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– Después empezará el verdadero proceso inquisitorial. -Joan se trasladó con la memoria a las plazas de los pueblos, a las casas de los principales, a las noches en vela…, pero un fuerte golpe sobre la mesa lo devolvió a la realidad.

– ¿Qué significa eso, fraile? -gritó Mar.

Joan suspiró y la miró a los ojos.

– «Inquisición» significa busca. El inquisidor tiene que buscar la herejía, el pecado. Aun cuando existan denuncias, el proceso no se fundamenta en ellas ni se ciñe a ellas. Si el procesado no confiesa, debe buscarse esa verdad escondida.

– ¿De qué manera? -preguntó Mar.

Joan cerró los ojos antes de contestar.

– Si te refieres a la tortura, sí, es uno de los procedimientos.

– ¿Qué le hacen?

– Podría ser que no llegaran a torturarlo.

– ¿Qué le hacen? -insistió Mar.

– ¿Para qué quieres saberlo? -le preguntó Aledis cogiéndola de la mano-. Sólo servirá para atormentarte… más.

– La ley prohibe que la tortura provoque la muerte o la amputación de algún miembro -aclaró Joan-, y sólo puede torturarse una vez.

Joan observó cómo las dos mujeres, con lágrimas en los ojos, trataban de consolarse. Sin embargo, el propio Eimeric había encontrado la forma de burlar esa disposición legal. «Non ad modum iterationis sed continuationis», solía decir con un extraño brillo en los ojos; no como repetición sino como continuación, traducía a los noveles que todavía no dominaban el latín.

– ¿Qué sucede si lo torturan y sigue sin confesar? -inquirió Mar tras sorber por la nariz.

– Su actitud será tenida en cuenta a la hora de dictar sentencia -contestó Joan sin más.

– Y la sentencia, ¿la dictará Eimeric? -preguntó Aledis.

– Sí, salvo que la condena sea a cárcel perpetua o ejecución en la hoguera; en ese caso necesita la conformidad del obispo. Sin embargo -continuó el fraile interrumpiendo la siguiente pregunta de las mujeres-, si el tribunal considera que el asunto es complejo, hay ocasiones en que lo consulta con los boni viri, entre treinta u ochenta personas, laicos y seglares, a fin de que le den su opinión sobre la culpabilidad del acusado y la pena que corresponde. Entonces el proceso se alarga meses y meses.

– En los que Arnau seguirá en la cárcel -señaló Aledis.

Joan asintió con la cabeza y los tres permanecieron en silencio; las mujeres trataban de asimilar lo que habían oído, Joan recordaba otra de las máximas de Eimeric: «La cárcel ha de ser lóbrega, un subterráneo en el que no pueda penetrar ninguna claridad, especialmente la del sol o de la luna; ha de ser dura y áspera, de forma que abrevie en lo posible la vida del reo, hasta hacerlo perecer».

Con Arnau en el centro de la sala, en pie, sucio y desharrapado, inquisidor y obispo acercaron las cabezas y empezaron a cuchichear. El notario aprovechó para ordenar sus legajos y los cuatro dominicos clavaron la mirada en Arnau.

– ¿Cómo llevarás el interrogatorio? -le preguntó Berenguer d'Erill.

– Empezaremos como siempre, y a medida que obtengamos algún resultado, iremos comunicándole los cargos.

– ¿Vas a decírselos?

– Sí. Creo que con este hombre será más efectiva la presión dialéctica que la física, aunque si no hay más remedio…

Arnau intentó sostener la mirada de los frailes negros. Uno, dos, tres, cuatro… Cambió el peso de su cuerpo al otro pie y volvió a mirar al inquisidor y al obispo. Seguían cuchicheando. Los dominicos continuaban con la atención puesta en él. La sala estaba en el más absoluto silencio, excepción hecha del ininteligible cuchicheo de los dos prebostes.

– Está empezando a ponerse nervioso -dijo el obispo tras levantar la mirada hacia Arnau y volver a enfrascarse con el inquisidor.

