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Quería hablar de política. El juzgado de distrito de Tom cubría Hattiesburg, el condado de Forrest y los tres condados rurales de Cary, Lamar y Perry. Casi el 80 por ciento de los votantes censados vivían en Hattiesburg, hogar tanto de él como de J ay Hoover, su oponente. A Hoover le iría bien en ciertas circunscripciones de la ciudad, pero el juez Harrison estaba convencido de que a él le iría mejor. Tampoco le preocupaban los condados más pequeños. De hecho, daba la impresión de que la idea de perder no le quitaba el sueño. Parecía que Hoover estaba bien financiada, seguramente con dinero procedente de fuera del estado, pero el juez Harrison conocía su distrito y le gustaba la política comarcal.

El condado de Cary era el menos poblado de los cuatro y estaba cada vez más deshabitado gracias a Krane Chemical, en gran medida, y a su historial de vertidos tóxicos. Evitaron esa cuestión y charlaron sobre varios políticos, tanto de Bowmore como de los alrededores. Wes le aseguró que los Payton, así como sus clientes, amigos, el pastor Denny Ott y la familia de Mary Grace, harían todo lo posible para que el juez Harrison saliera reelegido.

La conversación derivó hacia las demás elecciones, sobre todo hacia la de Sheila McCarthy. La jueza se había pasado por Hattiesburg hacía dos semanas y había estado media hora en el bufete de los Payton, donde, incómoda, evitó hacer mención del litigio de Bowmore mientras recolectaba votos. Los Payton le confesaron que no tenían dinero con que contribuir, pero le prometieron trabajar horas extra para que saliera elegida. Al día siguiente, descargaron un camión lleno de carteles y demás material de campaña en el despacho.

El juez Harrison se lamentó de la politización del tribunal supremo.

– Es una vergüenza hasta qué punto se ven obligados a humillarse por unos votos -comentó-. Tú, como abogado de un cliente de una causa pendiente, no deberías tener ningún contacto con un juez del tribunal supremo. Sin embargo, gracias a este sistema se te presenta uno en el despacho para pedirte tu voto y dinero. ¿Por qué? Porque ciertos grupos de presión con mucho dinero han decidido que les gustaría contar con un cargo en el tribunal. Están gastando dinero para comprar su puesto y ella responde recaudando dinero para su causa dirigiéndose a los del otro bando. El sistema está corrupto, Wes.

– ¿Y cómo lo solucionarías?

– O bien impidiendo la entrada de dinero privado y financiando las elecciones con dinero público o cambiando el sistema electoral por el de nombramientos. Hay once estados que han conseguido que el sistema de nombramientos funcione. No creo que sus tribunales sean superiores a los nuestros en cuanto a la aptitud de sus jueces, pero al menos no los controlan los grupos de presión.

– ¿Conoces a Fisk? -preguntó Wes.

– Ha estado en mi sala del tribunal un par de veces. Es un buen tipo, pero está muy verde. Le sienta bien el traje. Es el típico abogado de aseguradoras: abre el expediente, presenta el papeleo, llega a un acuerdo, cierra el expediente y nunca se ensucia las manos. Nunca ha asistido a un juicio, ni ha mediado en uno, ni lo ha defendido ante un tribunal y nunca ha demostrado interés en ser juez. Piénsalo, Wes. Toda ciudad pequeña necesita abogados de vez en cuando que hagan de juez municipal, magistrado adjunto o juez árbitro para dirimir infracciones de tráfico, y todos nos hemos sentido obligados a ofrecernos cuando éramos jóvenes. Pero este tipo no. Todo condado necesita abogados que pasen por los juzgados de menores, el de antidroga y demás, y todos los que nos ofrecíamos voluntarios, aspirábamos a ser jueces de verdad. Quiero decir que hay que empezar por alguna parte, menos este tipo. Me apuesto lo que quieras a que nunca ha estado en el juzgado municipal de Brookhaven o en el juzgado de menores del condado de Lincoln. Un buen día se despierta y de repente decide que le apasiona la judicatura y, qué demonios, que empezará desde arriba. Es un insulto para aquellos de nosotros que trabajamos sin descanso en el sistema y lo hacemos avanzar.

– Dudo que lo de presentarse a juez saliera de él.

– No, lo reclutaron. Eso lo hace aún más vergonzoso.

