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– Gen -dijo, ensombreciéndosele la mirada.

Geneva se extrañó.

– Chica, qué…

Keesh se paró en seco al tiempo que un coche se acercaba hacia donde estaba Geneva; la muchacha parpadeó de sorpresa. Al volante iba la orientadora educativa, la señora Barton. La mujer le hizo una seña para que se acercase. Geneva dudó, luego dijo a Keesh que la esperara un minuto y se reunió con la orientadora.

– Hola, Geneva. Te hemos echado de menos.

– Hola. -La chica se mostraba precavida; no estaba segura de lo que aquella mujer sabía de sus padres.

– El asistente del señor Rhyme me ha dicho que han cogido al hombre que trató de hacerte daño. Y que tus padres finalmente han regresado.

– Mi padre. -Geneva le señaló-. Es ése que está allí.

La consejera contempló al fornido hombre de camiseta y chaqueta andrajosas.

– ¿Y va todo bien?

Sin poder oír lo que decían, Lakeesha las miraba con el ceño fruncido. Su expresión denotaba mayor preocupación que antes. Parecía alegre al teléfono, pero ahora que Geneva lo pensaba detenidamente, a lo mejor estaba fingiendo. ¿Y quién era el tío con el que hablaba?

Nadie

«No me lo creo».

– ¿Geneva? -preguntó la señora Barton-. ¿Estás bien?

La chica volvió a mirar a la orientadora.

– Perdone. Sí, estoy bien.

La mujer observó una vez más al padre y luego se dirigió hacia ella, pero la chica apartó la mirada.

– ¿Hay algo que quieras decirme?

– Hmm…

– ¿Cuál es la verdadera historia?

– Yo…

Era una de esas situaciones en las que la verdad saldría a la luz tarde o temprano.

– De acuerdo, mire, señora Barton, lo lamento. No he sido del todo sincera. Mi padre no es profesor. Ha estado en la cárcel. Pero le han puesto en libertad.

– ¿Y dónde has estado viviendo entonces?

– Por mi cuenta.

En los ojos de aquella mujer se veía que no la estaba juzgando.

– ¿Y tu madre?

– Muerta.

Frunció el ceño.

– Lo lamento… ¿y él se va a hacer cargo de ti?

– No hemos hablado del tema. Cualquier cosa que haga tiene que discutirlo primero con el tribunal o no sé qué. -Dijo esto para ganar tiempo. Geneva tenía medio pensando un plan para que su padre volviera y asumiera, en teoría, la custodia de ella, pero ella seguiría viviendo por su cuenta como había hecho en los últimos años-. De momento me quedaré unos días en casa del señor Rhyme y de Amelia.

La mujer miró una vez más a Jax, que les sonreía tímidamente desde el otro lado de la calle.

– Eso es bastante inusual.

Geneva dijo desafiante.

– No iré a ninguna casa de acogida. No perderé todo lo que he conseguido. Me escaparé. Haré…

– Vamos, tranquilízate. -La orientadora sonrió-. No creo que tengamos que hacer un problema de esto ahora mismo. Has pasado por momentos muy difíciles. Hablaremos del tema un poco más adelante. ¿Dónde vas ahora?

– A casa del señor Rhyme.

– Te llevo.

Geneva hizo un gesto a su padre. El hombre se acercó sin prisa hasta el coche y Geneva les presentó.

– Es un placer, señora. Y gracias por cuidar de Geneva.

– Vamos, suba.

Geneva miró al otro lado de la calle. Keesh aún estaba allí.

– Tengo que irme, te llamo -le gritó e hizo el gesto de llevarse el auricular a la oreja.

Lakeesha asintió dudosa y quitó la mano del bolso.

Geneva se montó en el asiento trasero, detrás de su padre. Miró entonces hacia Keesh y le vio una extraña expresión en el rostro.

Luego, la señora Barton apartó el coche del bordillo y el padre de Geneva empezó con otra ridícula lección de historia, dale que te pego.

– ¿Sabe que una vez escribí un artículo sobre los hermanos Collyer, Homer y Langley? Vivían en la esquina de la 128 con la 5. Eran unos solitarios y los tipos más raros del mundo. Les aterrorizaba el crimen que había en Harlem, y se parapetaron en su vivienda, pusieron trampas y nunca tiraban nada. Uno terminó aplastado por un montón de periódicos. Cuando murieron, la policía tuvo que retirar toneladas de basura de la casa. ¿No habéis oído hablar de ellos?

