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Pura fanfarronería; pero las cuerdas, que se introducían en los brazos de los prisioneros, le daban fuerza.

Los revolucionarios, acompañados por los hombres del equipo que les habían informado, volvieron al vapor; éste se apartó del saltillo, se dirigió hacia el muelle sin desviarse esta vez. Sacudidos por el vaivén, los hombres se cambiaban de traje, encantados pero ansiosos: hasta que llegasen a la orilla, nada estaba seguro.

Allí los esperaba un camión, con Kyo sentado al lado del chófer.

– ¿Qué hay?

– Nada. Negocios de principiantes.

Terminado el trasbordo, el camión partió, llevándose a Kyo, Katow y cuatro hombres, uno de los cuales había conservado el uniforme. Los demás se dispersaron.

Corría a través de las calles de la ciudad china, con un ronquido que a cada sacudida ahogaba un estrépito de latas: los costados, cerca de los enrejados, estaban provistos de tambores de petróleo. Se detenían en cada tchon importante: tienda, bodega, departamento. Una caja era descargada; fija en un lado, una nota cifrada de Kyo determinaba el reparto de armas, algunas de las cuales debían ser distribuidas a las organizaciones de combate secundarias. Apenas si el camión se detenía unos cinco minutos. Pero tenía que visitar más de veinte puestos.

No tenían que temer más que la traición: aquel camión ruidoso, conducido por un chófer con uniforme del ejército gubernamental, no despertaba desconfianza alguna. Encontraron una patrulla. «Soy el lechero que hace su reparto», pensó Kyo.

El día llegaba.

Parte Segunda 22 de marzo

11 de la mañana

«Esto marcha mal», pensó Ferral. Su auto -el único Voisin de Shanghai, pues el presidente de la Cámara de Comercio francesa no podía emplear un coche americano- corría a lo largo del muelle. A la derecha, bajo los estandartes verticales cubiertos de rótulos: «No más doce horas de trabajo al día.» «No más trabajo para los niños menores de ocho años», millares de obreros de las hilanderías estaban en pie, acurrucados sobre la acera, en un desorden completo. El auto pasó por delante de un grupo de mujeres, reunidas bajo un cartel en que se leía: «Derecho de asiento para las obreras.» Hasta el arsenal estaba vacío: los metalúrgicos se hallaban en huelga. A la izquierda millares de marineros en harapos azules, sin banderas, esperaban, acurrucados, a lo largo del río. La multitud de los manifestantes se perdía, por el lado del muelle, hasta el fondo de las calles perpendiculares; por la parte del río, se agarraba a los pontones y ocultaba el límite del agua. El coche abandonó el muelle y entró en la avenida de las Dos Repúblicas. Apenas avanzaba, empotrado, ahora, en el movimiento de la multitud china, que se volcaba de todas las calles hacia el refugio de la concesión francesa. Como un caballo de carrera adelanta a otro con la cabeza, el pescuezo, el pecho, la multitud «adelantaba» el auto lentamente, constantemente. Carretillas de una rueda, con cabezas de bebé que colgaban entre unos tazones; carretas de Pekín; pousse-pousse; caballitos peludos; coches de mano; camiones cargados con sesenta personas; colchones monstruosos, poblados de todo un mobiliario, erizados de patas de mesa; gigantes que protegían con sus brazos extendidos, de cuyo extremo pendía una jaula con un mirlo, a mujeres pequeñitas, con las espaldas cubiertas de niños… El chófer pudo, por fin, volver a introducirse en una de las calles, también llena de gente, pero donde el estruendo del claxon rechazaba a la multitud a algunos metros delante del auto. Llegó a los vastos edificios de la policía francesa. Ferral subió la escalera casi corriendo.

