La estrecha conexión entre el cine y las novelas de Selma Lagerlöf tiene su lógica, ya que la prosa de Lagerlöf es de una gran potencia visual; de hecho, el verbo «ver» resulta clave en su producción literaria, donde los personajes, a través de los ojos, no sólo ven el mundo de los sentidos sino, a menudo, viajan a las profundidades de la memoria y de su verdadero ser. Epifanía y revelación, pues. Es muy simbólico, entonces, que Ingmar Ingmarsson regrese del viaje iniciático a Tierra Santa, que liga las dos partes de la epopeya, con un ojo de menos: Ingmar Ingmarsson, como el dios nórdico Odín, cuyo ojo depositado en la fuente del pasado y del futuro todo lo sabe y todo lo ve, es, al final, un hombre que se conoce a sí mismo.
Versiones anteriores y Selma Lagerlöf en la actualidad
Las anteriores versiones al castellano de Jerusalén adolecen de males paradójicos, por una parte pecan de una excesiva literalidad, mientras que por otra abundan los malentendidos, los errores y las omisiones, especialmente de los pasajes descriptivos, que, francamente, no son tantos ni tan largos pero que, aun así, aparecen mutilados. Sin embargo, es estilísticamente donde se vuelve más necesaria una nueva versión, una que intente reflejar el genio narrativo de Selma Lagerlöf, que si algo sabía, era poner un adjetivo tras un sustantivo con un incuestionable sentido del ritmo, de la ironía y del detalle.
La obra de Selma Lagerlöf, después de gozar de fama internacional, como castigada por el peso de su popularidad cae en desgracia, es desvirtuada y acaba enterrada bajo una espesa capa de prejuicios que, en el peor de los casos, identifican el «sello» Lagerlöf con una literatura de tercer orden, aburrida y burguesa, de una ingenuidad apta para abuelitas cristianas, y en el mejor con literatura infantil. Probablemente, eso explique que entre los pocos títulos traducidos al castellano domine el que relata las maravillosas aventuras de Nils Holgersson, que se ha editado y reeditado, tanto en castellano como en catalán, varias veces durante las últimas décadas, siempre en colecciones de literatura juvenil. Vale decir que no siempre las traducciones son directamente del sueco sino de otras lenguas, como el noruego o el alemán.
Aunque los académicos nunca hayan renegado de ella, es a partir de la década de 1980 del pasado siglo, donde en Suecia, con el auge de la teorías literarias feministas, resurge un dinámico interés por Lagerlöf. Entre muchos otros ejemplos, se afirma que ya en 1891, con su primera novela, La saga de Gösta Berling, Selma Lagerlöf se había anticipado en casi un siglo al realismo fantástico de Cien años de soledad. Un hecho de notable relevancia para la progresiva actualidad que Selma Lagerlöf está adquiriendo en Suecia, supuso la publicación en 1992 de gran parte de la correspondencia que mantuvo con Sophie Elkan, la cual permite conocer no sólo su personalidad y vida íntima, sino también entrar en el taller de la artista. Ha sido como abrir las ventanas de una casa abandonada, el fantasma de la ingenua solterona que cuenta moralizantes historias para niños se lo lleva el viento. Selma Lagerlöf, aunque autodidacta como la mayoría de las mujeres de letras de épocas pasadas, no era ninguna diletante, su vocación para la escritura le llegó de niña y a ella dedicó íntegramente toda su vida. Los logros que consiguió no fueron fortuitos, Lagerlöf tenía una sólida base en los clásicos -la Biblia, las sagas islandesas y Dickens, entre otros, fueron algunos de sus principales maestros-, y ya antes de debutar y de entrar en la Academia Sueca, seguía las corrientes y debates literarios de su tiempo.