La orientadora dijo que creía que sí.

– No -replicó Geneva. Y pensó: «Y ahora pregúntame si me interesa».

Lincoln Rhyme estaba dando indicaciones a Mel Cooper para organizar las pruebas que habían recogido en el lugar en el que había explotado la bomba mientras revisaba algunos informes de análisis de pruebas que había recibido.

Un equipo federal, a las órdenes de Dellray, había averiguado el paradero de Jon Earle Wilson, el hombre cuyas huellas dactilares se habían encontrado en la bomba oculta en el transistor hallado en el escondite de Boyd. Le habían acorralado y unos agentes iban a llevarle a casa de Rhyme para el interrogatorio que reforzaría el caso contra Thompson Boyd.

Fue entonces cuando sonó el teléfono de Bell. El detective contestó:

– Al habla Bell… Luis, ¿qué pasa? -Ladeó la cabeza para escuchar.

Luis

Debía de ser Martínez, que había seguido de cerca a Geneva y a su padre desde que habían salido de casa de Rhyme en dirección a Langston Hughes. Estaban convencidos de que Jax, Alonzo Jackson, era su padre y no representaba ninguna amenaza para ella, y de que el terrorista había trabajado solo. Pero eso no significaba que Bell y Rhyme fueran a dejar a Geneva sin protección en un futuro próximo.

Pero a veces las cosas se complicaban. Rhyme pudo leerlo en los ojos de Bell. El detective había dicho a Cooper:

– Necesitamos hacer una consulta al departamento de automóviles, y rápido. -Apuntó un número en un post-it y se lo pasó a los técnicos de sistemas.

– ¿Qué pasa? -preguntó Sachs.

– Geneva y su padre estaban en la parada de autobús cerca del instituto. Apareció un coche y se subieron en él. A Luis le pilló por sorpresa y no pudo cruzar la calle y detenerlos.

– ¿Un coche? ¿Quién conducía?

– Una mujer negra, corpulenta. Por el modo en que la describió puede ser esa orientadora, Barton.

No era nada de lo que hubiera que preocuparse necesariamente, pensó Rhyme. Tal vez la mujer los había visto en la parada de autobús y se había ofrecido a llevarlos en coche.

La información del departamento de automóviles apareció en pantalla.

– ¿Qué tenemos, Mel? -preguntó Rhyme.

Cooper entornó los ojos al leer. Escribió algo más. Levantó la cabeza, con los ojos agrandados a través del grueso cristal de las gafas.

– Un problema. Tenemos un problema.

La señora Barton se dirigía hacia el centro-sur de Harlem, avanzando despacio en el tráfico de primera hora de la tarde. Frenó un poco al pasar por otro proyecto de rehabilitación inmobiliaria. Jax sacudió la cabeza.

– Fíjese. -Señaló el cartel-. Promotoras, bancos, arquitectos. -Una risa amarga-. Apuesto a que no hay ni una persona negra al frente de esos negocios.

«Caray», pensó Geneva. «Ojalá cortara el rollo».

Siempre quejándose del pasado

La orientadora miró a un lado y se encogió de hombros.

– Se ven muchos por aquí. -Redujo la velocidad y giró hacia un callejón que había entre uno de los edificios que estaban derribando por dentro y un gran solar.

En respuesta a la mirada inquisidora de Jax, la señora Barton dijo:

– Un atajo.

Pero el padre de Geneva miró a los lados.

– ¿Atajo?

– Es para evitar el tráfico del sur.

Él miró nuevamente a su alrededor, entrecerrando los ojos.

– Y una mierda -espetó.

– ¡Papá! -exclamó Geneva.

– Conozco esta calle. Se corta un poco más adelante. Están tirando abajo una vieja fábrica.

– No -dijo la señora Barton-. He venido por aquí y ahora…

Pero su padre tiró del freno de mano con todas sus fuerzas y luego giró el volante hacia la izquierda. El coche derrapó y chocó contra una pared de ladrillos con el sonido distorsionado del metal y el plástico machacándose contra la piedra.