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Lo que fue, tal como se vio, una bonita metedura de pata.

– Entiendo lo que dice -dijo la mujer en perfecto inglés, con acento francés, nada menos-. Ya les dije a esos otros agentes todo lo que recuerdo. Yo estaba bastante asustada. Cuando él se probó el gorro, no sé si me entiende. Bajándoselo como si fuera una máscara. Daba miedo.

– Estoy segura de que así fue -respondió Sachs, volviendo a su manera normal de hablar-. Dígame, ¿le molestaría que le tomáramos las huellas dactilares?

Se trataba de verificar que eran las huellas que había en el tique y en las mercancías halladas en el lugar de los hechos, en la biblioteca. La mujer aceptó, y un analizador portátil verificó que efectivamente eran las de ella.

– ¿Está segura de que no tiene ni idea de quién es o dónde vive? -preguntó Sachs.

– Ni idea. Sólo ha estado aquí una o dos veces. Tal vez más, pero es la clase de persona en la que nadie se fija. Normal. No sonreía, no gesticulaba, no decía nada. Totalmente neutro.

Un aspecto de lo más apropiado para un asesino, pensó Sachs.

– ¿Qué hay de sus otros empleados?

– Les he preguntado a todos. Ninguno de ellos le recuerda.

Sachs abrió la maleta, volvió a guardar el analizador portátil de huellas dactilares y extrajo un ordenador Toshiba. En un minuto ya lo había puesto en funcionamiento y había cargado el software de técnica electrónica de identificación facial. Era una versión informatizada del viejo retrato robot, utilizado para recrear imágenes de rostros de sospechosos. El sistema manual usaba tarjetas preimpresas de rasgos faciales y de cabellos, que los agentes combinaban y les mostraban a los testigos para crear un parecido con el sospechoso. El TEIF utilizaba el software para hacer lo mismo, generando una imagen casi fotográfica.

En cinco minutos, Sachs obtuvo un fotomontaje de un hombre blanco con papada, pulcramente afeitado, con cabellos bien recortados, de color castaño oscuro, de cuarenta y tantos años. Se parecía a cualquiera de los millones de empresarios o contratistas o cajeros de tienda de mediana edad que uno se cruza en el metro.

Promedio

– ¿Recuerda qué llevaba puesto?

Hay un programa auxiliar del TEIF que sirve para poner a la imagen del sospechoso diferentes vestimentas, como las muñecas de papel a las que se les colocan prendas de vestir. Pero lo único que recordaba la mujer era una gabardina oscura.

– Ah, una cosa. Creo que tenía acento sureño -añadió la mujer.

Sachs hizo un gesto con la cabeza y anotó eso en su libreta. Luego conectó una pequeña impresora láser y al poco ya tenía dos docenas de copias en tamaño 13x18 centímetros de la imagen de SD 109, con una breve descripción de su altura, su peso y el dato de que podría llevar una gabardina oscura y que hablaba con acento sureño. Agregó la advertencia de que atacaba a inocentes. Alargó las copias a Bo Haumann, el antiguo instructor, de cabello entrecano cortado al rape, que ahora era el jefe de la Unidad de Servicios de Urgencias, el grupo táctico de Nueva York. Haumann distribuyó a su vez los retratos entre sus agentes y los polis uniformados que estaban allí con el equipo. Dividió a los agentes en grupos -mezclando uniformados con personal de la USU, la cual tenía mayor poder de fuego- y les ordenó que empezaran a peinar el barrio.

La docena de policías se dispersó.

El Departamento de Policía de Nueva York, encargado de velar por la tranquilidad en la ciudad, no organizaba sus equipos tácticos con transportes blindados del tipo de los que se usan en el ejército, sino con coches y furgones comunes y corrientes en los que se desplazaban las brigadas, y el armamento se transportaba en un autobús de la USU, un anodino camión azul y blanco. En aquel momento había uno de ésos aparcado cerca de la tienda, sirviendo de vehículo de apoyo.