En 1996, el danés Bille August realiza una nueva versión cinematográfica de Jerusalén que si algo consigue, aparte de poner de manifiesto la vigencia del relato que le sirve de base, es devolverle a la historia algo del tono de la primera versión. Si en Escandinavia, fuera de las aulas, poco a poco emergen entusiastas y asombrados lectores de Selma Lagerlöf entre las nuevas generaciones, también tiene lectores en los lugares más insospechados, y así, en su discurso de agradecimiento, el premio Nobel de 1994 Kenzaburo Oe confesó que si alguien le había enseñado cómo hacer mitología de su terruño japonés, ésta era Selma Lagerlöf. Da la impresión de que su buena estrella, en la que ella tanto creía, vuelve a ascender. Esperemos que esta última y, por primera vez, completa traducción al castellano contribuya a impulsar su movimiento.
Agradecimientos
Gracias a la editora Cristina Hernández Johansson, que ha tenido la audacia no sólo de atreverse a recuperar este clásico olvidado sino de poner su confianza en mí. Gracias al Instituto Sueco, cuyo apoyo económico y moral ha contribuido a realizar este proyecto. Un agradecido saludo también a Vivi Edström y Birgitta Holm, que con sus formidables y creativos ensayos contribuyen a difundir la obra de Selma Lagerlöf y que son una fuente de inspiración. Muchas de las referencias que aparecen en este prólogo provienen del magno estudio Selma Lagerlöf, livets vågspel que Vivi Edström, tras una larga lista de otros libros y ensayos sobre Lagerlöf, publicó en 2002. Gracias a Marika Gedin, Jonio González, Anna Holmén, Hansi Linderoth, Monica Pascual Söderbaum y Birgit Wistedt que desde Estocolmo y Uppsala hasta Barcelona, pasando por Bruselas, se han prestado a ayudarme a resolver muchas de mis dudas. Gracias finalmente, a mi familia, Quim, María, Clara, Aida y Rita, por tener tanta paciencia conmigo.
Caterina Pascual Söderbaum
A Sophie Elkan,
mi compañera
en la vida y en la escritura
LIBRO I
INTRODUCCIÓN
I
Era un hombre joven el que una mañana de verano iba labrando su barbecho. Hacía un sol magnífico, la hierba estaba empapada de rocío y el aire tenía una frescura que palabra alguna podría describir. Los caballos, algo ebrios por el aire matinal, arrastraban el arado como en un juego, su trote era muy distinto del acostumbrado y el hombre casi tenía que correr para poder seguirlos.
La tierra giraba untuosa y oscura bajo el arado, brillando de grasa y humedad, y el que empujaba la reja se alegraba de poder sembrar centeno en ella muy pronto. «¿Cómo es posible que a veces me cree tantos problemas y la vida me parezca tan dura? -se preguntaba-. ¿Acaso es necesario algo más que un poco de sol y buen tiempo para sentirse dichoso como un angelito de Dios en los cielos?»
Esto sucedía en un valle profundo, bastante ancho, dividido en múltiples cuadrículas de tonos ocre y amarillo verdoso, donde, además, destacaba el verde de los pastos de trébol segado, el color rojizo de los patatales en flor y el azul de parcelas de lino cuyas flores eran sobrevoladas por infinidad de mariposas blancas. Como último retoque a la perfección del conjunto, en medio del valle se alzaba una antigua e imponente casa de labor con muchas dependencias de madera grisácea y una magnífica vivienda pintada de rojo. [1] Había dos perales sin podar junto a la fachada lateral, un par de abedules jóvenes flanqueando la entrada, grandes pilones de leña en la explanada verde del patio y varios almiares enormes tras la hilera de establos. Era igual de hermoso ver aquel predio recortándose contra la lisura de los campos que contemplar un gran buque cuyos mástiles y velas se elevan sobre la ancha superficie del mar.
[1] Se refiere al denominado «rojo de Falun», pintura mineral con propiedades conservantes con la que tradicionalmente se pintan las casas rurales de la región sueca de Dalecarlia donde transcurre la acción. Aunque su fórmula es específica de la zona y se obtiene desde el siglo xvii a partir de óxido de hierro y productos del cobre extraído de las famosas minas de cobre de Falun, capital de Dalecarlia, es el almagre u óxido de hierro el que le da su característico color rojo oscuro. (N.