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Volvió a subir a la silla y saludó cortés con la cabeza a mis hermanas antes de hacer que su caballo diera la vuelta en dirección a su casa. Y antes de que hubiera llegado al borde del campo y desapareciera de mi vista, se me ocurrió una idea, porque yo era una chica lista, y nunca me concentraba más que cuando se trataba de Jonathan.

Decidí visitar a Sophia al día siguiente y hablar con ella en privado. A fin de que no se notara mi ausencia, esperé hasta después de encerrar a nuestras gallinas en el gallinero para que pasaran la noche, antes de emprender el camino hacia la granja de los Jacobs. Su finca era mucho más tranquila que la nuestra, principalmente porque tenían menos ganado y porque solo estaban el marido y la mujer para encargarse de todas las tareas. Entré a hurtadillas en el establo, con la esperanza de no encontrarme con Jeremiah y sí con Sophia, y efectivamente la encontré encerrando tres corderos mugrientos en un pesebre para pasar la noche.

– ¡Lanore! -Se sobresaltó y se llevó las manos al corazón.

Sophia iba ligera de ropa para estar fuera, con solo un chal de lana sobre los hombros en lugar de una capa que la resguardara del frío. Tenía que estar enterada de mi amistad con Jonathan, y Dios sabía lo que él le habría contado de mí (aunque puede que yo fuera una tonta al creer que pensaba en mí cuando no estaba conmigo). Me dirigió una mirada gélida, sin duda preocupada por la razón de mi visita. Yo debía de parecerle una niña, aunque solo era unos años más joven, dado que aún no estaba casada y todavía vivía bajo el techo de mis padres.

– Perdona que venga a verte sin avisar, pero tenía que hablar contigo a solas -dije, mirando por encima del hombro para asegurarme de que su marido no andaba cerca-. Hablaré claramente, ya que no hay tiempo para sutilezas. Creo que sabes de qué he venido a hablar contigo. Jonathan me lo ha contado…

Se cruzó de brazos y me obsequió con una mirada desafiante.

– Conque te lo ha contado, ¿eh? ¿Tenía que presumir ante alguien de haberme dejado embarazada?

– ¡Nada de eso! Si crees que le alegra que vayas a tener un niño…

– Un niño suyo -insistió-. Y ya sé que no le alegra.

Entonces supe por dónde atacar. Había estado pensando en lo que le diría a Sophia desde el momento en que Jonathan se había alejado cabalgando el día anterior. Jonathan había acudido a mí porque necesitaba a alguien que fuera implacable con Sophia en su nombre. Alguien que pudiera dejarle clara la debilidad de su posición. Sophia sabría que yo comprendía a qué se enfrentaba; así habría menos espacio para conjeturas y para apelar a las emociones. Me aseguré a mí misma que no estaba haciendo aquello porque odiara a Sophia, ni por resentimiento de que hubiera ocupado mi lugar en la vida de Jonathan. No, yo conocía a Sophia y sabía lo que era. Estaba salvando a Jonathan de la trampa de aquella bruja astuta.

– Con el debido respeto, tengo que preguntarte qué pruebas tienes de que el niño es de Jonathan. Solo contamos con tu palabra y… -Hice una pausa, dejando que mi insinuación quedara flotando en el aire.

– ¿Es que ahora eres la abogada de Jonathan? -Se puso colorada cuando yo no mordí el anzuelo-. Sí, tienes razón, podría ser de Jeremiah o de Jonathan, pero yo sé que es de Jonathan. Lo sé. -Se rodeó el vientre con las manos aunque aún no mostraba ninguna señal de embarazo.

– ¿Esperas que Jonathan arruine su vida porque tú afirmas que estás segura?

– ¡¿Arruinar su vida?! -chilló-. Y mi vida, ¿qué?

– Eso, y tu vida, ¿qué? -dije, irguiéndome tanto como pude-. ¿Has pensado en lo que ocurrirá si acusas públicamente a Jonathan de ser el padre de tu hijo? Lo único que conseguirás será que todos sepan que eres una perdida…

Sophia resopló, girando sobre sus talones para alejarse de mí, como si no pudiera soportar oír una palabra más.

– …Y él lo negará todo. Negará que pueda ser el padre del niño. ¿Y quién te creerá a ti, Sophia? ¿Quién creerá que Jonathan Saint Andrew decidió tontear contigo cuando podía elegir entre todas las mujeres del pueblo?

– ¿Que Jonathan me va a negar? -preguntó, incrédula-. No gastes más aliento, Lanore. No me vas a convencer de que mi Jonathan me negaría.

