Bebió un trago de café y dejó el periódico a un lado. Siempre encendía el televisor para enterarse del pronóstico del tiempo. La primera imagen que apareció en la pantalla incluso antes de escucharse el sonido fue la de Annie Davenport. ¿Por qué estaba delante de la entrada de urgencias del San Patricio?, se preguntó Su Ling. ¿Fletcher había anunciado alguna nueva iniciativa en materia de atención sanitaria? Sesenta segundos más tarde sabía cuál era la razón. Salió de la cocina y subió corriendo las escaleras para despertar a Nat y comunicarle la noticia. Una notable coincidencia. ¿Lo era? Como científica, Su Ling no creía mucho en las coincidencias. Pero en esos momentos no tenía tiempo para pensarlo.
Con ojos somnolientos Nat escuchó a su esposa, que le repetía todo lo que Annie Davenport había dicho. De pronto se despertó del todo, saltó de la cama y rápidamente se vistió con la misma ropa del día anterior, sin perder tiempo en afeitarse ni ducharse. En cuanto acabó de vestirse, bajó las escaleras de dos en dos y se calzó los zapatos cuando se montó en el coche. Su Ling ya estaba al volante y con el motor en marcha. Arrancó en el mismo instante en que Nat cerró la puerta.
La radio seguía sintonizada en la emisora de noticias y Nat escuchó el último boletín mientras se ataba los cordones. El reportero desplazado al hospital no podía ser más explícito: el senador Davenport necesitaba respiración asistida y si alguien no donaba dos litros de sangre AB negativo en cuestión de horas, el hospital dudaba de que pudieran salvarle la vida.
Su Ling tardó doce minutos en llegar al San Patricio por el sencillo procedimiento de saltarse el límite de velocidad; tampoco había muchos coches en las calles a esas horas de una mañana de domingo. Nat entró corriendo en el hospital mientras su esposa buscaba un lugar donde aparcar.
Nat vio a Annie al final del pasillo y sin vacilar gritó su nombre. La mujer se volvió y pareció sorprenderse cuando lo vio correr hacia ella. «¿Por qué corre?», fue lo primero que se preguntó.
– He venido en cuanto lo he sabido -gritó Nat sin dejar de correr, pero las tres mujeres continuaron mirándolo, como conejos sorprendidos por las luces de un coche-. Tengo el mismo grupo sanguíneo de Fletcher -añadió cuando se detuvo junto a Annie.
– ¿Es usted AB negativo? -exclamó Annie, incrédula.
– Claro que sí -afirmó Nat.
– Bendito sea Dios -dijo Martha.
Ruth, por su parte, desapareció rápidamente por la puerta de la unidad de cuidados intensivos; regresó al cabo de un momento en compañía de Ben Renwick.
– Señor Cartwright -dijo el cirujano y le tendió la mano-. Soy el doctor Renwick.
– El jefe del servicio de cirugía, sí, conozco su reputación -respondió Nat, y le estrechó la mano.
El cirujano agradeció el comentario con un gesto.
– Tenemos a un enfermero preparado para la extracción.
– Pues entonces, adelante. -Nat se quitó la chaqueta.
– Antes debemos realizar algunas pruebas y comprobar si su sangre es del grupo exacto.
– Ningún problema.
– Debo advertirle, señor Davenport, que necesitaré por lo menos un litro y medio de su sangre si queremos que el senador Davenport tenga alguna posibilidad de salvar la vida; eso significa tener que firmar algunos formularios de autorización y descargo de responsabilidades en presencia de un abogado.
– ¿Por qué un abogado? -le preguntó Nat.
– Porque siempre existe el riesgo de que pueda sufrir serios efectos secundarios; en cualquier caso, se sentirá muy débil y quizá resulte necesario que se quede varios días en observación.
– ¿Es que no hay nada que Fletcher no esté dispuesto a hacer para mantenerme apartado de la campaña?
