Ahí va, se dijo Camille, he debido meter la pata en algo…
Cuando su sobrina nieta volvió de la cocina, dejó escapar un largo y doloroso quejido.
– Lo siento mucho -dijo Camille-, pensaba que…
Ésta la interrumpió con un gesto, sacó unas gafas muy grandes de detrás de la barra y se las deslizó al anciano debajo de la gorra. Éste se inclinó ceremoniosamente y se echó a reír. Una risa infantil, cristalina y alegre. También lloró, y luego volvió a reír, balanceándose, con los brazos cruzados sobre el pecho.
– Quiere beber sake con usted.
– Genial…
La chica trajo una botella, el anciano soltó un grito, ella suspiró y regresó a la cocina.
Volvió con otra botella, seguida del resto de la familia. Una mujer madura, dos hombres de unos cuarenta años y un adolescente. Todo fueron risas, gritos, efusiones y reverencias de todo tipo. Los hombres le daban palmaditas en el hombro, y el chaval le chocaba los cinco como hacen los deportistas.
Luego todos regresaron a sus quehaceres y la chica colocó un vasito delante de cada uno. El anciano la saludó y vació el suyo, para volver a llenarlo inmediatamente después.
– Se lo advierto, le va a contar su vida…
– No hay problema -dijo Camille-. Huuuuy… qué fuerte está esto, ¿no?
La camarera se alejó riendo.
Se habían quedado solos. El viejo parloteaba y Camille lo escuchaba con una expresión muy seria, limitándose a asentir con la cabeza cada vez que éste le pasaba la botella.
Le costó levantarse y reunir sus bártulos. Cuando estaba cerca de la salida, después de haberse inclinado mil veces para despedirse del hombrecillo, la camarera se dirigió hacia ella para ayudarla a tirar de la puerta, que Camille se empeñaba en empujar desde hacía un buen rato, riéndose como una tonta.
– Ésta es su casa, ¿de acuerdo? Puede venir a comer cuando quiera. Si no viene, mi tío abuelo se enfadará… Y se pondrá triste también…
Cuando llegó al curro tenía una buena tajada.
Samia le preguntó muy intrigada:
– Eh, tú, ¿qué pasa? ¿Has conocido a algún tío?
– Sí -confesó Camille, confusa.
– ¿En serio?
– Sí.
– No… No lo dices en serio… ¿Cómo es? ¿Es mono?
– Monísimo.
– Joé, cómo mola, tía… ¿Qué edad tiene?
– 92 años.
– Venga, déjate de paridas, tonta, ¿qué edad tiene?
– Bueno, chicas… Cuando vosotras digáis, ¿eh?
La Josy señalaba su reloj.
Camille se alejó riendo y tropezando con el tubo de la aspiradora.
9
Ya habían pasado más de tres semanas. Franck, que hacía horas extra todos los domingos en otro restaurante del Campo de Marte, iba todos los lunes a visitar a su abuela.
Ella se encontraba ahora en una clínica de convalecencia a varios kilómetros al norte de la ciudad y acechaba su llegada desde el amanecer.
Él, en cambio, no tenía más remedio que poner el despertador. Bajaba como un zombi hasta el bar de la esquina, se bebía dos o tres cafés seguidos, se subía a la moto e iba a dormirse junto a su abuela en un horroroso sillón de eskai negro.
Cuando le traían la comida, la anciana se llevaba un dedo a los labios y, con un gesto de cabeza, señalaba al chico acurrucado que le hacía compañía. Se lo comía con los ojos y velaba por que la cazadora le tapara bien el pecho.
La anciana se sentía feliz. Franck estaba ahí. Ahí mismo. Para ella solita…
No se atrevía a llamar a la enfermera para pedirle que le subiera la cama, cogía delicadamente el tenedor y comía en silencio. Escondía algunas cosas en su mesilla de noche, pedazos de pan, un trozo de queso, o algo de fruta para dárselas cuando se despertara. Luego apartaba con cuidado la mesita y cruzaba las manos sobre su regazo, sonriendo.
