Olivia, ante el cristal esmerilado, se dio cuenta entonces de que, descartadas la huida y también el ataque como estrategias, sólo le quedaba la posibilidad de recurrir al último y desesperado recurso de toda criatura aprisionada en una telaraña. Y al recordarlo ahora, casi un año más tarde, Olivia sonríe al encender un nuevo Marlboro porque el método elegido es uno que requiere temple y más aún perseverancia, pero que cuando se usa con astucia, resulta infalible: ella lo llamaba la catalepsia.
Igual que una criatura que no tiene otra escapatoria opta en última instancia por hacerse la muerta, eso mismo decidió Olivia aquel día. Fingir de ahí en adelante que nada veía, que nada oía, que nada sentía a la espera del momento en que su suerte cambiara y le permitiera conseguir sus propósitos. Por eso, apenas una hora más tarde, esa misma noche sin ir más lejos, se había sentado a la mesa a cenar con sus dos hombres como si nada hubiese pasado. Como si fuera tonta, sorda y tan ciega que no reparase en sus cabelleras húmedas y repeinadas, que recordaban a dos escolares traviesos que atusándose el pelo y poniendo cara de buenos intentan camuflar su última trastada. Tonta, ciega, sorda y también muda, así había continuado Olivia durante varios meses a la espera de su ocasión. Meses en los que Flavio había seguido intentando ayudar a su primo a encontrar un puesto para el que estuviera dotado. Pero lo cierto es que pronto se hizo evidente para todos -incluso para Flavio- que en el caso de Vlad la palabra «dotado» remitía a aptitudes que poco tenían que ver con el mundo de los negocios. Y durante todo ese tiempo tan doloroso, tan humillante, la mosca falsamente muerta fue fiel a su estrategia de la catalepsia hasta que le pareció notar que algo, muy sutil, comenzaba a cambiar en la actitud de Flavio hacia su primo, lo que presagiaba que pronto podría presentarse la ocasión para por fin ganar la partida. Dicha ocasión no apareció de un día para otro, se hizo esperar aún un poco más, pero Olivia conocía a sus clásicos. O, lo que es lo mismo, a su marido y el estrato económico al que pertenecía. «Un rico -solía consolarse pensando con no poca frecuencia-, tiene una desventaja que, según y cómo, puede ser también una gran virtud: tarde o temprano se cansa de todos sus juguetes.»
Por eso, al fin un día en que, después de una de esas noches en las que Flavio llegaba a casa muy tarde, según él de «un viaje de negocios» con su primo, Olivia notó que la mención del nombre Vlad no tenía ya como consecuencia que su marido irguiera imperceptiblemente el cuello en señal de alerta como hacía otras veces. Pronto se dio cuenta además de que los chistes que contaba el muchacho y las cosas que decía cuando estaban los tres juntos no hacían reír a Flavio como antes, y que los bostezos comenzaban a ser más frecuentes que las sonrisas. Fue entonces cuando la mosca falsamente muerta comenzó a desperezarse y, poco a poco, alzó el vuelo.
Se dice a menudo que nadie resulta más agradable y encantador a otro que la persona que, sin solicitarlo, le aligera de una carga que mucho le estorba pero de la que, por lo que sea, no se atreve a deshacerse. Y he aquí precisamente el papel que adoptó Olivia. El de inocente cómplice involuntaria en la caída de Vlad; y lo hizo, con toda deliberación, para dar un nuevo giro a la geometría variable que configuraba el singular triángulo amoroso formado por ella, su marido y el muchacho.
– He estado pensando -le dijo una tarde a Flavio mientras almorzaban-, que a pesar de lo mucho que has hecho por ayudar a Vlad, es evidente que el pobre no tiene demasiadas dotes para las finanzas. Pero no se lo reproches, tesoro, en realidad cada uno sirve para lo que sirve en esta vida. Mira, he estado dándole vueltas al asunto y se me ocurre el trabajo perfecto para él. Claro que la colocación a la que me refiero lo alejaría de nosotros, pero algún sacrificio tendremos que hacer para que el chico encuentre su lugar ideal. ¿No te parece?
Por la forma en que Flavio había dejado los cubiertos sobre el plato para escucharla con más atención, Olivia se dio cuenta de que iba por buen camino, de modo que continuó.
