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Cincinnatus se recostó sobre el catre y dijo:

—Sí, eso está muy bien. Le agradezco, muñeco de trapo, cochero, cerdo pintado... discúlpeme, estoy un poco...

Aquí las paredes de la celda comenzaron a combarse y ahuecarse, como reflejos en aguas intranquilas; el director empezó a fluctuar, el catre se transformó en un bote. Cincinnatus se aferró a la borda para mantener el equilibrio, pero se quedó con el tolete en la mano y, hundido hasta el cuello, entre mil flores moteadas, comenzó a nadar, se enredó, se hundió. Arremangados, los demás le golpearon con varas y bicheros para atraparlo y traerlo hasta la costa. Lo pescaron.

—Nervios, nervios, como una mujercita cualquiera —dijo el médico de la prisión—, alias Rodrig Ivanovich con una sonrisa.

—Respire libremente. Puede comer de todo. ¿Alguna vez tiene sudores nocturnos? Continúe como hasta ahora y, si es muy obediente, quizá le dejemos echar una miradita al muchacho nuevo... pero, está claro, solo una miradita.

—¿Cuánto tiempo... esa entrevista... cuánto tiempo me concederán...? —exclamó Cincinnatus dificultosamente.

—Un momento, un momento. No se apure tanto, no se excite. Le prometimos que se lo mostraríamos y lo haremos. Póngase las chinelas, arréglese el cabello. Creo que... —el director miró interrogativamente a Rodion, quien asintió—. Pero por favor guarde absoluto silencio —recomendó a Cincinnatus—; y no toque nada. Venga, levántese, levántese. Usted no se lo merece; usted amigo, está portando mal, pero sin embargo tiene permiso; ahora, ni una palabra, mudo como una tumba...

En puntas de pie, manteniendo el equilibrio con los brazos, Rodrig Ivanovich dejó la celda y con él Cincinnatus perdiendo sus enormes zapatillas. En lo profundo del corredor, Rodion estaba ya encorvado sobre una puerta de imponentes cerrojos; había abierto la mirilla y espiaba. Sin volverse, hizo un gesto con la mano exigiendo un silencio aún mayor y luego imperceptiblemente lo transformó en uno de llamada. El director se alzó aún más sobre la punta de sus pies y se volvió con gesto amenazador, pero Cincinnatus no pudo evitar rozar los pies. Aquí y allí, en la semioscuridad de los pasillos, las indefinidas siluetas de los empleados de la prisión, se reunían, se encorvaban, hacían pantalla con la mano sobre los ojos para tratar de vislumbrar algo a la distancia. El ayudante de laboratorio Rodion dejó que el jefe mirara por el ocular ya enfocado. Con un sólido crujido de su espalda, Rodrig Ivanovich se inclinó para mirar... Mientras tanto, entre las sombras grises figuras indefinidas cambiaban de posición, formaban fila, y ya muchos pies se movían como pistones mudos, listos para marchar. Por fin el director se hizo a un lado lentamente y tiró con suavidad de la manga de Cincinnatus, invitándole, como un profesor a un lego que le visita, a examinar la platina. Cincinnatus aplicó humildemente su ojo contra el círculo luminoso. Al principio sólo vio burbujas de sol y bandas de colores, pero luego distinguió un catre idéntico al que tenía en su celda: apiladas cerca de él vio dos espléndidas maletas de brillantes cerraduras y un gran estuche como los que se usan para llevar un trombón.

—Bueno, ¿ve usted algo? —murmuró el director, inclinándose junto a él con un vaho de lilas sobre una tumba abierta. Cincinnatus asintió, aunque no había visto aún la principal atracción; corrió su mirada hacia la izquierda y entonces sí que vio algo.