– Es una persona acostumbrada a mandar y a ser obedecido -contestó Eimeric-.Tiene que entender cuál es su verdadera situación, aceptar al tribunal y su autoridad, someterse a él. Sólo entonces estará en disposición de ser interrogado. La humillación es el primer paso.

Obispo e inquisidor prolongaron sus consultas durante un largo rato, durante el que Arnau se vio constantemente escrutado por los dominicos. Arnau intentó distraer sus pensamientos hacia Mar, hacia Joan, pero cada vez que pensaba en alguno de ellos la mirada de un fraile negro lo arañaba como si supiese qué estaba pensando. Cambió de posición infinidad de veces; se llevó la mano a la barba y al cabello y observó su estado de suciedad. Berenguer d'Erill y Nicolau Eimeric, refulgentes de oro, cómodamente sentados, parapetados tras la mesa del tribunal, lo miraban de reojo antes de volver a cuchichear.

Finalmente, Nicolau Eimeric se dirigió a él con voz potente:

– Arnau Estanyol, sé que has pecado.

Empezaba el juicio. Arnau inspiró con fuerza.

– Ignoro a qué os referís. Creo haber sido siempre un buen cristiano. He procurado…

– Tú mismo has reconocido ante este tribunal no haber mantenido relaciones con tu esposa. ¿Es ésa la actitud de un buen cristiano?

– No puedo tener relaciones carnales. No sé si sabréis que ya estuve casado en una ocasión y tampoco… pude tener ningún hijo.

– ¿Quieres decir que tienes un problema físico? -intervino el obispo.

– Sí.

Eimeric observó a Arnau durante unos instantes; apoyó los codos sobre la mesa y, cruzando las manos, se tapó la boca con ellas. Después se volvió hacia el notario y le dio una orden en voz baja.

– Declaración de Juli Andreu, sacerdote de Santa María de la Mar -leyó el notario, enfrascándose en uno de los legajos-. «Yo, Juli Andreu, sacerdote de Santa María de la Mar, requerido por el inquisidor general de Cataluña, declaro que aproximadamente en marzo del año 1364 de Nuestro Señor, mantuve con Arnau Estanyol, barón de Cataluña, una conversación a instancias de su esposa, doña Elionor, baronesa, pupila del rey Pedro, la cual me había manifestado su preocupación por la dejación que hacía su esposo de los deberes conyugales. Declaro que Arnau Estanyol me confió que no le atraía su esposa y que su cuerpo se negaba a mantener relaciones con doña Elionor; que se encontraba bien físicamente y que no podía obligar a su cuerpo a desear a una mujer a la que no deseaba; que sabía que estaba en pecado -Nicolau Eimeric entrecerró los ojos hacia Arnau-, y que por esa razón rezaba tanto en Santa María y hacía cuantiosas donaciones para la construcción de la iglesia.»

El silencio volvió a hacerse en la sala. Nicolau siguió con la mirada puesta en Arnau.

– ¿Mantienes que tienes un problema físico? -preguntó el inquisidor al fin.

Arnau recordaba aquella conversación pero no recordaba qué era exactamente…

– No recuerdo qué fue lo que dije.

– ¿Reconoces entonces haber hablado con el padre Juli Andreu?

– Sí.

Arnau oyó el rasgueo de la pluma del notario.

– Sin embargo, estás poniendo en duda la declaración de un hombre de Dios. ¿Qué interés podría tener el clérigo en mentir contra ti?

– Podría estar equivocado. No recordar bien qué fue lo que se dijo…

– ¿Pretendes decir que un sacerdote que dudara de lo que se dijo declararía como lo ha hecho el padre Juli Andreu?

– Sólo digo que podría estar equivocado.

– El padre Juli Andreu no es enemigo tuyo, ¿no? -intervino el obispo.

– No lo tenía por tal.

Nicolau volvió a dirigirse al notario.

