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– ¿Y usted?

– Yo no encajaba. Porque buscaba algo diferente. Iba a ser alguien en la vida, y mi abuela era como yo. Los negros del lugar solían decir de ella que, aunque vivía en una casucha sin agua y con un gallinero en la parte de atrás, era una vieja cínica con aires de grandeza. Y los tipos como ese maldito Tanny Brown no soportaban el orgullo de mi abuela ni que ella no se rebajara ante nadie. Usted la ha conocido. ¿Le pareció la clase de mujer que se aparta en la acera para dejar pasar a un blanco?

– No.

– Ha sido una luchadora toda su vida. Entonces llegué yo y como tampoco fui de su agrado, pues vinieron a por mí.

Parecía dispuesto a continuar, pero Cowart lo interrumpió:

– Vale, Ferguson, está bien. Digamos que todo eso es cierto. Y digamos que escribo ese artículo: pruebas poco sólidas, identificación dudosa, mal abogado, confesión bajo coacción. Pero eso es sólo la mitad de lo que me prometió. Quiero un nombre. Usted sabe quién es el asesino. Déjese de rodeos.

– ¿Qué promesas le he hecho yo?

– Ninguna. En mi artículo contaré lo que usted me haya explicado.

– Sí, pero es mi vida. Tal vez mi muerte. -Ferguson se sentó y lo miró-. ¿Qué sabe usted de mí? -preguntó.

Eso dio que pensar a Cowart. ¿Qué sabía él?

– Lo que usted me ha explicado. Y lo que otros me han contado.

– ¿Cree que me conoce?

– Un poco, tal vez.

– Se equivoca. -Pareció vacilar, como si reconsiderara lo que acababa de decir-. Soy lo que ve. Puede que no sea perfecto, o que hiciera y dijera cosas indebidas. Tal vez no debí haber jodido tanto a todo ese pueblo para que, en cuanto surgiera un problema, sólo se les ocurriera venir a por mí y dejaran pasar de largo el problema sin siquiera darse cuenta.

– No le entiendo.

– Ya me entenderá. -Cerró los ojos-. Sé que a veces puedo parecer un poco brusco, pero cada uno es como es, ¿no?

– Supongo.

– Eso es lo que ocurrió en Pachoula, ¿sabe? Llegó el problema. Se paró un par de minutos y luego me dejó atrás, para que me recogieran allí con los demás añicos de vida. -La expresión de perplejidad de Cowart lo hizo reír-. Se lo explicaré de otra manera. Imagínese a un hombre, un hombre desalmado, que se dirige al sur en coche y hace un alto en Pachoula. Se detiene, tal vez a tomar una hamburguesa con patatas fritas bajo un árbol, justo a la salida de un colegio. Se fija en una niña y habla con ella porque le parece bonita. Usted ha visto ese lugar. No es difícil plantarse en el pantano en un par de minutos; un lugar tranquilo y solitario. La mata allí mismo y sigue adelante. Abandona para siempre aquel lugar, sin pararse a pensar en lo sucedido más de unos minutos, y sólo para recordar lo bien que se sintió al quitarle la vida a esa niña.

– Continúe.

– Ese hombre recorre todo el estado en zigzag. Provoca pequeños altercados en Bay City y luego en Tallahassee, Orlando, Lakeland, Tampa. Todos en la dirección de Miami. Una colegiala, un par de turistas, la camarera de un bar. Las complicaciones vienen cuando llega a la gran ciudad: no es tan prudente y lo trincan… Bien trincado. Asesinato en primer grado. ¿Me sigue?

– Tal vez. Siga.

– Después de pasar un par de años en los tribunales, el hombre en cuestión acaba justo aquí, en el corredor de la muerte. ¿Y de qué se entera al llegar aquí? De un buen chiste, el mejor chiste del mundo: el hombre de la celda contigua espera que lo ejecuten por el crimen que él, el recién llegado, ha cometido y del que casi se ha olvidado porque son tantos sus crímenes que forman una especie de maraña en su mente. Se ríe hasta las lágrimas, sólo que al condenado de la celda contigua no le hace mucha gracia, ¿verdad?