Sentado sobre una silla al costado de la mesa, tan quieto como hecho de caramelo, estaba un imberbe hombrecillo, de unos treinta años, vestido con un antiguo pero limpio y recién planchado pijama de prisión; era todo rayas —medias rayadas y novísimas chinelas de cuero marroquí— y mostraba una suela virgen al cruzar su pierna gorda, corta y tiesa sobre la otra, tomándose la canilla con sus manos regordetas; una límpida agua-marina brillaba en su anular, su cabeza notablemente redonda lucía cabellos rubios como la miel peinados al medio, sus largas pestañas arrojaban sombra sobre sus mejillas de querubín, y la blancura de sus dientes hermosos e iguales, refulgía entre sus labios color púrpura. De tanta brillantez, parecía estar helado, derritiéndose un poco bajo el dardo de sol que le caía de arriba. Sobre la mesa no había nada más que un elegante reloj de viaje en un estuche de cuero.

—Es suficiente —murmuró el director con una sonrisa—, mí querer mirar también —y nuevamente volvió a pegar su ojo al círculo luminoso. Rodion le hizo señas a Cincinnatus de que ya era hora de regresar al hogar. Las confusas figuras de los empleados se habían ido acercando respetuosamente en fila india: detrás del director había ya una larga cola de personas que esperaban echar una mirada; algunos habían llevado a sus hijos mayores.

—Realmente lo estamos malcriando —murmuró Rodion quien durante largo rato no pudo abrir la puerta de la celda de Cincinnatus, hasta que le espetó una porción de potentes maldiciones rusas, que le dieron resultado. Renació la calma. Todo estaba igual.

—No, no todo. Mañana vendrás —dijo Cincinnatus en voz alta, temblando todavía a causa de su reciente desmayo—. ¿Qué te diré? —continuó pensando, murmurando, estremeciéndose—. ¿Qué me dirás tú? A pesar de todo te amaba y seguiré amándote —de rodillas, con los hombros hacia atrás, mostrándole los talones al verdugo y estirando mi cuello de ganso— aún entonces. Y después quizá más que nada después— te amaré, y un día tendremos una real y absoluta aplicación, y entonces nos ensamblaremos, tú y yo, y formaremos una sola figura, y resolveremos el acertijo: trace una línea del punto A al punto B... sin mirar o sin levantar el lápiz... uniremos los puntos, trazaremos la línea y tú y yo formaremos ese único diseño que ansio. Si me haces esas cosas cada mañana, me tendrán bien entrenado y llegaré a endurecerme.

Cincinnatus tuvo un ataque de bostezos —las lágrimas le rodaban por las mejillas, y sin embargo joroba tras joroba crecía bajo su paladar. Eran nervios —no sentía sueño. Tenía que encontrar algo que le mantuviera ocupado hasta el día siguiente— aún no habían llegado los libros nuevos. Todavía tenía en su poder el catálogo... ¡Oh, sí, los dibujitos! Pero ahora, a la luz de la entrevista de mañana...

Una mano infantil, indudablemente la de Emmie, había dibujado una serie de cuadros, formando (como le pareciera el día anterior a Cincinnatus) una narración coherente, una promesa, una muestra de fantasía. Primero se veía una línea horizontal —es decir, este piso de piedra; sobre ella una silla rudimentaria, algo parecida a un insecto, y encima un enrejado formado por seis cuadros. Luego aparecía el mismo dibujo, pero con el agregado de una luna llena, con las esquinas de su agria boca cayendo más allá del enrejado. A continuación un banquillo hecho en tres trazos, con un carcelero sin ojos (por lo tanto durmiendo) sobre él, y en el piso un anillo con seis llaves. Luego el mismo llavero, solo que un poquito más grande, con una mano acusadamente pentadactil y con manga corta, que trataba de tomarlo. Esto empieza a ponerse interesante. La puerta está entreabierta en la figura siguiente y del otro lado algo que parece el espolón de un gallo: todo lo que puede verse del prisionera que huye. En seguida, el mismo Cincinnatus, con comas sobre su cabeza en lugar de cabello, vestido con una batita oscura, representando como mejor pudo la habilidad de la artista: por su tríángulo isósceles. Lo conduce una niñita: piernas como púas, falda ondulante, líneas paralelas por cabello. Luego lo mismo otra vez, sólo que en forma de plano: un cuadro por celda, una línea angular por corredor, con una línea de puntos indicando la ruta y una escalera como un acordeón al final. Y finalmente el epílogo: la oscura torre, sobre ella una luna complacida, con las comisuras de su boca rizadas hacia arriba.