Más importante, en realidad.
Y, curiosamente, ahora que pensaba en ello: ése también tenía que ver con niños.
– ¿Sí? -dijo Jax al atender su móvil.
– Ralph.
– ¿Qué passsa, tronco? -Jax se preguntó si el pequeño faraón esquelético estaría apoyado en algo en ese momento-. ¿Ya te ha informado nuestro amigo? -Se refería a si DeLisle Marshall ya había dado a Ralph referencias sobre Jax.
– Ajá.
– ¿Y el rey del graffiti es un tipo legal? -preguntó Jax.
– Ajá.
– Bueno. Y ¿cómo va la cosa?
– He encontrado lo que querías, hombre. Es…
– No digas nada. -Los teléfonos móviles eran la mismísima invención del diablo en cuanto a cómo podían usarse como prueba incriminatoria. Le dio al otro una dirección: una esquina en la calle 116-. Diez minutos.
Jax cortó y empezó a andar calle arriba; dos señoras con abrigos largos, que llevaban recargados sombreros de ir a la iglesia y sostenían firmemente en sus manos unas biblias muy gastadas, dieron un rodeo para no cruzarse con él. Jax hizo caso omiso de sus miradas inquietas.
Fumando, andando con paso firme, con su cojera de «herido de bala, no de chulería», Jax aspiró el aire, entusiasmado por estar de nuevo en casa. Harlem… Miró a su alrededor las tiendas, los restaurantes y los vendedores ambulantes. Aquí uno podía comprar cualquier cosa: telas de África Occidental -kente y malinké- y ankhs egipcias, cestos bolga, máscaras y estandartes y dibujos enmarcados de siluetas de hombres y mujeres del Congreso Nacional Africano, en negro, verde y amarillo. Y también pósters: de Malcolm X, Martin Luther King Jr., Tina, Tupac, Beyoncé, Chris Rock, Shaq… Y cientos de retratos de Jam Master Jay, el brillante y generoso rapero pinchadiscos, con Run-D.M.C., asesinado a tiros por algún gilipollas en su estudio de grabación de Queens, hacía unos años.
A Jax los recuerdos le golpeaban por todos los lados. Miró hacia otra esquina. Bueno, fíjate en eso. Ahora era un sitio de comida rápida; había sido el lugar en el que Jax había cometido su primer delito, cuando tenía quince años, el que le puso en la senda que le llevaría a una justa notoriedad. Porque lo que birló no eran bebidas alcohólicas ni cigarrillos ni armas ni dinero, sino una caja muy chula de aerosoles de pintura Krylon en una ferretería. Los cuales utilizó durante las siguientes veinticuatro horas, hasta que se le terminaron, pintando, por todo Manhattan y el Bronx -con lo que agravó el hurto con allanamiento y daños a la propiedad privada-, las letras Jax 157, en forma de pompa.
Durante unos cuantos años, Jax se dedicó a bombardear miles de superficies con esa firma suya: pasos elevados, puentes, viaductos, muros, carteleras, tiendas, autobuses urbanos, autobuses privados, edificios de oficinas, y hasta estampó su insignia en el Rockefeller Center, justo al lado de esa estatua dorada, antes de que se le echaran encima dos gigantes gorilas de seguridad que arremetieron contra él con gas lacrimógeno y con sus porras.
En cuanto el joven Alonzo Jackson se encontraba solo cinco minutos y con una superficie lisa, aparecía Jax 157.
Luchando por salir adelante en el instituto, hijo de padres divorciados, hasta el gorro de los trabajos normales, constante sólo en lo de tener problemas, buscó consuelo como escritor (los guerrilleros del graffiti eran «escritores», no «artistas», como propalaban a los cuatro vientos Keith Haring, los galeristas del Soho y las agencias de publicidad). Anduvo un tiempo con la banda local de los Blood, pero cambió de idea un día que andaba con su grupete en la calle 140, y pasaron en coche los Trey-Sevens, y pum, pum, pum, Jimmy Stone, que estaba de pie a su lado, cayó con dos agujeros en la sien, muerto antes de dar contra el suelo. Y todo por una bolsita de crack, o por ninguna razón en absoluto.
