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De la vieja escuela, sin duda, pero sólo en un sentido. Porque él llevaba un estilo de vida asegurado por un salario anual que superaba el millón de dólares, junto con los venerados dividendos que constituían los pilares de Wall Street, varias casas, miembro de agradables clubes de campo, hijas bonitas y bien educadas y relaciones con un número de instituciones de caridad a las que él y su esposa se complacían en ayudar. Y el Grumman, su avión privado para los frecuentes viajes transoceánicos, era un importante privilegio adicional.

Pero Ashberry era también atípico para los ejecutivos del nivel de la revista Forbes. Si uno araña un poco la superficie, encontrará al mismo niño bravucón del sur de Filadelfia, cuyo padre era un duro obrero de fábrica y cuyo abuelo falsificaba libros de cuentas, y hacía los trabajos difíciles para Angelo Bruno, el capo de la mafia de Filadelfia, y más tarde para Phil Testa, su sucesor. Ahsberry mismo se había juntado con un grupo de bravucones, había hecho dinero a cuchillo y a golpes, y había hecho otras cosas que, de no haberse asegurado de que estaban enterradas para siempre, podrían haber regresado del pasado para amenazarle. Pero con poco más de veinte años tuvo la presencia de ánimo como para darse cuenta de que, si seguía haciendo de prestamista y rompiendo cabezas para conseguir dinero a cambio de protección y vagando en Filadelfia por las calles Dickson y Reed, su única recompensa sería el cambio de una hamburguesa y un tiro en la cárcel. Si hacía más o menos lo mismo en el mundo de los negocios, pasando el rato en el sur de Broadway y en el norte del West Side de Manhattan, se haría rico de cojones y tendría sus buenas oportunidades en Albany o Washington. Y hasta podría ocupar el puesto de Frank Rizzo. ¿Por qué no?

De modo que iba de noche a la Facultad de Derecho, tenía su licencia de agente inmobiliario y más tarde consiguió un trabajo en el Banco Sanford, primero en la caja y luego logrando ascensos de rango a rango. Y, en efecto, empezó a hacer dinero, lentamente al principio, y luego en flujo constante. Pronto llegó a ser el director de la sucursal más importante del banco, la de las operaciones inmobiliarias, aplastando a sus competidores -tanto dentro como fuera del banco- con su manera peculiar de afrontar los negocios. En aquel momento consiguió con malas artes el puesto de director de la Fundación Sanford, el lado filantrópico del banco, que era, según se informó, el mejor modo de establecer contactos políticos.

Otra ojeada al horizonte de Jersey, otro momento de debate, frotándose compulsivamente el muslo con la mano, macizo por sus sesiones de tenis, jogging, golf, vela. ¿Sí o no?

Vida y muerte…

Calculando, con un pie puesto para siempre en la calle 17 del sur de Filadelfia, Bill Ashberry jugaba con tipos peligrosos.

Por ejemplo, con hombres como Thompson Boyd.

Ashberry había conseguido el nombre del asesino a sueldo a través de un pirómano que había cometido el error de reducir a cenizas una de las propiedades comerciales de Ahsberry -y le cogieron mientras lo hacía- hacía unos años. Cuando Ashberry se dio cuenta de que tenía que matar a Geneva Settle, contrató a un detective privado para que localizara al pirómano, que estaba en libertad condicional, y le había pagado 20.000 dólares para que le pusiera en contacto con un asesino a sueldo. Ese hombre desaliñado (por el amor de Dios, llevaba un peinado imposible) había sugerido a Boyd. Ahsberry había quedado impresionado con la elección. Boyd daba verdadero miedo, pero no a la manera exagerada del sur de Filadelfia. Lo que resultaba espeluznante era el hecho de que fuera tan calmado, tan frío. No había ni un atisbo de emoción en sus ojos y nunca se le escapaba un «gilipollas» o un «joder».

El banquero le había explicado lo que necesitaba y habían acordado el pago: un cuarto de millón de dólares (ni siquiera esa cantidad había despertado en Boyd el más mínimo gesto; parecía más interesado -tampoco podría decirse que ansioso- ante la perspectiva de matar a una jovencita, como si nunca hubiera hecho algo así antes).