«Mi Jonathan», había dicho. Me ardieron las mejillas, se me aceleró el corazón. No sé de dónde saqué el descaro para soltarle a Sophia todas las maldades que le dije a continuación. Era como si hubiera otra persona oculta dentro de mí, con cualidades que yo no poseía ni en sueños, y esa persona oculta hubiera sido conjurada de mi interior con la misma facilidad con que se conjura al genio de una lámpara. Estaba ciega de rabia; lo único que sabía era que Sophia estaba amenazando a Jonathan, amenazando con arruinar su futuro, y yo jamás permitiría que alguien le hiciera daño. Él no era su Jonathan, era mío. Yo lo había reclamado años atrás en el vestíbulo de la iglesia, y por tonto que pueda parecer, aquel sentido de posesión germinó en mí y arraigó con fuerza.

– Serás el hazmerreír de todos: la mujer más vulgar de Saint Andrew asegurando que el hombre más deseado del pueblo es el padre de su hijo, y no el patán de su marido. El patán al que ella desprecia.

– Pero es que es hijo suyo -dijo ella, desafiante-. Jonathan lo sabe. ¿No le importa lo que pueda sucederle a la carne de su carne?

Callé un instante al sentir una punzada de culpabilidad.

– Hazte un favor, Sophia, y olvídate de tu alocado plan. Tienes un marido. Dile que el niño es suyo. Le alegrará la noticia. Seguro que Jeremiah quiere tener hijos.

– Los quiere, pero hijos suyos -masculló ella-. No puedo mentirle a Jeremiah acerca de la paternidad del niño.

– ¿Por qué no? Sin duda le has mentido acerca de tu fidelidad -dije sin la menor compasión. Su odio era tan evidente en aquel momento que pensé que podía atacarme como una serpiente.

Había llegado el momento de clavarle la estaca en el corazón. La miré de arriba abajo con los ojos entornados.

– ¿Sabes? El castigo por adulterio para la mujer, si está casada, es la muerte. Esta es todavía la postura de la Iglesia. Piensa en ello, si insistes en seguir adelante con tu decisión. Te cavarás tu propia tumba.

Era una amenaza sin fundamento: ninguna mujer sería condenada a muerte por ser adúltera en Saint Andrew, ni en ningún pueblo fronterizo donde las mujeres en edad de tener hijos eran escasas. El castigo para Jonathan, si por improbables circunstancias los vecinos decidían que era culpable, sería pagar el impuesto de bastardía y tal vez sufrir el ostracismo durante algún tiempo por parte de algunos de los más beatos del pueblo. Sin ninguna duda, Sophia cargaría con la mayor parte del peso.

Sofía daba vueltas en círculos como si buscara atormentadores invisibles.

– ¡Jonathan! -exclamó, aunque no lo bastante alto para que su marido la oyera-. ¿Cómo puedes tratarme así? Esperaba que te comportaras honorablemente. Pensé que esa era la clase de hombre que eras. Y en cambio… -Me lanzó otra mirada venenosa a través de las lágrimas-. Me envías a esta víbora para que haga el trabajo sucio por ti. No creas que no sé por qué haces esto -masculló, señalándome con el dedo-. Todo el pueblo sabe que estás enamorada de él, pero que él no te quiere. Tienes celos, te lo digo yo. Jonathan nunca te enviaría a tratar conmigo de esta manera.

Yo me había preparado para mantener la calma. Me alejé unos pasos de ella arrastrando los pies, como si estuviera loca o fuera peligrosa.

– Pues claro que él me ha enviado a verte. Si no, ¿cómo iba a saber yo que estás embarazada? Ha desistido de hacerte entrar en razón y me ha pedido que hable contigo, de mujer a mujer. Y como mujer, te digo: sé lo que te propones. Te estás sirviendo de su tropiezo para mejorar tu suerte, para cambiar a tu marido por alguien importante. Puede que ni siquiera estés embarazada. Yo te veo igual que siempre. En cuanto a mi relación con Jonathan, tenemos una amistad especial, pura y casta… y más fuerte que la de un hermano y una hermana, aunque no espero que tú comprendas esto -dije altivamente-. No pareces capaz de entender que exista una relación con un hombre que no implique levantarte la falda. Piensa bien en ello, Sophia Jacobs. Es tu problema, y la solución está en tus manos. Elige el camino más fácil. Dale a Jeremiah un hijo. Y no te vuelvas a acercar a Jonathan. Él no quiere verte -terminé con firmeza, y salí del establo.