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Geneva sonrió levemente.

– Siempre hemos dicho que lo afro volvería a ponerse de moda.

– Palabra. No hace falta ser ningún artista, sólo se necesita un peine y un spray. -Se enrolló una de las extensiones rubias en un dedo y luego bajó las manos, mientras la sonrisa desaparecía-. Yo terminaré como una bolsa vieja y desgastada. Yo sólo puedo salir adelante con un hombre.

– ¿Y ahora quién está hablando de sí misma como si fuera una basura, chica? Kevin te está contando majaderías. Tú nunca habías hablado así.

– Me cuida. Estará todo el tiempo buscando trabajo. Y ha prometido que me ayudará a cuidar del bebé. Es diferente. No como la basca que está con él.

– Sí que lo es. No puedes darte por vencida, Keesh. ¡No lo hagas! Al menos sigue en el instituto. De verdad quieres un bebé, muy bien, pero quédate en el instituto. Puedes…

– Oye, que tú no eres mi madre, tía -le espetó Keesh-. Sé lo que me hago. -Le echó una mirada furibunda, tanto más desgarradora por ser la misma expresión que tenía en la cara cuando se interpuso para proteger a Geneva de las chicas de la Delano o del barrio de St. Nicholas que la abordaron en la calle.

Al suelo con ella, rajadla, rajad a esa zorra

Luego Keesh añadió suavemente:

– Lo que ocurre, tía, es que no quiere que ande contigo.

– ¿Que no quiere…?

– Kevin dice que le tratas mal en el instituto.

– ¿Que le trato mal? -Una risa fría-. Quería que le ayudara a copiar. Y le dije que no.

– Yo le respondí que era una majadería lo que estaba diciendo, que tú y yo estábamos muy unidas, y eso. Pero no quiso escucharme. No puedo volver a verte.

– Así que le escoges a él -dijo Geneva.

– No tengo elección. -La chica bajó la mirada-. No puedo aceptar ningún regalo tuyo. Toma. -Apretó el collar en la mano de Geneva y se alejó rápidamente, como si estuviera soltando una cazuela caliente. Cayó en la sucia acera.

– ¡Por favor, Keesh, no lo hagas!

Geneva alargó un brazo hacia su amiga, pero sus dedos se cerraron sobre el aire frío.

CAPÍTULO 45

Diez días después del encuentro con Gregory Hanson, el presidente del Banco Sanford, y su abogado, Lincoln Rhyme conversaba por teléfono con Ron Pulaski, el joven novato, que estaba de baja médica, aunque se esperaba que regresase al trabajo en el plazo de un mes o poco más. Estaba recuperando la memoria y empezaba a ayudarles a reunir pruebas contra Thompson Boyd.

– ¿Así que irá a la fiesta de Halloween? -preguntó Pulaski. Hizo una pausa y añadió rápidamente-: O lo que sea. -Probablemente, las últimas palabras estaban pensadas para contrarrestar cualquier metedura de pata creada por el hecho de sugerir que un tetrapléjico pueda ir a una fiesta.

Pero Rhyme le tranquilizó.

– De hecho, sí que voy. Iré como Glenn Cunningham.

Sachs lanzó una carcajada.

– ¿De veras? -preguntó el novato-. ¿Quién es exactamente?

– ¿Por qué no lo averigua, agente?

– Sí, señor. Lo haré.

Rhyme desconectó y miró hacia la principal tabla de pruebas, en cuyo extremo superior estaba adherida la carta número doce de tarot, el hombre colgado.

Tenía los ojos clavados en la carta cuando sonó el timbre de la puerta. Lon Sellitto, probablemente. Estaría a punto de regresar de una sesión de terapia. Había dejado de frotarse la imaginaria mancha de sangre y de practicar el desenfunde rápido a lo Billy el Niño, algo que todavía nadie le había explicado a Rhyme. Había tratado de preguntárselo a Sachs, pero ella no podía, o no quería, decir mucho. Lo cual estaba bien. A veces, creía firmemente Lincoln Rhyme, uno no necesita saber todos los detalles.

Pero en ese momento, resultó que su visitante no era el detective lleno de arrugas. Rhyme miró hacia la puerta y vio a Geneva Settle, ligeramente inclinada a causa de su mochila escolar.