A pesar de sus cabellos echados hacia atrás, de su indumentaria chinesca, casi de sport, y de su camisa de seda gris, su semblante conservaba algo de 1900, de su juventud. Se sonreía de las gentes «que se disfrazan de capitanes de industria», lo que le permitía disfrazarse de diplomático: no había renunciado más que al monóculo. El bigote caído, casi gris, que parecía prolongar la línea abatida de la boca, daba al perfil una expresión de fina brutalidad; la fuerza estaba en cómo concordaban la nariz respingona y el mentón medio bolsudo, mal afeitado aquella mañana: los empleados de los servicios de distribución de agua estaban en huelga, y el agua calcárea, llevada por los coolies, disolvía mal el jabón. Desapareció en medio de los saludos.

En el fondo del despacho de Martial, director de policía, un indicador chino, hércules paternal, preguntaba:

– ¿Nada más, señor jefe?

– Trabaje también para desorganizar el sindicato -respondía Martial, vuelto de espaldas-. ¡Y hágame el favor de acabar con ese trabajo estúpido! Merecería usted que se le pusiese en la calle: ¡la mitad de sus hombres revientan de complicidad! Yo no le pago para mantener cuadrillas de revolucionarios que no se atreven a decir francamente que lo son: la policía no es una fábrica de facilitar coartadas. A todos los agentes que trafiquen con el Kuomintang, échelos usted a la calle, y que yo no tenga que volver a decírselo. ¡Y procure usted comprender, en lugar de mirarme como un idiota! ¡Si yo no conociera la psicología de mi gente mejor que usted la de la suya, estaríamos frescos!

– Señor…

– Arreglado. Entendido. Clasificado. Lárguese cuanto antes. Buenos días, señor Ferral.

Acababa de volverse: una carita militar de amplias facciones regulares e impersonales, menos significativas que sus hombros.

– Buenos días, Martial. ¿Qué hay?

– Para guardar la vía férrea, el gobierno se ve obligado a inmovilizar millares de hombres. No se puede hacer nada contra un país entero, ¿sabe?, a menos que se disponga de una policía como la nuestra. La única cosa con la cual el gobierno puede contar es con el tren blindado y con sus instructores blancos. Es una cosa seria.

– Una minoría soporta aún a una mayoría de imbéciles. En fin; bien está.

– Todo depende del frente. Aquí van a tratar de sublevarse. Y tal vez les cueste caro, porque apenas están armados.

Ferral no podía hacer más que escuchar y esperar, que era lo que más detestaba en el mundo. Las negociaciones entabladas por los jefes de los grupos anglosajones y japoneses, por él y por algunos consulados, con los intermediarios de que rebosan los grandes hoteles de las concesiones, continuaban sin conclusión. Aquella tarde, quizá…

En manos del ejército revolucionario Shanghai, sería preciso que el Kuomintang eligiese al fin entre la democracia y el comunismo. Las democracias tienen siempre buenos clientes. Y una sociedad puede obtener beneficios sin apoyarse en los tratados. Por el contrario, sovietizada la ciudad, el Consorcio Francoasiático -y con él todo el comercio francés de Shanghai- se derrumbaría; Ferral suponía que las potencias abandonarían a sus nacionales, como había hecho Inglaterra en Han-Kow. Su objeto inmediato consistía en que la ciudad no fuese tomada antes de la llegada del ejército; en que los comunistas no pudiesen hacer nada solos.

– ¿Cuántas tropas hay además del tren blindado?

– Dos mil hombres de policía y una brigada de infantería, señor Ferral.

– ¿Y de revolucionarios capaces de hacer otra cosa que no sea charlar?

– Armados, algunos centenares apenas… En cuanto a los demás, no creo que merezca la pena hablar de ellos. Como aquí no hay servicio militar, no saben servirse de un fusiclass="underline" no lo olvide usted. Esos muchachos, en febrero, eran dos o tres mil, contando a los comunistas… Son, sin duda, un poco más numerosos ahora.

Pero, en febrero, el ejército del gobierno no estaba destruido.

– ¿Cuántos le seguirán? -continuó Martial-. Porque, vea usted, señor Ferral, que con eso no adelantamos mucho. Hay que conocer la psicología de los jefes… La de los hombres la conozco un poco. El chino, ya ve usted…