Echan un vistazo, escogen a un pardillo con una bonita sonrisa y con un expediente inmaculado y lo envuelven para regalo con su hábil marketing. Eso es política, pero no debería corromper el poder judicial.

– Les ganamos hace dos años con McElwayne.

– De modo que eres optimista.

– No, juez, estoy aterrado. No he dormido desde que Fisk anunció su candidatura y no dormiré hasta que salga derrotado. Estamos en la ruina y agobiados por las deudas, así que no podemos firmar un cheque, pero todos los miembros de mi bufete han accedido a dedicar una hora al día para ir de puerta en puerta, repartir panfletos, pegar carteles y llamar por teléfono. Hemos escrito a nuestros clientes. Confiamos en nuestros amigos. Hemos organizado a Bowmore. Estamos haciendo todo lo posible, porque si perdemos el caso Baker, no habrá un mañana.

– ¿En qué estado se encuentra la apelación?

– Ya se han presentado los escritos. Todo está listo y preparado y estamos esperando que el tribunal nos informe de la fecha de la exposición oral, si es que la hay. Seguramente a principios del año que viene.

– ¿No hay posibilidades de obtener una decisión antes de las elecciones?

– Imposible. Es el caso más importante de los que tienen pendientes, aunque todos los abogados deben de pensar lo mismo. Ya lo sabes, el tribunal trabaja según su propio programa, no se les puede presionar.

Tomaron café helado mientras echaban un vistazo al pequeño huerto del juez. Casi estaban a cuarenta grados y Wes tenía ganas de marcharse. Finalmente, se despidieron en el porche delantero, estrechándose la mano. Mientras Wes se alejaba, empezó a preocuparse por él. El juez Harrison estaba mucho más pendiente de la carrera electoral de McCarthy que de la suya propia.

La vista trataba una petición de desestimación, presentada por el condado de Hinds. La sala estaba presidida por el magistrado Phil Shingleton. Era una sala del tribunal pequeña, eficaz y con mucho trajín, decorada con paredes de roble y los obligatorios retratos desvaídos de jueces ya olvidados. No había tribuna para el jurado puesto que en los tribunales de equidad no se llevan a cabo este tipo de juicios. Rara vez contaban con asistencia, pero en esa ocasión todos los asientos estaban ocupados.

Meyerchec y Spano, de vuelta de Chicago, estaban sentados con su abogado radical en una de las mesas. En la otra había dos mujeres jóvenes que representaban al condado. El juez Shingleton llamó al orden, dio la bienvenida a los asistentes, hizo un comentario sobre el interés que la vista había suscitado en los medios de comunicación y echó un vistazo al dossier. Dos dibujantes intentaban plasmar los rostros de Meyerchec y Spano. Todo el mundo esperaba ansioso mientras Shingleton repasaba el expediente como si nunca lo hubiera visto. De hecho, lo había leído muchas veces y ya había escrito su dictamen.

– Por curiosidad -dijo, sin levantar la vista-. ¿Por qué presentaron su demanda en este tribunal?

– Porque es una cuestión de equidad, señoría -contestó el abogado radical, poniéndose en pie-, y estábamos seguros de que aquí tendríamos un juicio justo.

Si lo dijo para arrancar alguna sonrisa, no lo logró.

La verdadera razón de la presentación en un tribunal de equidad era la necesidad de que lo desestimaran lo antes posible. Una vista en un juzgado de distrito llevaría mucho más tiempo y un juicio en un tribunal federal se desviaba demasiado de sus planes.

– Proceda -dijo Shingleton.

El abogado radical empezó a despotricar contra el condado, el estado y la sociedad en general. Hablaba rápido y con brusquedad, en un tono demasiado alto para la pequeña sala y demasiado estridente para prestarle atención más de diez minutos seguidos. El alegato no parecía tener fin. Las leyes del estado estaban atrasadas, eran injustas y discriminaban a sus clientes porque no podían contraer matrimonio. ¿Por qué razón dos adultos homosexuales que se quieren y que, de mutuo acuerdo, están dispuestos a aceptar todas las responsabilidades, obligaciones, compromisos y deberes que conlleva el matrimonio, no pueden disfrutar de los mismos privilegios y derechos que dos heterosexuales? Consiguió formular la misma pregunta al menos de ocho maneras distintas.