– Bienvenida -dijo él.

Sachs también la saludó, quitándose las gafas de seguridad que tenía puestas. Estaba llenando las fichas de las pruebas para unas muestras de sangre que había recogido en el lugar de un crimen esa mañana.

Wesley Goades tenía todo el papeleo listo para presentar la demanda contra el Banco Sanford y le había informado a Geneva que había posibilidades de que el lunes Hanson le hiciera una oferta realista. De lo contrario, aquel misil jurídico había advertido a sus oponentes que iniciaría el litigo al día siguiente. Una conferencia de prensa formaría parte del evento. (La opinión de Goades era que la mala publicidad iba a durar bastante más que unos «feos diez minutos»).

Rhyme miró a la chica. El tiempo caluroso, impropio de esa época del año, hacía difícil ponerse las sudaderas de pandillero y los gorros, de modo que la chica llevaba unos vaqueros y una camiseta con la leyenda Guess! atravesándole el pecho en letras brillantes. Había engordado un poco y tenía el pelo más largo. Y hasta se había puesto algo de maquillaje (Rhyme se preguntaba qué habría en el bolso que Thom le había deslizado el otro día). La chica estaba guapa.

Había logrado cierta estabilidad en su vida. A Jax Jackson le habían dado el alta y estaba haciendo rehabilitación. Gracias a Sellitto, el hombre había sido transferido oficialmente al cuidado y provisión de las autoridades de libertad condicional de la ciudad de Nueva York. Geneva estaba viviendo en el minúsculo apartamento de su padre en Harlem, un acuerdo que no había sido tan desastroso como ella pensaba (la chica no se lo había confesado a Rhyme ni a Ronald Bell, pero sí a Thom, que se había convertido en una especie de madraza para la chica: la invitaba a la casa de Rhyme regularmente, le daba lecciones de cocina, veía con ella la tele y discutía sobre libros y política, nada en lo que Rhyme estuviera interesado). En cuanto pudieran permitirse un sitio más espacioso, ella y su padre dirían a la tía Lilly que se fuera a vivir con ellos.

La chica había renunciado a su trabajo y ahora tenía un empleo de investigadora legal y chica de los recados con Wesley Goades. También estaba ayudándole en la creación del Fondo Fiduciario Charles Singleton, que pagaría a los herederos el dinero que se obtuviera mediante el arreglo. La idea de Geneva de dejar la ciudad en cuanto pudiera para irse a vivir a Londres o a Roma no se había enfriado, pero los casos sobre los que Rhyme la oía discutir apasionadamente tenían que ver con habitantes de Harlem, discriminados por ser negros, latinos, islámicos, mujeres o pobres.

Geneva también estaba ocupada en un proyecto que ella denominaba «salvar a su amiga», del que tampoco hablaba con él; su consejera en ese asunto en particular parecía ser Amelia Sachs.

– Quería mostrarle algo. -La chica sostenía un papel amarillento que contenía varios párrafos de una caligrafía que Rhyme reconoció de inmediato como la de Charles Singleton.

– ¿Otra carta? -preguntó Sachs.

Geneva asintió. Sostenía el papel con mucho cuidado.

– La tía Lilly ha tenido noticias de ese familiar nuestro de Madison. Nos ha mandado algunas cosas que encontró en el sótano de su casa. Un marcapáginas y unas gafas de Charles. Y una docena de cartas. Quería mostrarles ésta. -Con los ojos brillantes, añadió-: La escribió en 1875, después de salir de la cárcel.

– Veámosla -dijo Rhyme.

Sachs la puso en el escáner y un minuto después la imagen apareció en varias pantallas de ordenador en todo el laboratorio. Sachs se acercó a Rhyme, puso un brazo alrededor de sus hombros y se dispusieron a mirar la pantalla.

Mi queridísima Violet:

Confío en que hayas estado disfrutando de la compañía de tu hermana, y que Joshua y Elizabeth estén contentos de pasar algún tiempo con sus primos. Que Frederick, que sólo tenía nueve años la última vez que le vi, esté tan alto como su padre es algo que se me hace difícil de imaginar.