– Tu problema, Flav, es que eres demasiado bueno, demasiado generoso con todo el mundo. Pero ya has hecho por Vlad lo indecible -añadió, y al pronunciar esta última palabra notó cómo la voz se le quebraba, por eso continuó con redoblado énfasis. Desplegó entonces sus dotes de persuasión, que eran muchas, para explicarle a Flavio que lo mejor era relegar a su primo a tareas más sencillas y por tanto más acordes con su forma de ser-. A Vlad lo que le gusta realmente es el mar, por eso podríamos mandarlo a Mallorca para que supervise las obras que estás haciendo en el Sparkling Cyanide durante el invierno. Al fin y al cabo -añadió con su mejor sonrisa samaritana- es para lo que ha nacido, para estar entre marineros, velas y anclas, ésa es su verdadera vocación. Además, ahora que viene el frío tú viajarás con menos frecuencia a Andratx; en cambio yo puedo ir de vez en cuando y enseñarle lo que esperamos de su trabajo. No es que me vuelva loca el plan, el pobre me parece cada vez más cortito, pero todo sea por la familia ¿no crees?
Sobre el humo de la última calada de su Marlboro, Olivia recuerda cómo, a partir de ese día, Vlad comenzó a cumplir con su indefectible destino de juguete roto. Y lo hizo aquí mismo, en esta casa de Mallorca, desterrado de los salones y de la parte noble de la casa, relegado para siempre a esa habitación sobre el edificio del garaje, una, por cierto, que desde entonces habría de ser testigo de nuevos encuentros amorosos que tenían como participante al menos a uno de los protagonistas de aquella escena que Olivia no lograría olvidar jamás. Y es que, en más de una ocasión, aquel cuerpo trigueño, el mismo que se había trenzado ante sus ojos con el de Flavio Viccenzo, se anudaba ahora con el de su nuevo amo. Ama, habría que decir, porque su propietaria no era otra que Olivia, que viajaba a menudo a la isla para hacerle compañía en su destierro. «Para que no estés solo, tesoro; para que todo sea como antes entre tú y yo. ¿Verdad que te gusta cuando estamos juntos? Como ves, yo no soy de las que se olvida de ti, bésame Vlad.»
Y él no había tenido más remedio que besarla, que hacerle el amor, que estarle agradecido si no quería acabar en la calle, qué dulce venganza. Más que dulce en realidad, porque Olivia descubrió entonces que, si bien la primera vez que se había llevado a Vlad a la cama en aquellas circunstancias, su razón para hacerlo había sido un ejercicio de poder con el que demostrar quién mandaba, existía además otra razón secreta. Sal y sudor, tequila y Old Spice, así se llamaba esa poderosa razón. ¿Y qué importaba que ahora el muchacho la mirase con un nuevo brillo en el que a Olivia no le era difícil identificar algo parecido al odio? ¿Qué importaba que ni siquiera le agradeciese el haberle salvado del cruel destino de los juguetes rotos? «Los sentimientos son tan extraños -se decía- que a veces, cuando una no cuenta con otros afectos en la vida, acaba amando a alguien a contrapelo como le ocurría a ella con Vlad. ¿Cómo le llaman lo franceses a eso? Ah sí, amar á contre coeur o, lo que es lo mismo, hacerlo por razones que uno ni entiende ni aprueba.» «Ven, tesoro, ven aquí. Bésame otra vez.»
El resto de los recuerdos de Olivia Uriarte respecto de triángulos y juguetes abandonados ya no era tan feliz. Y es que lo malo de las geometrías variables, lo malo también de los caprichos de los ricos muy ricos, es que ambos se rigen por reglas inexorables y apenas tienen excepción alguna. Por eso, a pesar de que durante unos meses Olivia pensó que había ganado la partida con cada vértice del triángulo colocado en el lugar preciso que ella deseaba, el equilibrio se descubrió inestable. Así, un buen día comenzaron a aparecer en su camino nuevas y muy evidentes piedras de Pulgarcito. Una, otra y otra más. En esta ocasión dichas piedritas se ajustaban mucho más al patrón clásico de infidelidad conyugal que la vez anterior. Porque, en lugar de calzoncillos Calvin Klein y risas masculinas, se trataba ahora de horquillas de pelo «olvidadas» en los asientos de los automóviles; también de cuellos de camisa manchados de Cherry d'Amour, un tono de lápiz de labios que a Olivia siempre le había parecido decididamente chillón. «Parece que volvemos a la ortodoxia», se dijo al realizar este nuevo descubrimiento y, apenas con un suspiro de dolor, se preparó para volver a adoptar la estrategia de la catalepsia que tan buenos resultados le había dado la última vez. Lamentablemente en esta ocasión sirvió de poco. Sólo una semana más tarde, Flavio le daba la noticia. Kalina, así se llamaba su nuevo juguete. Tenía metro ochenta de estatura, pelo castaño y unos ojos tan azules como los de Vlad pero -y lo que sigue no lo dijo Flavio aunque resultaba evidente- a diferencia de su anterior capricho, éste no necesitaba esposa ciega, sorda y muda que sirviera de tapadera.