfección: cuando no la obtenía, alguien debía pagarlo. Que te tocara a ti esta semana, ese día, ese microsegundo, no significaba nada. Conclusión: la humillación era totalmente injustificada, pero la injusticia misma, la enormidad de la regañina, probaba que Sir Jack no la tenía tomada contigo. Otra alternativa: el hecho de que sí la hubiese tomado contigo, de que te hubiese escogido para dispensarte semejante trato, te volvía especial, tanto ante él como ante ti mismo. Si no le importase no se habría tomado la molestia. Era casi su manera de manifestar afecto.