Durante un tiempo pareció que las cosas le saldrían bien a Boyd y que la chica moriría, y con eso se resolverían todos los problemas de Ashberry.

Pero luego vino el desastre: Boyd y su cómplice, esa tal Frazier, estaban en la cárcel.

De ahí el dilema: sí, no… ¿Debería matar él mismo a Geneva?

Con su peculiar manera de enfrentarse a los negocios, consideró los riesgos.

A pesar de su personalidad de zombi, Boyd había sido tan sagaz como aterrador. Conocía el negocio de la muerte, también sabía de investigación de homicidios y cómo manejar los móviles para enviar a la policía en la dirección equivocada. Había utilizado varios móviles falsos para despistar a los agentes. En primer lugar, un intento de violación; pero eso no había funcionado. El segundo era más sutil. Había plantado unas semillas que estaba seguro, por los tiempos que corrían, de que crecerían bien: la conexión terrorista. Él y su cómplice habían encontrado a un pobre inútil que repartía comida de Oriente Próximo a carritos y restaurantes cerca de una joyería. El edificio estaba enfrente de donde Geneva Settle debía ser asesinada. Boyd había localizado el restaurante para el que trabajaba y había revisado el sitio y conseguido saber cuál era su furgoneta. Boyd y su compañera habían dejado una serie de pistas para hacer creer que el pobre árabe era un terrorista a punto de cometer un atentado y quería matar a Geneva porque ella le había visto planear el ataque.

Boyd se había tomado la molestia de robar pedazos de papel de oficina de la basura en la parte de atrás de la joyería. Había dibujado un mapa en una hoja, y en otra había escrito una nota acerca de la chica en un inglés teñido de árabe (una página web de lengua árabe había sido de gran ayuda en ese punto), para engañar a los policías. Boyd iba a dejar esas notas cerca del escenario del crimen, pero resultó mejor aún; la policía las había hallado en el escondite de Boyd antes de que él lograra colocarlas, lo que daba aún mayor credibilidad a la conexión terrorista. Habían utilizado comida de Oriente Próximo como pistas y hecho falsas amenazas de bombas al FBI desde teléfonos públicos de la zona.

Boyd no pensaba continuar con esa farsa. Pero después una maldita policía -la detective Sachs- había aparecido por la fundación ¡para rebuscar en sus archivos! Ashberry aún recordaba cuánto había tenido que esforzarse en mantener la calma, hablando de nimiedades con la bonita pelirroja y ofreciéndole la posibilidad de que ella misma revisara los archivos. Había necesitado mucha fuerza de voluntad para no bajar él y preguntarle como el que no quería la cosa qué estaba buscando. Pero había demasiado riesgo de que eso levantara sospechas. Se había mostrado conforme con que ella se llevara algunos materiales y cuando examinó los archivos, después de que ella se fuera, no encontró nada que pareciera preocupante.

Sin embargo, su mera presencia en la fundación y el hecho de que quisiera examinar algunos materiales sugería al banquero que los policías no habían mordido el anzuelo del móvil terrorista. Ashberry había llamado a Boyd y le había ordenado hacer más creíble la historia. El asesino había comprado una bomba al pirómano que había puesto a Ashberry en contacto con él. Había plantado el dispositivo en la furgoneta, junto con una carta desafiante para el Times acerca de los sionistas. Boyd había sido arrestado justo después de esto, pero su compañera -la mujer negra de Harlem- había hecho detonar la bomba, y finalmente la policía había entendido el mensaje: terrorismo.

Y como aquel inútil estaba muerto, le habían quitado la protección a la chica.

Ésta fue la oportunidad de Alina Frazier para acabar con el encargo.

Pero la policía la había desenmascarado también, y la había detenido.

Ahora, la gran pregunta era: ¿creería la policía que la amenaza para la chica se había diluido finalmente, al haber muerto el cerebro, y habiendo sido detenidos los dos asesinos a sueldo?