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– No puedo creer que estés aquí.

Ben se fijó entonces en las maletas.

– Estabais apunto de salir.

– Sí -contestó Rachel, con una risa casi histérica-pensábamos ir a…

– Lo siento, Rachel, pero antes tengo que hablar contigo. He estado pensando en esto durante más de veinte mil kilómetros -la agarró por los hombros e hizo una mueca de dolor cuando Rachel se tambaleó y se vio obligado a soportar su peso.

– ¡Ben! -Rachel intentó bajar la mirada hacia su pierna, pero él le enmarcó el rostro entre las manos-. Tienes que sentarte.

– Antes tengo que decirte algo.

– Pero estás temblando.

– No es por la pierna -apoyó la frente en la de Rachel-. Quería recorrer la tierra entera. Lo deseaba con todo mi corazón.

– Lo sé -contestó Rachel, con el corazón roto ante la desolación que reflejaba su voz-. Sé cómo eres, siempre lo he sabido. Ben, no deberíamos…

– No, escucha. Esta vez, cuando me he ido, ya no ha funcionado.

Rachel se lo quedó mirando de hito en hito.

– Sigue.

– Quería un hogar, Rach. Quería estar contigo y con Emily.

Rachel continuaba boquiabierta. De sus labios escapó una pequeña risa.

– Vas a desear que hubiera hablado yo primero.

– Puedes decirme que me vaya y todo lo que quieras, pero esta vez tendrás que convencerme de que es eso lo que quieres. Nada de seguir escondiéndose, ni de fingir que no existe lo que sentimos. Te amo, maldita sea, y siempre te amaré.

– Ben…

– Así que adelante -la desafió-, dime que no tienes ningún interés en mí. Consigue hacérmelo creer.

– Ben…

Ben descendió sobre su boca y procedió a derretir todas las células de su cerebro. Cuando alzó la cabeza, Rachel se aferró a él, aturdida por la capacidad de Ben para despistarla cuando tenía tantas cosas que decirle.

Ben la miró con recelo.

– ¿Vas a decirme que me vaya?

– No -miró a Emily, que se había tapado los ojos.

– No miro, mamá, así que no me digas que me vaya. ¡Quiero oír esto! Díselo, díselo rápido o lo haré yo.

– ¿Decirme qué? -preguntó Ben, confundido.

Rachel posó una mano en su pecho.

– Ben… -dejó escapar una risa-, íbamos a buscarte. Pensábamos ir hasta África para localizarte.

– ¿Qué has dicho?

– Yo también te quiero -susurró Rachel con los ojos llenos de lágrimas-. Y quiero otra oportunidad para demostrarte que lo nuestro puede funcionar. Tenemos que estar juntos, Ben, aunque tu trabajo nos obligue a vivir separados durante largos períodos de tiempo, no importa. Yo siempre te amaré.

Ben se la quedó mirando en silencio durante largo rato antes de hundir el rostro en su cuello.

– Quiero estar aquí -susurró-, aquí, contigo.

– ¿No quieres ir a África?

– No quiero ir a África.

– ¿Ni a América del Sur?

– No, quiero estar contigo, Rachel -alargó el brazo hacia su hija-, y con Emily. Quiero que estemos los tres juntos.

Rachel retrocedió y se mordió el labio inferior.

– Me preguntaba… ¿qué te parecería que fuéramos cuatro?

Ben se la quedó mirando fijamente y bajó la mirada hasta su vientre plano.

– ¿Cuatro?

– No, todavía no, sólo estaba preguntándotelo.

– ¿Estás bromeando? Me encantaría tener otro hijo contigo.

Emily cerró los ojos mientras sus padres la estrechaban entre sus brazos. Lo había conseguido, ¡había conseguido que volvieran a estar juntos y por fin iban a ser una familia! Y quizá incluso la ampliaran… Mmm… ¿Le gustaría tener una hermana a la que mandar? ¿O un hermano, quizá? Sí, definitivamente, era mejor un hermanito.

Sí, conseguiría también un hermanito, se prometió, mientras se preguntaba qué podría ser lo siguiente.

Jill Shalvis

***