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Geneva se quedó dubitativa. Finalmente dijo:

– De acuerdo. Se lo devolveré.

– Lo pasaremos a la cuenta del ayuntamiento.

Bell se puso en la cola. Geneva acababa de volver a posar la vista en su libro cuando vio a un chico que miraba en su dirección y saludaba con la mano. La joven miró hacia atrás para ver a quién estaba haciendo señas el chaval. No había ninguna otra persona. A Geneva casi se le cortó el aliento cuando se dio cuenta de que el chico la estaba saludando a ella.

Kevin Cheaney se abrió paso a empujones, alejándose de la mesa en la que había estado sentado con sus colegas, y empezó a acercarse a ella con paso rápido. ¡Oh, Dios mío! ¿Realmente venía hacia donde estaba ella?… Kevin, un chico con un cierto aire a Will Smith. Labios perfectos, cuerpo aún más perfecto. El chico que desafiaba a la gravedad cuando jugaba al baloncesto, que podía moverse como si fuera un participante en un torneo de breakdance en el show de B-Boy Summit. Kevin era toda una institución en todos los grupos.

En la cola, el detective Bell se puso tenso y empezó a caminar hacia Geneva, pero ella le hizo un gesto con la cabeza indicándole que todo iba bien.

Y así era. Mejor que bien. ¡Descarao!

Kevin estaba predestinado a obtener una beca para ir a Connecticut o a Duke. Era un tipo atlético, había sido capitán del equipo de baloncesto que había ganado el campeonato PSAL el año anterior. Pero también tenía buenas calificaciones. Puede que no profesara el mismo amor por los libros y el instituto que sentía Geneva, pero aun así se encontraba entre el cinco por ciento mejor de la clase. Se conocían de manera superficial, estaban en la misma clase de matemáticas ese semestre, y también se cruzaban de vez en cuando por los pasillos o en el patio del instituto. Por casualidad, se decía Geneva a sí misma. Pero, vale, de acuerdo, el hecho era que ella tendía a andar por donde él estuviera de pie o sentado.

La mayor parte de los chavales que molaban pasaban de ella o la maltrataban; Kevin, sin embargo, le decía hola de vez en cuando. Le hacía preguntas sobre los deberes de matemáticas o de historia, o simplemente se detenía a conversar unos minutos.

No la invitaba a salir, por supuesto -eso nunca sucedía-, pero la trataba como a un ser humano.

Un día de la primavera anterior incluso la acompañó a casa a la salida del instituto.

Un día hermoso, despejado, que recordaba como si lo tuviera grabado en DVD.

El 21 de abril.

Generalmente Kevin se relacionaba con las chicas esbeltas con aspiraciones de modelo, o con las chicas más desenfadadas, las blingstas. (Incluso una vez tonteó un poco con Lakeesha, lo cual enfureció a Geneva, que soportó los rabiosos celos esbozando una sufrida sonrisa de indiferencia).

Así que, ¿qué querría ahora?

– Hola, chica, ¿cómo va eso? -preguntó, frunciendo el ceño y dejándose caer junto a ella en una silla de cromo toda abollada, estirando sus largas piernas.

– Bien. -Geneva tragó saliva, con la lengua trabada. Tenía la mente en blanco.

– Me he enterado de lo que pasó. ¡Qué mal rollo!, ¿no? Alguien tratando de sacudirte para luego estrangularte. Estaba preocupado por ti -dijo.

– ¿Sí?

– Palabra.

– Fue todo muy extraño.

– Bueno, mientras tú estés bien, entonces todo tranqui.

La joven sintió una oleada de calor que le subía al rostro. ¿Realmente Kevin le estaba diciendo eso a ella?

– Bueno, ¿por qué no te vuelves a casa? -preguntó-. ¿Qué estás haciendo aquí?

– El examen de lengua. Y luego el de matemáticas.

Él se rio.

– Demonios. ¿Te preocupas por el instituto después de la mierda que te ha pasado?

– Ajá. No puedo perderme esos exámenes.

– ¿Y vas bien en matemáticas?

Sólo era de cálculo. Nada del otro mundo.