Cerraba los ojos y dormitaba, acunada por la respiración de su nieto y por los excesos del pasado. Lo había perdido tantas veces ya… Tantas veces… Le daba la sensación de que se había pasado la vida yendo a buscarlo… Allá, en la otra punta del huerto, en lo alto de un árbol, en casa de los vecinos, escondido en un establo o repantingado delante de su televisión, y años más tarde, en los billares, por supuesto, y ahora en trocitos de papel donde le garabateaba números de teléfono que siempre resultaban ser falsos…
Y eso que ella había hecho todo lo que había podido… Lo había alimentado, besado, mimado, reconfortado, regañado, castigado y consolado, pero todo aquello no había servido de nada… En cuanto aprendió a andar, el chaval puso pies en polvorosa, y en cuanto tuvo sombra de barba, se acabó. Se marchó del todo.
A veces esbozaba muecas en medio de sus ensoñaciones. Le temblaban los labios. Demasiadas penas, demasiados problemas, y tantos pesares… Había habido momentos tan duros, tan duros… Oh, pero no, ya no había que pensar en todo eso, de hecho Franck se estaba despertando, con el pelo revuelto y una cicatriz en la mejilla que le había dejado el reborde del sillón.
– ¿Qué hora es?
– Van a ser las cinco…
– ¡Joder!, ¿ya?
– Franck, ¿por qué siempre dices «joder»?
– Oh, caramba, ¿ya?
– ¿Tienes hambre?
– No, estoy bien, más bien lo que tengo es sed… Voy a dar una vuelta…
Ya estamos, pensó la anciana, ya estamos…
– ¿Te vas?
– ¡Que no, hombre, que no me voy, jo… caramba!
– Si te cruzas con un señor pelirrojo con una blazer blanca, ¿le puedes preguntar cuándo voy a salir de aquí?
– Sí, sí, vale -dijo, saliendo por la puerta.
– Uno alto con gafas y…
Pero Franck ya estaba en el pasillo.
– ¿Y bien?
– No lo he visto…
– ¿Ah, no?
– Anda, abuela… -le dijo cariñosamente-, ¿no te irás a poner a llorar otra vez, no?
– No, pero… Pienso en mi gato, en mis pajaritos… Y además ha llovido toda la semana y me hago mala sangre por mis herramientas… Como no las guardé, se van a oxidar, seguro…
– En el camino de vuelta me paso por casa y te las guardo…
– ¿Franck?
– ¿Qué?
– Llévame contigo…
– Ay… No me hagas esto a cada vez… Ya no puedo más…
La anciana volvió a decir:
– Las herramientas…
– ¿Qué?
– Habría que darles un poco de aceite…
La miró hinchando los carrillos:
– ¡Eh, eh, a ver!, si me da tiempo, ¿eh? Bueno, y ya está bien de tanta charla, que nos toca clase de gimnasia… A ver, ¿dónde está tu andador?
– No lo sé.
– Abuela…
– Detrás de la puerta.
– ¡Hala, arriba, viejita, te voy a enseñar yo pajaritos, ya lo verás!
– Bah, aquí no hay. Aquí sólo hay buitres y carroñeros…
Franck sonreía. Le encantaba la mala fe de su abuela.
– ¿Estás bien?
– No.
– ¿Y ahora qué pasa?
– Me duele.
– ¿Dónde te duele?
– Todo el cuerpo.
– Todo el cuerpo no puede ser, no es verdad. Encuéntrame una parte precisa que te duela.
– Me duele por dentro de la cabeza.
– Eso es normal. Eso nos pasa a todos, anda… Venga, mejor me enseñas quiénes son tus amigas…
– No, da la vuelta. A ésas no quiero verlas, no las aguanto.
– Y ese de ahí, el viejo del blazer, ése no está mal, ¿no?
– No es un blazer, tontorrón, es un pijama, y además está sordo como una tapia… Y encima es un arrogante…
Paulette ponía un pie delante del otro y hablaba mal de sus compañeros, todo iba bien.