A tomar por culo con ello. Jax se estableció por su cuenta. Menos dinero. Pero condenadamente más seguro, mucho más (pese a estampar su firma en lugares como el puente Verrazano y en un vagón de un tren de la línea A en movimiento, lo que era una historia muy chula de la que habían oído hablar hasta los hermanos que estaban en chirona).
Alonzo Jackson, rebautizado extraoficial pero definitivamente con el nombre de Jax, se sumergió en su oficio. Empezó simplemente estampando su firma por toda la ciudad. Pero pronto se dio cuenta de que si eso es lo único que haces, aunque lo plantes por todos los rincones de la ciudad, no eres nada más que un «juguete» tonto, y los reyes del graffiti no te darán ni la hora.
De modo que, haciendo novillos, trabajando en restaurantes de comida rápida durante el día para pagar la pintura, o mangando lo que podía, Jax pasó a las potas o vómitos, firmas escritas rápidamente pero mucho más grandes. Se convirtió en un as del «de arriba abajo»: llenaba toda la altura de los vagones del metro. El tren A, que se suponía que era la línea más larga que atravesaba la ciudad, era su favorita. Miles de visitantes viajaban del aeropuerto Kennedy a la ciudad en un tren en el que no ponía Bienvenidos a la Gran Manzana, sino que les ofrecía este misterioso mensaje: Jax 157.
Para cuando tenía veintiún años, Jax ya había hecho dos «punta a punta» completos -cubriendo con su graffiti un lado entero de un vagón de metro, de un extremo al otro- y casi había llegado a hacerlo con un tren entero, que era el sueño de todo rey del graffiti. También había hecho su parte de obras maestras. Jax había tratado de describir qué era una obra maestra del graffiti. Pero lo único que se le ocurrió fue que una obra maestra era algo más. Algo que dejara sin aliento. Una obra que tanto un cabeza hueca adicto al crack tirado en una cuneta como un agente de bolsa de Wall Street en la autopista de Nueva Jersey se quedaran mirando y pensaran: «¡Joder!, esto mola».
«Aquellos eran buenos tiempos», pensó Jax. Era un rey del graffiti en medio del más poderoso movimiento cultural negro desde el Renacimiento de Harlem: el hip-hop.
Seguro que el Renacimiento debió de ser dabuten. Pero para Jax había sido una cosa de personas pensantes. Venía de la cabeza. El hip-hop explotaba desde el fondo del alma y desde el corazón. No había nacido en las universidades o los lofts de los escritores: venía directamente de las putas calles, de los chavales airados, luchadores y desesperados, cuyas vidas eran de una dureza increíble y cuyos hogares estaban rotos, que andaban por las aceras colocados hasta arriba con las ampollas de crack que desechaban los adictos, las cuales tenían puntitos de sangre seca, que ya estaba marrón. Era el grito salvaje de la gente que tenía que gritar para que se la oyera… Los cuatro puntales del hip-hop lo ofrecían todo: música, con los pinchadiscos; poesía, con el rap de los maestros de ceremonias; baile, con el breakdance; y arte, con lo que era la propia contribución de Jax: los graffiti.
Precisamente allí, en la calle 116, se detuvo a mirar el lugar en donde había estado el baratillo de Woolworth. La tienda no sobrevivió al caos que siguió al famoso apagón de 1977, pero lo que surgió en su lugar fue un auténtico milagro, el club de hip-hop número uno de toda la nación, Harlem World. Tres pisos con todas las clases de música que uno pudiera imaginar: radical, adictiva, electrificante. Bailarines de breakdance girando como peonzas, contorsionándose como olas en medio de una tormenta. Pinchadiscos tocando para las pistas de baile que estaban hasta arriba, y maestros de ceremonias haciendo el amor con sus micrófonos y llenando la sala con sus duros poemas estilo «no me jodas», palpitando al ritmo de un corazón de verdad. En Harlem World era donde empezaban los desafíos, las batallas de raperos. Jax había tenido la suficiente fortuna como para ver a los que eran considerados los más famosos de todos los tiempos: los Cold Crush Brothers y los Fantastic Five…