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– ¿Qué…? ¿Qué hace? ¡Ah!

Chee dio media vuelta. El hombre lo miraba sin pestañear, con los ojos como platos, mientras intentaba levantarse.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó el hombre-. ¿Dónde está? ¿Se ha escapado?

Chee lo ayudó a ponerse en pie.

– Dígame quién le ha herido -dijo-. Voy a comunicarlo por radio y a pedir una ambulancia; luego veré si puedo darle alcance.

– ¡Qué hijo de puta! -exclamó el hombre, agitando las manos-. ¡Mire el destrozo que ha hecho!

Al otro lado de la entrada, bajo el cartel que decía servicios sólo clientes, habían volcado un cubo de basura y desparramado su contenido: latas, botellas, periódicos, bolsas de papel, servilletas arrugadas… todo aquello de lo que la gente se deshace en las gasolineras. Cerca de allí, la máquina expendedora de periódicos estaba boca abajo.

– ¿Quién era? -preguntó Chee-. Quiero informar, así tendremos más posibilidades de atraparlo.

– No lo conocía -dijo el hombre-. Era un tipo fornido, parecía indio, navajo seguramente, o ute a lo mejor; alto, de mediana edad, más o menos.

– ¿Llevaba una furgoneta de reparto azul?

– No la vi, ni me di cuenta.

– ¿Iba armado?

– Llevaba una pistola, me golpeó con ella.

– De acuerdo -dijo Chee-. Vaya dentro y siéntese. Voy a avisar a la policía.

El telefonista parecía adormilado, hasta que se nombró la pistola.

– Di que va armado y es peligroso -dijo Chee-. Di también que es la zona en la que estamos buscando a los ladrones del casino ute.

El telefonista soltó una risita.

– ¿Los ladrones que, según los federales, habían desaparecido hacía tiempo, habían huido?

– Ojalá fuera así -replicó Chee, y regresó a la gasolinera para averiguar lo que había pasado exactamente.

Leroy Dell estaba sentado detrás de la caja registradora, sujetándose la cabeza.

– Ahora mandan una ambulancia -dijo Chee.

– Desde Blanding, cuarenta kilómetros desde la clínica y otros cuarenta para volver -dijo Dell.

Soltó un gruñido, apretó los dientes y le contó a Chee lo que había ocurrido. Venía andando desde su casa, que estaba detrás de la gasolinera, a abrir el establecimiento, cuando oyó un gran estrépito. Dio la vuelta a la esquina corriendo y vio a un hombre entre la basura. Le gritó, y el hombre le dijo que sólo quería coger unos periódicos viejos.

– ¿Sólo unos periódicos?

– Eso dijo, y yo le dije que tendría que arreglar todo aquel estropicio. Entonces, vi que la expendedora de periódicos estaba volcada; me acerqué y vi que la había roto. Entonces me volví y le dije que tendría que pagar los daños, pero él me golpeó con el arma que llevaba en la mano.

– ¿Qué clase de arma era?

– Una pistola, no sé de qué clase, pero no era un revólver.

– ¿Falta algo más?

– No lo sé -dijo Dell, apretando los dientes otra vez-. Si quiere que le diga la verdad, me importa un rábano. Me duele mucho la cabeza. Eche usted un vistazo, si quiere.

Chee fue a mirar. Abrió el cajón de la caja registradora.

– Está vacío.

– Me llevo el dinero a casa por la noche -dijo Dell.

– Más vale que avise a alguien para que se quede con usted -dijo Chee-. Voy a poner un poco de gasolina en el coche, a ver si puedo alcanzar a esa furgoneta de reparto.

La búsqueda duró la mayor parte del día. Un policía del Departamento de Asuntos Indios que mandaron de la reserva apache de Jicarilla, en Nuevo México, vio el vehículo en el pozo petrolífero de Aneth al atardecer. Estaba atascado en la arena, en el fondo de un arroyo que corría junto a una carretera abandonada, al sur del río Montezuma, al oeste de la carretera 35, de nuevo en el vacío de Casa Del Eco Mesa y a poca distancia del cañón del Gothic, del cañón del Desert o de cualquier otro lugar para un hombre cargado sólo con un periódico viejo.

Sin embargo, estaba más lejos de lo que el sargento Jim Chee habría podido recorrer a pie aquella tarde. Chee se hizo un esguince en el tobillo izquierdo al bajar por una pendiente rocosa durante la infructuosa búsqueda. Fue un accidente tonto, que sucedió al apoyar el pie en una piedra arenisca que sobresalía y que parecía firme pero no lo era. Entonces, en lugar de afrontar la inevitable ley de la gravedad y encajar la caída rodando por las piedras, trató de salvar la dignidad, saltó calculando erróneamente y cayó mal al suelo. Le dolió, y aún le dolió más tener que pedir ayuda a un ayudante del sheriff y a un agente del FBI para que lo llevaran hasta el coche.

Capítulo 18

La voz al otro lado del teléfono era la del capitán Largo, que no desperdició una sola palabra. Chee dijo:

– No, señor; todavía no puedo apoyarlo en absoluto. -Se quedó escuchando unos momentos más-. Sí, señor -dijo después, y volvió a escuchar-. Sí, señor -repitió, y colgó.

Resultado: Largo quería saber cuándo podría volver a sus obligaciones en el cañón, y que cuanto antes fuera, mejor; también le pidió que rellenara un impreso de baja por accidente y que ya había enviado a un agente a su casa con un ejemplar. Que pusiera el nombre, el teléfono y demás datos del médico que le había hecho la radiografía del tobillo. Que lo hiciera todo inmediatamente y se lo mandara con el mismo agente sin demora, y que no hiciera perder el tiempo al agente con charlas porque andaban escasos de personal.

Chee se colocó la bolsa de hielo en el tobillo y empezó a pensar en la palabra, ya fuera en navajo o en inglés, que describiera el color que había tomado la hinchazón, y se decidió por «color ciruela». Luego se detuvo a considerar si debía molestarse por la falta de afecto y de confianza que demostraba la llamada del capitán. Cuando concluyó que más valía dejarlo pasar como un detalle más del innato carácter gruñón del capitán Largo, llegó el mensajero.

– Pasa -dijo Chee, y la agente Bernadette Manuelito entró en la caravana, completamente uniformada y más arreglada de lo habitual.

– ¡Caramba! -exclamó-. ¡Cómo se te ha hinchado el tobillo! -Hizo una mueca-. Debe de dolerte mucho.

– Pues sí -dijo Chee.

– Tienes suerte de que no te dispararan -dijo en tono de reproche-, entrometiéndote de ese modo.

– No me entrometí. Fui a buscar gasolina y vi una furgoneta que se alejaba. Después vi a la víctima apoyada en la pared. Pero ¿no venías a traerme un impreso para luego marcharte corriendo a llevárselo al capitán, sin perder el tiempo con charlas?

– De todos modos, creo que has tenido mucha suerte -dijo Manuelito-. Mírate, ¿quién te crees que eres para andar pensando que soy tan incompetente que no puedo estar en un control de carretera?

Chee se dio cuenta de que se ruborizaba. Miró a Bernie y descubrió en su rostro una expresión extraña e inescrutable… al menos para él.

– ¿Quién te ha dicho eso?

– Me lo dijo la profesora Bourebonette.

– No lo creo -dijo Chee-. ¿Cuándo te lo dijo y por qué iba a decir una cosa así?

– Me lo dijo en el control. Ella y el lugarteniente Leaphorn pasaron por allí más o menos una hora después de que tú te… -Bernie vaciló, buscando la forma adecuada de describir la aparición de Chee-, después de que pasaras tú. Se detuvieron y hablamos un poco. Fue entonces cuando me lo dijo. Me preguntó si habías ido por allí y le dije que sí; entonces me preguntó qué te había dicho yo y le dije que no gran cosa. Pero la profesora pareció sorprenderse y le pregunté por qué, entonces me contó que te habías enfadado mucho cuando te dijeron que me habían visto en el control y que echaste a correr de repente, cogiste el coche y te largaste.

Chee seguía tratando de leer la expresión de su cara. ¿Era de cariño o de burla? ¿O de ambas cosas?