Nan Fryer dio palmas para indicar un alto en el ejercicio. Los aprendices de bailarín se dejaron caer un poco, los cuerpos palpitantes. Los hombres de la clase vestían de modo muy variado, desde los del chándal hasta los de la ropa deportiva bastante rutinaria. Casi todas las mujeres llevaban mallas, o pantalones pirata abiertos por los laterales. Nan deambulaba entre todos ellos sin dejar de hablar. Llevaba unos zapatos plateados, vaqueros cortados a media pierna y una camiseta de Tranquilidad Dinámica. Era un atuendo que daba mayor realce trágico a la cicatriz de su cara.
– Me gusta cómo respiráis. Todos estáis respirando muy bien. Esto tiene importancia por lo que respecta al movimiento y a las fuerzas que afectan a la ejecución y control del movimiento. Hay zonas, hay conciencias en vosotros a las que el claque os da acceso. Sois accesibles para vosotros mismos. Fijaos qué grado de tranquilidad estáis alcanzando. Poco a poco, cada vez más profunda. Desbloquead vuestros sistemas nerviosos. Creeros vuestra propia respiración. Esto es esencial para sacar el máximo rendimiento del claque. Cuando yo empecé a bailar claque, creía que no era más que un baile sencillito, clic-clac y a correr. Puede ser muchísimo más. Movimiento y fuerza, fuerza y energía, energía y paz. Sois personas ubres por vez primera, notadlo: todo vuestro cuerpo tiene conciencia plena del universo físico y del universo moral.
Pammy miró por una ventana abierta en la pared del fondo de la sala. El tráfico circulaba con fluidez. Había arreboles del crepúsculo en una puerta cristalera, al otro lado de la calle, una tienda de baratillo. Se había tapado las orejas con las manos.
– Muy bien, chicos y chicas. Hora del cruce.
Durante el resto de la sesión, Pammy bailó invirtiendo en ello la totalidad de sus sentidos, concentrándose en las plañías de los pies, el contacto definido. Ensayó durante un rato el ejercicio intermedio, el paso número dos, desplazándose de lado frente al espejo, hasta verse frente a un radiador y unas tuberías. Nan puso una vieja melodía en el fonógrafo y ejecutó un conjunto de combinaciones avanzadas de baile. Los alumnos formaron un corrillo a su alrededor. No tardaron en ponerse todos a bailar, tratando de emular el complejo dibujo de sus pies en el suelo, combinaciones de punta-tacón, meneos de lado, haciéndose cada cual un hueco hasta entrar en un espacio privado en el que bailar un rato, sin hacer ruido, sobre el suelo de tarima.
– No os tenséis. Soltura total. Relajad los tobillos. Arnold Maslow, no te tenses tanto, chico.
Lyle se encontraba en una cabina de teléfonos en Grand Central, a la espera de que McKechnie cogiese el teléfono, viendo a los transeúntes camino de sus trenes, arrastrando los pies, cabizbajos; toda una jornada laboral, rematada con una o dos copas al final, era la causante de una sutil destrucción, de un desmadejamiento más allá de lo meramente físico; todos se desplazaban en medio de un ruido constante y de origen impreciso, las bocas entreabiertas, los peces de las ciudades.
– Seguro que no es muy tarde.
– Lyle, tú di lo que quieras decir.
– El otro día hablamos de George Sedbauer. Quién lo mató y todas esas zarandajas. Bien, ¿te acuerdas de que hablaste de la secretaria de Zeltner una vez? Ella está enterada de algo. Tengo que llegar a conocerla un poco mejor, eso sí. En primer lugar, conocía a Sedbauer. Conocía o conoce mejor dicho al tipo que le pegó el tiro. Eso es el punto clave. Hay una fotografía, yo la he visto. Y ella sabe lo de la pistola, qué clase de pistola era, pero lo de la pistola podría haberlo sabido por los periódicos, claro. Lo clave es el tipo que le pegó el tiro. Ella lo conoce. ¿Convendría decírselo a alguien? ¿O tú qué opinas, Frank?
– Tú has visto esa foto.
– Estaban los tres en ella. George, ella, el otro menda. A menos que sean invenciones suyas, pero ¿por qué se lo iba a inventar?
– Quiero que hables con un amigo mío -dijo McKechnie-. Le diré que se ponga en contacto contigo. Sí, eso será lo más sensato.
Ethan y Jack se acercaron a la noche siguiente con unos restos de pastel de carne. Subieron todos a la azotea, donde los operarios de mantenimiento habían colocado una cubierta de tela alquitranada y cuatro mesas de picnic (encadenadas a las paredes), así como varios arbustos plantados en tiestos de gran tamaño. Por fin llegó Lyle con las copas en una bandeja.
– No tenia ni idea de que esto de arriba estuviera así -dijo Jack.
– Es para que Pammy disfrute de una buena panorámica del World Trade Center cada vez que se deprime. Así remonta de nuevo.
– Yo quiero algo clásico de beber -dijo Ethan-. Nada de tequilas y rollos de esos. ¿Qué es eso? ¿Tequila? He decidido seguir vivo, se acabaron los remolinos venenosos.
– Qué poético -dijo Pammy-. Que sirva alguien. Yo quiero un trozo pequeño. ¿Comemos o bebemos? Empiezo a estar confusa, y eso que apenas acabamos de empezar.
– ¿Qué es aquello? -dijo Jack-. ¿El Edificio Municipal? ¿Y ese otro? ¿El Woolworth? No, imposible que se vea desde aquí, ¿verdad que no?
– SÍ hubieras traído vino te podría servir algo clásico. Pero te puedo servir vino.
– Hemos traído pastel de carne. ¿Quién más trae pastel de carne?
– Entiendo que os habéis dejado el vino en e) taxi, supongo que debido a vuestra experiencia anterior.
– Nos ha traído un taxista que no veas -dijo Jack-. No hablaba ni papa de inglés. Se empeñó en venir aquí pasando por Chinatown.
– Ah, ya veo.
– Amenaza de daños físicos -dijo Ethan.
– ¿Y aquí quién es qué? Me gustaría un poco de pan con esto. No, mejor que no. Olvídalo. Cancele el pedido, camarero, que ahora soy bailarina. Mi vida es la austeridad. ¿Cómo se dice? Un régimen austero, eso es. Aceptaré una copa de todos modos siempre y cuando alguno de ustedes, pedazos de zurullo, me alcance un vaso y ponga en todo momento un cuidado exquisito, que son nuevos y sumamente caros.
– Esta ensalada está de fábula.
– Gracias, Jack.
– Una ensalada única entre las ensaladas del mundo -dijo Ethan.
– La ha preparado Lyle.
– Arrecian los aplausos, ovación prolongada.
– La preparé yo.
– Quería preguntarte una cosa, Lyle: ¿qué pasa en la calle?
– Es la calle de las calles.
– ¿Es que te han declarado oficialmente chapado a la antigua, o qué? ¿Eres viable, Lyle? Todos queremos que nos lo digas clarinete. ¿Seguirá existiendo un parqué donde negociar compras y ventas de activos en un futuro próximo? ¿O acaso ha de ingresar todo eso en la bruma de la historia, damas y caballeros?
– Yo voto por la bruma de la historia. La verdad es que nadie sabe nada. Se ventila una fortísima discusión desde el punto de vista de los miembros. Pero la corriente va por otros derroteros.
– De veras, ¿todo eso te vas a tragar?
– No es cuestión de tragárselo. Es cuestión de abrirse. Claro está que uno nunca sabe qué es exactamente lo que abre, eso es lo malo de las corrientes, y más si van soterradas.
– Podrían arrastrarte hasta la misma catarata.
– Y propulsarte por encima y hacerte caer en picado.
– ¿Hay motivo de preocupación? -preguntó Ethan.
– Escoge una apertura y entra con todas. Ése es, qué quieres que te diga, el único método de… de lo que sea, de mantener cierta resolución, cierta presencia de ánimo, de ser específico en las propias intenciones. Ahí fuera, en la calle, los amanuenses de la historia, los que envuelven los paquetes. Libertad, libertad.
– Bien aprendida llevas la lección, Espartaco.
Casi había anochecido. Lyle bajó a por más alcohol y más hielo. Marcó el número de Rosemary. No le contestó nadie. En la cocina, pasó por delante de un armario con puerta acristalada y reparó en que tenía un defecto en su reflejo. Algo desconocido en plena cara. AI mismo tiempo, notó la humedad. Entró en el cuarto de baño. Era su nariz, le estaba sangrando. Se taponó el orificio con papel higiénico hasta que menguó el flujo de la sangre. Acto seguido puso una caja de Kleenex en la bandeja, con el tequila, el vodka, limones verdes, hielo, y volvió a la azotea. Había alguien en otra de las mesas. Era un chiquillo que llevaba un panamá de paja. Estaba de pie contra la silla, apartando la mirada. Lyle tuvo la sensación de que los demás lo miraban con intención de medir las dimensiones cómicas de su reacción ante el muchacho. Caminó hacia donde estaban y miró bajo la sombrilla que los cubría. Adrede, despacio, dejó la bandeja sobre la mesa y apartó el resto de los objetos con un desdén calculado. Los demás esperaron a que dijera algo. Se sentó tan despacio como pudo. De nuevo comenzó a sangrar por la nariz. Ése fue el chiste, cómo no. Mucho más divertido que cualquier cosa que dijera. Se insertó un Kleenex en el orificio y se lo dejó colgando, adoptando una expresión de paciencia hastiada.
– Lo ha dejado su madre -dijo Jack-. Dijo que vendría enseguida. ¿A quién se le ocurre dejar a un chiquillo en la azotea?
– Es un chiquillo de los años cuarenta -dijo Pammy.
– Lleva un sombrero panamá de no creérselo.
– Es un chiquillo de los años cuarenta. Mira qué traje lleva, un traje de dos tonos a juego. Me apuesto lo que quieras a que nunca crecerá. Se quedará en el metro cincuenta y poco. Fumará una pipa pequeña y nunca irá a ninguna parte si no es con su sombrero y su traje de dos tonos a juego. Se llamará Bill Follett. Me gustaría casarme con él. También me gustaría un poco de vino blanco con soda, por favor.
– ¿Y de dónde se supone que lo saco?
– De donde sea. Existe, eso es todo. Existencial-mente tendrías que ser capaz de conseguirlo.