Las tres mujeres sonrieron por primera vez aquel día mientras Renwick se llevaba a Nat a su despacho. Nat se volvió un momento para decirle algo a Annie y vio que Su Ling estaba con ella.
– Ahora se me plantea otro problema -confesó Renwick mientras se sentaba y comenzaba a buscar los formularios.
– Firmaré lo que sea -repitió Nat.
– No puede firmar el papel que me preocupa -replicó el médico.
– ¿Por qué no? -le preguntó Nat.
– Porque es mi voto por correo y ya no tengo claro a quién de ustedes dos voy a votar.
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– Dar litro y medio de sangre no parece haber influido en la actividad del señor Cartwright -comentó la enfermera de turno mientras colocaba el último historial delante del doctor Renwick.
– Quizá no -replicó el médico al tiempo que pasaba las hojas-, pero sí hizo algo muy importante para el senador Davenport. Le salvó la vida.
– Es verdad -convino la enfermera-. Le he advertido al senador que, a pesar de la campaña, tendrá que quedarse aquí y hacer reposo.
– Yo no estaría tan seguro -opinó Renwick-. Creo que Fletcher se dará de alta a sí mismo para finales de semana.
– Puede que tenga usted razón. -La enfermera exhaló un suspiro-. ¿Qué puedo hacer para impedírselo?
– Nada -respondió Renwick, que le dio la vuelta al historial que tenía sobre la mesa para que la mujer no pudiera leer los nombres de Nathaniel y Peter Cartwright impresos en la esquina superior derecha de la carátula-. Necesito que me concierte una cita para ver a los dos lo antes posible.
– Sí, doctor -dijo la enfermera, y tomó nota en su libreta antes de salir del despacho.
En cuanto se cerró la puerta, Ben Renwick cogió el historial y lo leyó de principio a fin una vez más. No había pensado en otra cosa en los últimos tres días.
Antes de marcharse al finalizar su jornada, guardó el historial en su caja de seguridad. Después de todo, unos pocos días más no representaban ningún inconveniente. El tema que quería discutir con los dos hombres había permanecido en secreto durante los pasados cuarenta y tres años.
A Nat le dieron el alta en el San Patricio el jueves a última hora y nadie en el hospital se creía ni por un momento que Fletcher siguiera allí para el fin de semana, a pesar de los intentos de su madre para que se tomara las cosas con un poco más de calma. Él le recordó que solo faltaban dos semanas para el día de las elecciones.
Durante el fin de semana más largo de su vida, Ben Renwick continuó debatiendo con su conciencia, de la misma manera que el doctor Greenwood tuvo que hacer cuarenta y tres años antes, pero Renwick llegó a una conclusión diferente: estaba seguro que no le quedaba más remedio que decirles la verdad a los dos.
Los rivales políticos aceptaron presentarse a las seis de la mañana del martes en el despacho del doctor Renwick. Era la única hora antes del día de las elecciones que ambos candidatos tenían disponible en sus respectivas agendas.
Nat fue el primero en llegar, dado que confiaba en estar en Waterbury para un mitin dispuesto para las nueve y quizá incluso darse una vuelta por un par de estaciones de tren por el camino.
Fletcher entró cojeando en el despacho del cirujano a las cinco y cincuenta y ocho minutos, molesto porque Nat había llegado antes.
– En cuanto me quiten el yeso -anunció-, le daré una patada en el trasero.
– No tendría que hablarle así al doctor Renwick, después de todo lo que ha hecho por usted -respondió Nat con una sonrisa.
– ¿Por qué no? -replicó Fletcher-. Me ha llenado las venas con su sangre, así que ahora soy la mitad del hombre que era.
– Se equivoca de nuevo -declaró Nat-. Es el doble del hombre que era, pero todavía la mitad del hombre que soy.
– Muchachos, muchachos, ya basta -intervino el médico, que comprendió de pronto el significado de sus palabras-. Hay algo un poco más serio que necesito tratar con ustedes.