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-Imogen -contest ella, porque Tayeh haba dicho que Sal era el nombre que tenan que darle.

-Levanta la tapa, Imogen. Mete la maleta dentro. Ahora echa una ojeada a ver si ves a alguien. No te molesta nadie?

Examin detenidamente el aparcamiento. En la cabina de un camin Bedford, cubierto de margaritas, Raoul y una chica a la que no poda ver bien, estaban ya a medio camino de la consumacin.

Dijo que no haba nadie.

Sal abri la puerta del coche.

-Y ponte el cinturn, guapa -dijo al sentarse a su lado-. En este pas tienen leyes, sabes? Dnde has estado, Imogen? De dnde has sacado tu bronceado?

Pero las viudas dedicadas al crimen no se ponen a charlar con extraos. Sal se encogi de hombros, encendi la radio, y escuch las noticias en alemn.

La nieve haca que todo pareciera bonito y que el trfico fuera prudente. Se abrieron paso entre l y cogieron una carretera de doble va bordeada de edificios. Los copos de nieve se lanzaban contra los faros. Terminaron las noticias y una mujer anunci un concierto.

-Te gusta esto, Imogen? Es msica clsica.

No la quit, aunque no contestara. Mozart, desde Salzburgo, donde Charlie se haba sentido demasiado cansada para hacer el amor con Michel la noche antes de que muriera.

Bordearon el centro de la ciudad y sus luces, y los copos de nieve volaban hacia all como cenizas negras. Subieron un paso elevado y, desde arriba, vieron a unos nios con anoraks rojos que jugaban a tirarse bolas de nieve, en un patio de recreo alumbrado con luces de nen. Se acord del grupo de nios que tena en Inglaterra, haca ya un montn de aos. Lo estoy haciendo por ellos, pens. Michel ms o menos haba pensado lo mismo. De alguna forma todos lo hacemos. Todos, menos Halloran, que ha dejado de comprenderlo. Por qu se acordaba tanto de l? Porque dudaba, y la duda era lo que haba llegado a darle ms miedo. Dudar es traicionar, le haba advertido Tayeh.

Joseph tambin deca lo mismo.

Haban entrado en otro pas, y la carretera era ahora como un ro negro metido entre gargantas de campos blancos y bosques cargados. Perdi la nocin del tiempo y luego la de las proporciones. Vea castillos de ensueo y pueblos en hilera que se destacaban sobre el cielo plido. Las iglesias, que parecan de juguete con sus cpulas en forma de cebolla, le daban ganas de rezar, pero ella ya era demasiado mayor para eso, y adems la religin era una cosa para los dbiles. Vio ponies que tiritaban y mordan balas de heno, y se acord de todos los caballitos de su infancia, uno por uno. Cada vez que vea una cosa bonita, se le iba el corazn tras ella, y trataba de que se quedara all, que se calmara. Pero no haba nada que se detuviera, nada que dejara una huella en su mente; era como echar el aliento sobre un cristal bruido. De cuando en cuando, les adelantaba un coche; una vez pas a su lado una moto a toda velocidad, y le pareci reconocer la espalda de Dimitri, pero estaba ya fuera del alcance de los faros antes de que pudiera tener alguna seguridad.

Subieron una cuesta, y Sal empez a aumentar la velocidad. Torci a la izquierda y cruz una carretera, luego volvi a la derecha y se meti por un camino. Se vean rboles talados a uno y otro lado, como soldados congelados en un noticiario ruso. A lo lejos, Charlie empez a distinguir una casa antigua, ennegrecida, con chimeneas altas en el tejado, y por un momento le record la casa de Atenas. Delirio, es sa la palabra? Sal par el coche, y apag y encendi un par de veces los faros. Desde lo que pareca el centro de la casa, contestaron haciendo seales con una linterna. Sal estaba mirando su reloj, contando los segundos en voz alta. Nueve, diez tiene que ser ahora, dijo, y la luz que se vea a lo lejos hizo otra seal. Pas el brazo por delante de ella, y abri la puerta.

-Hasta aqu hemos llegado, guapa. Ha sido una conversacin estupenda. Tranquila.