Sachs y Sellitto se pusieron chalecos antibalas con placas antiimpacto en la zona del corazón, y se encaminaron hacia Little Italy. El barrio había cambiado radicalmente en los últimos quince años. Un enorme enclave de inmigrantes italianos de clase trabajadora en el pasado se había reducido casi a la nada, debido a la expansión del Barrio Chino desde el sur y de los jóvenes profesionales venidos del norte y el oeste. En la calle Mulberry los dos detectives pasaron ahora ante un emblema de ese cambio: el edificio que había albergado al antiguo Club Social Ravenite, hogar de la familia mafiosa Gambino, que había sido dirigida, en tiempos ya lejanos, por John Gotti. El club había sido confiscado por el gobierno -lo que tuvo como consecuencia que recibiera el inevitable mote de «Club Fed»- y ahora era simplemente otro edificio comercial en alquiler.

Los dos detectives eligieron una calle y empezaron a realizar su parte del peinado del área, mostrándoles sus placas y el retrato del sujeto a los vendedores ambulantes y a los cajeros de las tiendas, a los adolescentes que estaban haciendo novillos tomando café en Starbucks, a los jubilados sentados en los bancos o en las escaleras de entrada de los edificios. Cada tanto oían informes de los otros agentes. Nada… Negativo en Grand, K… Recibido… Negativo en Hester, K… Lo intentaremos en el este

Sellitto y Sachs siguieron recorriendo su ruta, sin que tuvieran más suerte que los otros.

Detrás de ellos se oyó un estridente bang.

Sachs lanzó un grito ahogado -no por el ruido, ya que lo reconoció al instante como la detonación del tubo de escape de un camión-, sino por la reacción de Sellitto. Éste había dado un salto hacia un lado, y de hecho se había puesto a cubierto detrás de unas cabinas telefónicas, con la mano sobre la empuñadura de su revólver.

Parpadeó y tragó saliva. Soltó una risa lánguida.

– Putos camiones -masculló.

– Ajá -dijo Sachs.

Cuando continuaron la marcha, el se limpió la cara.

Sentado en el escritorio, en su escondite, percibiendo el olor a ajo proveniente de uno de los restaurantes cercanos de Little Italy, Thompson Boyd estaba acurrucado con un libro entre las manos, leyendo las instrucciones que en él se exponían; luego revisó lo que había comprado en la ferretería, hacía una hora.

Señaló algunas páginas con post-it amarillos y garabateó algunas notas en los márgenes. Los procedimientos que estaba estudiando eran un poco complicados, pero él sabía que terminaría por desentrañarlos. No había nada que no se pudiera hacer si uno se tomaba su tiempo. Eso se lo había enseñado su padre. Fueran tareas difíciles o sencillas.

Es sólo cuestión de dónde pones la coma de los decimales.

Deslizó la silla hacia atrás, apartándose del escritorio, el cual, junto con la silla, una lámpara y un catre, eran los únicos muebles de la casa. Una televisión pequeña, un refrigerador, un cubo de la basura. También guardaba algunos pertrechos, objetos que usaba en su trabajo. Thompson estiró con el dedo la abertura del guante de látex a la altura de la muñeca derecha y sopló dentro, refrescándose la piel. Luego hizo lo mismo con la izquierda. (Uno siempre tenía que suponer que un escondite podría ser descubierto en cualquier momento, de modo que tenía que tomar sus precauciones para no dejar pruebas que terminaran incriminándole, ya fuera usando guantes o poniendo una bomba trampa). Ese día los ojos le estaban dando guerra. Los entrecerró, se puso gotas, y el escozor cedió. Cerró los párpados.

Silbando suavemente la evocadora canción de la película Cold Mountain.

Soldados disparando a soldados, esa gran explosión, bayonetas. Las imágenes de la película caían en cascada por su mente.

Tssssst

Desapareció esa canción, junto con las imágenes, y apareció una melodía clásica. Bolero.