– Declaración de Pere Sálvete, canónigo de Santa María de la Mar. «Yo, Pere Sálvete, canónigo de Santa María de la Mar, requerido por el inquisidor general de Cataluña, declaro que en la Pascua del año de 1367 de Nuestro Señor, mientras oficiábamos la Santa Misa, irrumpieron en la iglesia unos ciudadanos alertando del robo de una hostia por parte de los herejes. La misa se suspendió y los feligreses abandonaron la iglesia a excepción de Arnau

Estanyol, cónsul de la Mar, y su esposa, doña Elionor.» -«¡Ve con tu amante judía!» Las palabras de Elionor resonaron de nuevo. Arnau fue presa del mismo escalofrío que sintió aquel día. Levantó la mirada. Nicolau estaba atento a él… y sonreía. ¿Lo habría notado? El escribano seguía leyendo-:… y el cónsul le contestó que Dios no podía obligarlo a yacer con ella…

Nicolau hizo callar al notario y dejó de sonreír.

– ¿También miente el canónigo?

«¡Ve con tu amante judía!» ¿Por qué no lo habría dejado terminar de leer? ¿Qué pretendía Nicolau? Tu amante judía, tu amante judía…, las llamas lamiendo el cuerpo de Hasdai, el silencio, el pueblo enardecido reclamando justicia en silencio, gritando palabras que no llegaban a surgir de su boca, Elionor señalándolo y Nicolau y el obispo mirándolo a él… y a Raquel abrazada a él.

– ¿También miente el canónigo? -repitió Nicolau.

– Yo no he acusado a nadie de mentir -se defendió Arnau. Necesitaba pensar.

– ¿Niegas los preceptos de Dios? ¿Acaso te opones a las obligaciones que como esposo cristiano te corresponden?

– No…, no -titubeó Arnau.

– ¿Entonces?

– Entonces, ¿qué?

– ¿Niegas los preceptos de Dios? -repitió Nicolau alzando la voz.

Las palabras reverberaron en las paredes de piedra de la amplia sala. Sentía las piernas entumecidas, tantos días en aquella mazmorra…

– El tribunal puede considerar tu silencio como una confesión -añadió el obispo.

– No. No los niego. -Le empezaban a doler las piernas-. ¿Tanto importan al Santo Oficio mis relaciones con doña Elionor? ¿Acaso es pecado…?

– No te equivoques, Arnau -lo interrumpió el inquisidor-, las preguntas las hace el tribunal.

– Hacedlo, pues.

Nicolau observó cómo Arnau se movía, inquieto, y cambiaba de postura una y otra vez.

– Está empezando a notar dolor -susurró al oído de Berenguer d'Erill.

– Dejémosle pensar en él -contestó el obispo.

Empezaron a cuchichear de nuevo y Arnau volvió a sentir sobre sí los cuatro pares de ojos de los dominicos. Le dolían las piernas, pero tenía que resistir. No podía postrarse ante Nicolau Eime-ric. ¿Qué sucedería si caía al suelo? Necesitaba… ¡una piedra!, una piedra sobre sus espaldas, un largo camino que recorrer cargado con una piedra para su Virgen. «¿Dónde estás ahora? ¿De verdad son éstos tus representantes?» Sólo era un niño y sin embargo… ¿Por qué no iba a aguantar ahora? Había recorrido Barcelona entera con una roca que pesaba más que él, sudando, sangrando, oyendo los gritos de ánimo de la gente. ¿No le quedaba nada de aquella fuerza? ¿Iba a vencerlo un fraile fanático? ¿A él? ¿Al niño bastaix al que habían admirado todos los muchachos de la ciudad? Paso a paso, arañando el camino hasta Santa María para después volver a su casa y descansar para la siguiente jornada. A su casa…, los ojos castaños, los grandes ojos castaños. Y entonces, en aquel momento, con un estremecimiento que estuvo a punto de hacerlo caer al suelo, reconoció a Aledis en la visitante de la oscura mazmorra.