– Sí, todo bajo control. Ya sabes, nada complicado.

– Mola mazo. De todos modos sólo quería decirte que sé que mucha gente de aquí te hace la vida imposible. Aunque tú te lo tomas con calma. Pero ellos no habrían venido hoy a clase, como tú, si les hubiera pasado lo mismo. Si lo miras bien, ninguno te llega a la suela de los zapatos. Tienes agallas, chica.

Sin aliento por el cumplido, Geneva sólo atinó a bajar la vista y encogerse de hombros.

– Así que, ahora que sé realmente cómo eres, tenemos que ser más colegas. Pero nunca te veo por ahí.

– Es que… ya sabes, el instituto y todo el rollo. -Cuidado, se advirtió a sí misma. No tienes por qué decir esas cosas.

Kevin bromeó:

– ¡Y una mierda va a ser eso! Lo que pasa es que tú te dedicas a trapichear con crack en Brooklyn.

– Yo… -Se negó a que se le escapara un taco. Esbozó una tímida sonrisa, bajó la vista al suelo desgastado-. No es en Brooklyn. Yo sólo trabajo en Queens. Manejan más pasta, ¿sabes? -Pero qué ridícula, chica. Mira que eres patética. Tenía las palmas de las manos empapadas de sudor.

Pero Kevin se rio estridentemente. Luego sacudió la cabeza.

– Ahh… ya sé por qué me he confundido. Debía de ser tu madre la que vendía crack en Brooklyn.

Eso parecía un insulto, pero en realidad era una invitación. Kevin la estaba invitando a jugar a la guerra de palabras. Así le decían los mayores. Ahora se decía «azotar», intercambiar «azotes», insultos. Proveniente de una larga tradición dentro de la poesía y los concursos de cuentacuentos de la cultura negra, el azote era el combate verbal, el intercambio de pullas. Los azotadores serios actuaban sobre el escenario, aunque la mayor parte de los azotes tenían lugar en los salones de las casas y en los patios de los institutos y en las pizzerías y en los bares y en los clubes y en las escalinatas de entrada de los edificios, y era algo tan penoso como lo que había arrojado Kevin en su volea inicial, tipo: «Tu vieja es tan tonta que pregunta los precios en el todo a cien», o «Tu hermana es tan fea que nadie se acostaría con ella ni aunque estuviera buena».

Pero, en aquel momento, la cuestión no tenía nada que ver con ser ingeniosos. Porque la guerra de palabras era tradicionalmente de hombres contra hombres o mujeres contra mujeres. Cuando un varón iniciaba el juego con una mujer, tenía un único significado: flirteo.

Geneva pensó: «Qué raro, ¿no? Han tenido que atacarme para que la gente me respete». Su padre decía que lo mejor puede surgir como consecuencia de lo peor.

Vale, sigue, chica; te toca a ti. El juego era ridículamente juvenil, tonto, pero ella también sabía azotar; ella y Keesh y la hermana de Keesh eran capaces de hacerlo durante una hora seguida. Tu mami es tan gorda que su grupo sanguíneo es la grasa. Tu Chevy es tan viejo que robaron el muñeco del espejo y dejaron el coche… Pero ahora, con el corazón latiéndole con fuerza, Geneva se limitó a sonreír y a transpirar en silencio. Trató desesperadamente de pensar en algo que decir.

Pero estaba ante el mismísimo Kevin Cheaney. Aunque pudiera armarse del coraje necesario para soltarle algo sobre su madre, tenía la mente bloqueada.

Miró el reloj, y luego bajó la vista, posándola en el libro de lenguaje. «Dios santo, tontaina», se enfureció consigo misma. «¡Di algo!».

Pero de su boca no salió ni una sola sílaba. Sabía que Kevin estaba a punto de mirarla de aquella manera que ella conocía tan bien, esa mirada de «tengo más que hacer que perder el tiempo con una gilipollas», y marcharse. Pero no, daba la impresión de que pensaba que sencillamente ella no estaba de humor para jugar a ese juego; lo más seguro era que aún estuviera asustada por los acontecimientos de esa mañana; y se diría que a él eso le parecía normal. Lo único que dijo fue: