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– Si no se somete a tratamiento, señora Yáchmenev -contestó, al parecer acostumbrada también a esa pregunta, lo cual me impresionó; qué sencillo era para aquella mujer discutir sobre conceptos tan terribles-, es casi seguro que el cáncer continúe extendiéndose. Usted padecerá los mismos dolores que ahora, aunque podremos darle medicación para eso, pero algún día la pillará desprevenida y su salud se deteriorará con rapidez. Eso sucederá cuando el cáncer alcance la etapa terminal, cuando haya salido del abdomen para atacar otros órganos, como el hígado, los riñones, etcétera.

– Debemos iniciar el tratamiento de inmediato, por supuesto -declaré, y la doctora me sonrió con la tolerancia de una abuela hacia su nieto adorado y tonto, antes de volver a mirar a Zoya.

– Señora Yáchmenev, su esposo tiene razón. Es importante que empecemos lo antes posible. Lo comprende, ¿verdad?

– ¿Cuánto tiempo será?

– No hay un límite. La trataremos hasta que consigamos controlar la enfermedad. Podría ser durante un lapso breve. Podría ser para siempre.

– No. -Zoya negó con la cabeza-. Me refiero a cuánto tiempo me queda si no me someto a tratamiento alguno.

– ¡Por el amor de Dios, Zoya! -exclamé, mirándola como si hubiese perdido la razón-. ¿Qué clase de pregunta es ésa? ¿No has entendido que…?

Ella levantó una mano para hacerme callar, pero no me miró.

– ¿Cuánto tiempo, doctora?

Joan Crawford exhaló y se encogió de hombros, lo que no me dio mucha confianza.

– Es difícil saberlo. Desde luego, habrá que llevar a cabo esas pruebas para determinar exactamente en qué etapa se halla el cáncer. Pero yo diría que un año como mucho. Quizá un poco más, si tiene suerte, pero no hay forma de saber cómo se verá afectada su calidad de vida durante ese tiempo. Podría estar bien casi hasta el final, y que el cáncer ataque entonces con rapidez, o podría empezar a deteriorarse muy pronto. Lo mejor, sin duda, es que actuemos de inmediato. -Abrió una gruesa agenda que reposaba en el centro del escritorio y deslizó el dedo por una página-. Puedo darle hora para el examen pélvico inicial…

No llegó a acabar la frase; se interrumpió al ver que Zoya se levantaba para coger el abrigo del perchero junto a la puerta y marcharse.

En principio no teníamos planeado ir más al este de Helsinki, pero luego, llevados por un antojo, seguimos el viaje hasta el puerto de Hamina, en la costa finesa. Atravesamos lentamente Porvoo en un autobús de la compañía Matkahuolto hasta el norte de Kotka; sesenta años antes, esos nombres me resultaban tan familiares como el mío, pero se habían disuelto poco a poco en mi memoria en las décadas intermedias, reemplazados por las experiencias y los recuerdos de una vida adulta compartida. Sin embargo, volver a leer esos nombres en el horario de autobuses, pronunciar por lo bajo esas sílabas olvidadas, me llevó repentinamente de vuelta a la juventud, con el eco pesaroso y familiar de una canción infantil.

Nos ofrecieron asientos en la parte delantera del autobús debido a nuestra avanzada edad -yo había cumplido ochenta años cuatro días antes de salir de Londres, y Zoya tenía sólo dos menos-, y nos sentamos juntos y en silencio, viendo pasar pueblos y aldeas, en un país que no era nuestro hogar, que nunca lo había sido, pero que nos hacía sentir más cerca de nuestro lugar de nacimiento de lo que habíamos sentido en varias décadas. El paisaje a lo largo del golfo de Finlandia me recordó viajes en barco a través del Báltico largo tiempo olvidados, mis días y noches llenos de juegos, risas y voces de chicas, cada una exigiendo mayor atención que la anterior. Si cerraba los ojos y escuchaba los graznidos de las gaviotas en lo alto, podía imaginar que estábamos anclando una vez más en Tallin, en la costa norte de Estonia, o navegando hacia el norte desde Kaliningrado a San Petersburgo, con suave viento de popa y el sol ardiente incidiendo en la cubierta del Standart.