– Me está diciendo que…

– Exacto, señor Cowart. El asesino de Joanie Shriver está aquí, en el corredor de la muerte. ¿Conoce a Blair Sullivan?

Cowart respiró hondo. El nombre estalló como metralla en su cabeza.

– Sí.

– Todo el mundo conoce a Blair Sullivan, ¿no, señor periodista?

– Así es.

– Pues él es el asesino.

Cowart notó que le faltaba el aire. Quería aflojarse la corbata, sacar la cabeza por una ventana, ponerse donde corriera brisa, cualquier cosa con tal de airearse.

– ¿Y cómo lo sabe?

– ¡Porque él me lo dijo! Le parecía lo más gracioso del mundo.

– Cuénteme exactamente lo que le dijo.

– Al poco tiempo de ingresar aquí, lo trasladaron a la celda contigua a la mía. No está bien de la cabeza, ¿sabe? Se ríe cuando nadie cuenta chistes, llora sin motivo, habla solo, habla con Dios. ¡Joder!, ese hombre habla muy bajo, sisea igual que una serpiente o algo así. Es el hijoputa más chalado que he conocido en mi vida. Está como una cabra, ¿sabe?

»Bien, pasado un par de semanas, entablamos conversación y, para variar, me pregunta que qué hago yo aquí. Así que le cuento la verdad: que estoy en el corredor de la muerte por un crimen que no cometí. Esto provoca que él se ría entre dientes, y a continuación me pregunta de qué crimen me acusan. Y entonces le digo que de la muerte de una niña en Pachoula. Él me pregunta si se trata de una niña rubita con aparato de ortodoncia, y yo lo confirmo. En ese preciso instante suelta una carcajada grotesca. Pregunta si el crimen se cometió a primeros de mayo, y yo contesto que sí. Después pregunta si el cuerpo de la niña fue encontrado en un pantano, cosido a navajazos. Vuelvo a contestar que sí, y de paso le pregunto cómo sabe tanto del caso. Empieza riéndose tontamente y acaba partiéndose de la risa hasta quedarse sin aliento; le parece muy divertido. Luego me dice que sabe que yo no asesiné a esa niña porque fue él, y añade que no estuvo nada mal. Me dice: "Tío, eres el capullo más patético del corredor", y se echa a reír sin parar. Yo estaba dispuesto a matarlo allí mismo, ¿sabe?, allí mismo, así que empiezo a gritar y chillar, tratando de escurrirme entre los barrotes. La pasma se presenta en el corredor; llevan chalecos antibalas, porras y cascos con esa mierda de plástico delante de los ojos. Me apalean durante un rato y me llevan a una celda incomunicada. ¿Sabe lo que es eso? Es un cuartucho sin ventanas, con un cubo y un catre de cemento. A uno le dejan allí desnudo hasta que da muestras de comportamiento correcto.

»Para cuando me sacaron de allí, lo habían trasladado a otra planta. No salimos a las mismas horas, así que ya no lo veo. Corre el rumor de que ya ha pasado al otro barrio. A veces, todavía le oigo por las noches, gritando mi nombre. Bobby Earl, me llama, con una voz aguda y desagradable. "¡Bobbbbby Earrrrll! ¿Por qué no me haaaaaaablas?" Y se echa a reír cuando yo no le respondo. Se ríe sin parar.

Cowart se estremeció. Necesitaba un momento para asimilar aquella historia demencial, pero no había tiempo. Estaba allí atrapado, encerrado por las palabras de Robert Earl Ferguson.

– ¿Cómo puedo demostrarlo?

– ¡No lo sé, tío! ¡Yo no tengo que demostrar nada!

– ¿Y cómo puedo confirmarlo?

– ¡Joder! El sargento le dirá que tuvieron que apartar a Sullivan de mi vista. Pero no sabe el motivo. Nadie lo sabe, salvo usted y yo.

– Pero yo no puedo…

– No me diga lo que puede o no puede, señor periodista. Siempre me han dicho lo que no se puede hacer: no puedes hacer esto y lo otro, no puedes tener esto ni desear aquello. Tío, ha sido así toda mi vida. No quiero volver a oírlo nunca más.

Cowart se quedó en silencio.