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Por todo lo expuesto con anterioridad creo haber gestado un esbozo, cuando menos a grandes rasgos, del personaje al que nos enfrentamos: Napoleón Bonaparte, ese monstruo adorable. Por que, y sostengo esto pese a ser consciente de que en este preciso instante el lector tiene entre sus manos un libro, una novela de Patrick Rambaud, esto -en tanto artefacto emocional- es mucho más que otro libro acerca de Bonaparte y su mito, o que una novela más acerca del tema. El cebo, ahora y siempre, es Napoleón, no quienes lo glosan y vierten sobre él, apoyados en las más peregrinas coartadas, quintales métricos de loor e incienso. Con la novela de Rambaud, ocurre justo todo lo contrario: no vamos a encontrar nuevos motivos para amar al audaz tirano, al astuto hombre mediocre elevado a la categoría de deidad, al combatiente individual, henchido mas nunca ahíto, de egolatría, que resume lo peor y más sórdido de la condición humana, ni tampoco -o apenas nada- del héroe que lidia en soledad contra el mundo y las circunstancias, que suele ser lo que nos conmueve de él, sino, ya era hora, algo muy diferente: el lector tiene entre sus manos una historia narrada en tono absolutamente frío, a menudo incluso glacial, en cualquier caso neutro y convincente, en la que lo de menos resulta casi la presencia del emperador -que no obstante sobrevuela toda la obra como una obsesión terrible y alada-, y lo más importante acaba por ser, precisamente, la batalla que se nos describe escrupulosamente y da pie al relato: Essling.

Essling, incluso antes que Wagram y la posterior hecatombe del sueño napoleónico, marcó la frontera entre la gloria y la ignominia, pero Essling, que como se nos explica ya intentó novelar Balzac, aunque careció de paciencia para llevarlo a cabo, es más que una batalla. Sintetiza todo el absurdo y el horror de la guerra, de todas las guerras. Eso es algo que Patrick Rambaud plasma de modo magistral en su obra, donde se nos traza con delicadeza, a veces con sutil crueldad, la genealogía de la guerra. También, fundamentalmente, su desarrollo interno. El punto de vista narrativo, pues, es el de alguien que estuviera dentro de la batalla. En el lado francés, se nos dirá. Sí, pero aunque los austríacos jamás salen hablando, por ejemplo, están tanto o más que los propios franceses. Así, leyendo La batalla uno puede aprender más de los mecanismos de la guerra de lo que al principio imaginaba. Ésta es, en efecto, una novela logística (no me atrevo a decir: una novela militar, aunque también) en la que, y ésa es su principal virtud, además de la extremada elegancia con la que está narrada, llama la atención el hecho de que siendo en apariencia única y exclusivamente, digamos, una novela logísticomilitar, también habla, y con indudables dosis de hondura, de las pasiones humanas. He ahí la mano maestra de Rambaud para describirnos ciertos paisajes o atmósferas: «De súbito los pájaros dejaron de cantar», y eso significa que va a iniciarse el baile de la Muerte. O cuando describe al emperador: «Napoleón estaba muy pálido, la piel casi transparente, con el semblante liso y desprovisto de expresión de una estatua inacabada. Contempló el cielo, y entonces posó en el suelo la mirada de sus ojos vacíos». Acaba de hacernos una descripción de su alma.

Como dije antes, también en esta novela aprendemos a entender la guerra desde su mismo corazón, que no desde su imposible sentido ético. Aprendemos a distinguir por qué los caba llos pueden o no comer avena y cebada. 0 de qué dependen las victorias, a veces de un viento repentino o del capricho de un río, como sucederá con el Danubio. Aprendemos a enfrentarnos cara a cara al espanto más inenarrable, y que se sintetiza en esa demoníaca proclividad que tienen los hombres a masacrarse cíclicamente entre sí, con multitud de escenas sobrecogedoras.

Cómo los médicos castrenses deben utilizar sierras de carpintero -infectadas, claro- para cercenar y amputar piernas, brazos, todo. Cómo se emborracha con vino barato a los soldados para que se lancen a los brazos de una muerte prácticamente segura. Cómo esos soldados se levantan entre la hierba y los escombros, absolutamente ensangrentados, y no saben a quién pertenece esa sangre, si a ellos, a algún compañero o a cualquier animal, y así aguardan, sencillamente, morir o seguir viviendo unos minutos o días más. La obsesión por el descanso: «Cada uno de ellos pensaba que descansaría después de la batalla, en el suelo o bajo tierra», qué más da. 0 qué se siente al hundir la espada en un pecho enemigo y cómo crujen las costillas. Y cómo se evita la mirada de ese enemigo al que acabas de destripar, y antes de derrumbarse para siempre te observa, incluso sin rencor, más bien con estupefacción y duda, preguntándose en silencio por qué has hecho eso con él, que ni siquiera te conocía de nada, si hasta puede que fuese campesino como tú, o herrero o padre de familia. ¿Por qué? Porque hay napoleones y, lo que es peor, hombres cultos que los exaltan, en todos los países y épocas, en libros-libelo camuflados de muy eruditas tesis historiográficas o novelas históricas destinadas exclusivamente a vender -una forma como otra de que todo se perpetúe- y a impedir que muera la sempiterna fascinación por figuras como la de Bonaparte, al que uno de sus fieles del Estado Mayor comenta que aguardan la llegada de refuerzos, y Napoleón le dice: «Cuando esos batallones crucen el Danubio seremos sesenta mil… -Menos los muertos -murmuró Sainte-Croix. -¿Cómo decis? -Nada, Sire, me aclaraba la voz.»

No obstante, creo que hay un momento sublime en la novela, en el sentido de que explica el sinsentido de la guerra y su azote a lo largo de las civilizaciones. Los franceses están descan sando en mitad de la batalla, pues ha llegado la noche. De repente, cuando empieza a amanecer, a lo lejos se oye el rumor de unos pífanos. Tocan una canción. Son los austríacos, que se disponen a volver a la carga con renovadas energías y fe. Y la canción que oyen los franceses es La Marsellesa, adoptada ahora por sus enemigos como un himno de lucha por la independencia y la libertad. Entonces las tropas napoleónicas guardan silencio, «se callaron para escuchar el antiguo himno del ejército del Rhín, extendido en toda la Francía sublevada por los voluntarios de Marsella, que acompañó a la Revolución y a sus soldados hasta que llegó el imperio, cuando fue prohibido por decreto como una vulgar canción sediciosa». Es ése el instante mágico en el que Lannes y Masséna evitan mirarse, avergonzados, pues ahora son mariscales, ricos, e incluso… ¡aristócratas!, y todo por designio de su venerado Sire. Pero es también ése el momento en que ellos saben que han perdido la guerra, pues no luchan por salvar lo que les pertenece y siempre fue suyo, sino por tener más y más sin importarles en exceso sacrificar impunemente a cientos de miles de inocentes patriotas en el campo de batalla.

Essling, por lo tanto, no fue una batalla más. Desde que ha servido para que un escritor especule en torno a ella, dejando una lección para la posteridad, adquiere proporciones que tras cienden con mucho su importancia en los libros de historia militar. Entender Essling es, de entrada, estar prevenidos contra los Esslings que sin duda volverán. Articular una estrategia de defensa para evitarlo, eso será ya hacer de pequeños bonapartes en esta vida que nos ha tocado vivir.

LA BATALLA

A la señora Pham Thi Tieu Hong con amor,

A la señorita Xuan con afecto,

Al señor Balzac con mis excusas.

Capítulo primero . VIENA EN 1809

El martes, 16 de mayo de 1809, por la mañana, una berlina rodeada de jinetes salió de Schónbrunn y avanzó lentamente a lo largo de la orilla derecha del Da nubio. Era un coche ordinario, de color verde oliva, sin ningún escudo. A su paso los campesinos austríacos se quitaban los negros sombreros de ala ancha, por prudencia pero sin respeto, pues conocían a los oficiales que montaban los caballos árabes de largas crines, con una piel de pantera bajo las nalgas, uniformes a la húngara, blanco y escarlata, una sobrecarga de adornos dorados y una pluma de garza en el chacó. Aquellos jóvenes jinetes acompañaban a todas partes a Berthier, el mayor general del ejército de ocupación.

Una mano en el extremo de una manga hizo un gesto a través de la ventanilla bajada. Al punto, el caballerizo mayor, Caulaincourt, quien permanecía a caballo junto a la portezuela, apretó los flancos de su montura con las rodillas, alzó el bicornio y los guantes con movimientos de acróbata, liberó un mapa plegado de los alrededores de Viena que le pendía de un botón de la chaqueta y lo tendió al tiempo que saludaba. Poco después el coche se detuvo ante el río de aguas amarillentas y rápidas.

Un mameluco enturbantado saltó del pescante de los lacayos, desplegó el estribo, abrió la portezuela e hizo unas zalemas exageradas. El emperador bajó del coche al tiempo que se tocaba con el sombrero de piel de castor chamuscada por la plancha. Encima del uniforme de granadero se había puesto, a modo de capa, la levita de paño gris de Louviers. El calzón tenía manchas de tinta, debido al hábito de limpiar en él las plumas. Antes del desfile diario debía de haber firmado un rimero de decretos, porque quería decidirlo todo, desde la distribución de los zapatones nuevos a la Guardia hasta el aprovisionamiento de las fuentes parisienses, mil detalles que a menudo no tenían nada que ver con la guerra que libraba en Austria.