Con la maleta en la mano, eligi una rodera y ech a andar hacia la casa, sin ms auxilio para ver el camino que la blancura de la nieve y la luz de la luna que se filtraba entre los rboles. Al acercarse a la casa, pudo distinguir una torre de reloj, que no tena reloj, y un estanque helado, con un plinto que tampoco tena estatua. Una moto brillaba bajo un cobertizo de madera.

De repente, oy una voz conocida que se diriga a ella, pero reprimindose, como si se tratara de una conspiracin.

-Imogen, ten cuidado con el tejado. Como te caiga un pedazo en la cabeza, te deja en el sitio. Imogen -bueno, Charlie-, qu absurdo es esto.

Un momento despus, un cuerpo fuerte y suave haba salido de la oscuridad del porche para abrazarla, aunque se lo estorbaran algo la linterna y la pistola que llevaba.

Dejndose arrastrar por una ridcula gratitud, Charlie devolvi el abrazo a Helga.

-Helga, santo Dios, eres t, cunto me alegro!

A la luz de la linterna, Helga la gui por un vestbulo con el suelo de mrmol, del que haban arrancado ya la mitad de las piedras; y luego, con cuidado, por una escalera combada y sin barandilla. La casa se estaba muriendo, pero alguien se haba encargado de acelerar su muerte. Las paredes estaban cubiertas de pintadas rojas; los picaportes de las puertas y la instalacin elctrica, arrancados. Charlie, recobrada otra vez su hostilidad, intent soltar su mano, pero Helga se la apret coma si tuviera derecho a hacerlo. Pasaron por una serie de habitaciones vacas, cada una de ellas lo bastante grande como para celebrar un banquete. En la primera, haba una estufa de porcelana hecha pedazos y rellena de peridicos. En la segunda, una prensa de mano, cubierta de polvo, y rodeada de montones de hojas impresas amarillentas tiradas por el suelo, restos de anteriores revoluciones. Entraron en otra habitacin, y Helga enfoc su linterna sobre una masa de carpetas y papeles tirados en una alcoba.

-Sabes lo que hacemos aqu mi amiga y yo, Imogen? -pregunt, subiendo de repente la voz-. Mi amiga es fantstica. Es Verona, y su padre era un autntico nazi. Un terrateniente, un industrial, lo que quieras. -Solt la mano, pero slo para coger a Charlie por la cintura-. Se muri, as es que estamos vendindolo todo para vengarnos. Los rboles, a los que acaban con los rboles. La tierra, a los que destruyen la tierra. Las estatuas y los muebles, al mercado de trastos viejos. Si vale cinco mil, lo damos por cinco. Aqu estaba el escritorio de su padre. Lo hicimos astillas con nuestras propias manos y lo quemamos en una hoguera. Como smbolo. Era el cuartel general de su campaa fascista, aqu firmaba sus cheques, y preparaba todas sus acciones represivas. Lo hicimos trizas y lo quemamos. Y ahora Verona es libre. Es pobre, pero es libre, se ha unido a las masas. No te parece fantstica? A lo mejor t debieras haber hecho lo mismo.

Una escalera de servicio suba dando vueltas hasta un corredor largo. Helga se puso delante. Charlie oa msica folk arriba, y notaba olor a petrleo quemado. Llegaron a un descansillo, pasaron una serie de dormitorios de los criados, y se pararon delante de la ltima puerta. Sala un poco de luz por debajo de ella. Helga dio unos golpecitos, y habl en alemn. Descorrieron un cerrojo y se abri la puerta. Helga entr primero e hizo seas a Charlie para que entrara.

-Imogen, sta es la camarada Verona. -Su voz tom un tono autoritario-. Vero!

Una chica regordeta y asustada acudi a recibirlas. Llevaba un delantal y unos pantalones negros y anchos, y tena el pelo cortado como un chico. Una Smith amp; Wesson, metida en una funda, colgaba de sus caderas gordas. Verona se limpi con el delantal, y las dos se dieron un apretn de manos burgus.

-Hace un ao, Vero era tan fascista como su padre -coment Helga, con la debida autoridad-. Una esclava y una fascista, las dos cosas. Ahora, lucha. No es verdad, Vero?

Una vez despedida, Verona volvi a cerrar la puerta, y luego se fue a un rincn, donde estaba guisando algo en un hornillo. Charlie pens si no estara soando para sus adentros con el despacho de su padre.

-Ven, mira quin est aqu -dijo Helga, y la llev al otro lado de la habitacin.