Hasta las voces de la gente que nos rodeaba nos transmitían cierta sensación de familiaridad; su lengua era distinta, por supuesto, pero reconocíamos algunas palabras, y los ásperos sonidos guturales de las tierras bajas mezclados con el suave lenguaje sibilante de los fiordos me hicieron cuestionarme si no deberíamos haber acudido allí muchos años antes.

– ¿Cómo te sientes? -le pregunté a Zoya, volviéndome hacia ella cuando un letrero indicó que llegaríamos a Hamina en no más de diez o quince minutos.

Estaba un poco pálida y advertí que la emocionaba la desgarradora experiencia de viajar hacia el este, pero su expresión no dejaba traslucir nada. De haber estado solos, quizá habría llorado, presa de una mezcla de pesar y alegría, pero compartíamos el autobús con extraños y no estaba dispuesta a confirmar sus prejuicios permitiéndoles ser testigos de la debilidad de una anciana.

– Me siento como si no quisiera que este viaje acabase nunca -respondió en voz baja.

Llevábamos en Finlandia casi una semana y Zoya gozaba de una salud especialmente buena, por lo que me pregunté si no sería mejor trasladarnos para siempre al clima del norte si eso significaba que su estado mejoraría. Me acordé de las biografías de los grandes escritores cuya vida había estudiado durante mi jubilación en la Biblioteca Británica, de cómo habían abandonado su hogar en busca del aire gélido de las cordilleras europeas para recuperarse de las enfermedades de su época. Stephen Crane permitió que la tuberculosis apagara su genialidad en Badenweiler; Keats contempló la escalinata de la plaza de España en Roma mientras sus pulmones se llenaban de bacterias, oyendo cómo Severn y Clark discutían entre sí mientras consultaban su tratamiento. Acudieron allí en busca de vitalidad, por supuesto. Para vivir más. Pero sólo encontraron sus propias tumbas. Me pregunté si para Zoya sería distinto. ¿Ofrecería el regreso al norte la esperanza y la posibilidad de más años de vida, o la apabullante certeza de que nada podía derrotar al invasor que amenazaba con arrebatarme a mi esposa?

En un pequeño café de la ciudad nos ofrecieron un tradicional lounas, y nos arriesgamos a sentarnos fuera, envueltos en abrigos y bufandas mientras la camarera nos traía platos humeantes de pescado en salazón y patatas, y nos servía más bebida caliente siempre que vaciábamos el vaso. Observamos a un grupo de niños que pasaba corriendo; uno de ellos empujó a una niña más pequeña, que retrocedió dando tumbos hasta caer sobre un montículo de nieve con un grito de miedo. Zoya se irguió, tensa, dispuesta a reprender al muchacho por su crueldad, pero su víctima se recuperó con rapidez y llevó a cabo su propia venganza, con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Pasaron varias familias de camino a una escuela cercana y nos arrellanamos de nuevo con nuestros pensamientos y recuerdos, con la paz que da el saber que una relación larga y feliz no necesita la charla constante. Hacía mucho que Zoya y yo habíamos perfeccionado el arte de permanecer en silencio durante horas en mutua compañía, en tanto que nunca nos quedábamos sin cosas que decir.

– ¿Has notado el aroma del aire? -preguntó Zoya por fin cuando apurábamos el té.

– ¿El aroma?

– Sí, hay un… Me cuesta describirlo, pero cuando cierro los ojos e inspiro despacio, no puedo evitar acordarme de la infancia. Londres siempre me ha olido a trabajo. París olía a miedo. Pero el olor de Finlandia me recuerda a una etapa mucho más simple de mi vida.

– ¿Y Rusia? ¿A qué olía Rusia?

– Durante un tiempo olió a felicidad y prosperidad -contestó de inmediato, sin tener que pararse a pensarlo-. Y luego a locura y enfermedad. Y a religión, por supuesto. Y después… -Sonrió y sacudió la cabeza, demasiado avergonzada para acabar la frase.

– ¿A qué? -insistí, sonriendo-. Dímelo.

– Va a parecerte una ridiculez -repuso, encogiéndose de hombros a modo de disculpa-, pero siempre he pensado en Rusia como una especie de granada podrida. Roja y apetitosa por fuera, esconde su hedionda naturaleza, pero pártela en dos y los granos se derramarán ante ti, negros y repugnantes. Rusia me recuerda a esa granada. Antes de que se pudriera.