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Y el problema de las armas continuaba en pie. Habría que saber, no si dos o tres mil fusiles deberían ser devueltos, sino cómo se armarían las masas, en el caso de un esfuerzo por parte de Chiang Kaishek. Mientras se discutiera, los hombres serían desarmados. Y, si el comité militar, de cualquier modo que fuese, exigía armas, el Comité Central, sabiendo que las tesis trotskistas atacaban a la unión con el Kuomintang, se espantaría ante toda actitud que pudiera parecer, con razón o sin ella, unida a la de la oposición rusa. Kyo comenzaba a ver en la bruma, todavía no disuelta -que le obligaba a caminar por la acera, por temor a los autos-, la luz turbia de la casa donde se reunía el comité militar. Bruma y noche opacas: tuvo que recurrir a su encendedor para conocer la hora. Llevaba algunos minutos de retraso. Resuelto a apresurarse, pasó el brazo de May por debajo del suyo. May se estrechó suavemente contra él. Después de haber dado algunos pasos, sintió en el cuerpo de May una sacudida y una flojedad súbitas: caía, resbalando, delante de él. «¡May!» Tropezó y cayó a cuatro pies, y, en el instante en que volvía a levantarse, recibió un mazazo dado con gran fuerza sobre la nuca. Volvió a caer hacia adelante, sobre ella, cuan largo era.

Tres policías que habían salido de una casa se unieron al que había golpeado. Un auto vacío estaba parado un poco; más lejos. Introdujeron en él a Kyo, y partieron, comenzando después a atarlo por el camino.

Cuando May volvió en sí (lo que Kyo había tomado por una sacudida, era un mazazo en la parte baja de la espalda), un piquete de soldados de Chiang Kaishek guardaba la entrada del comité militar; a causa de la bruma, no los distinguió hasta que estuvo muy cerca de ellos. Continuó andando en la misma dirección (apenas podía respirar y le dolía el golpe), y volvió lo más de prisa que pudo a casa de Gisors.

12 de la noche

En cuanto supo que había sido arrojada una bomba contra Chiang Kaishek, Hemmelrich corrió en busca de noticias. Le habían dicho que el general había muerto y que el criminal había huido; pero, delante del auto retorcido, con la capota arrancada, vio el cadáver de Chen sobre la acera -pequeño y ensangrentado, todo mojado ya por la bruma-, guardado por un soldado sentado a su lado; y se enteró de que el general no iba dentro del auto. Absurdamente, le pareció que el haber negado asilo a Chen era una de las causas de su muerte; corrió a la Permanencia comunista de su barrio, desesperado, y se pasó allí una hora, discutiendo en vano acerca del atentado. Entró un camarada.

– La Unión de los hilanderos de Chapei, acaba de ser cerrada por los soldados de Chiang Kaishek.

– ¿Los camaradas no se han resistido?

– Todos los que han protestado han sido fusilados inmediatamente. En Chapei se fusila también a los militantes o se prende fuego a sus casas… El Gobierno Municipal acaba de ser dispersado. Se cierran las uniones.

No había instrucciones del Comité Central. Los camaradas casados habían huido inmediatamente, para salvar a sus mujeres y a sus hijos.

En cuanto Hemmelrich hubo salido, oyó una descarga; corría el riesgo de ser reconocido; pero, ante todo, había que llevarse al chico y a la mujer. Por delante de él, pasaron entre la niebla dos autos blindados y camiones llenos de soldados de Chiang Kaishek. A lo lejos, continuaban las descargas; y otras, muy cerca.

No había soldados en la avenida de las Dos Repúblicas ni en la calle a la que su tienda hacía esquina. No: no había soldados. La puerta del almacén estaba abierta. Corrió hacia ella: en el suelo, había unos trozos de discos esparcidos, entre grandes manchas de sangre. La tienda había sido «barrida» por una granada, como una trinchera. La mujer estaba abatida sobre el mostrador, casi acurrucada, con el pecho del color de la herida. En un rincón, un brazo del niño; la mano, así aislada, parecía aún más pequeña. «¡Con tal que hayan muerto!…», pensó Hemmelrich. Sentía miedo, ante todo, por una agonía a la cual tendría que asistir, impotente, bueno sólo para sufrir, como de costumbre -más por miedo mismo que por la presencia de aquellos anaqueles, acribillados de manchas rojas y de cascos de granada-. A través de la suela, sintió el suelo pegajoso. «Su sangre.» Permanecía inmóvil, sin atreverse ya a moverse, mirando, mirando… Descubrió, por fin, el cuerpo del niño, junto a la puerta que lo ocultaba. A lo lejos, explotaron dos granadas. Hemmelrich apenas respiraba, asfixiado por el olor de la sangre vertida. «No es cosa de enterrarlos…» Cerró la puerta con llave, y se quedó allí. «Si vienen y me reconocen, me matarán.» Pero no podía irse.

Sabía que sufría; pero un halo de indiferencia rodeaba su dolor, de esa indiferencia que sigue a las enfermedades y a los golpes recibidos en la cabeza. Ningún dolor le habría sorprendido: en definitiva, la suerte había realizado contra él, aquella vez, un golpe mejor que los otros. La muerte no le asombraba: era igual que la vida. La única cosa que le inquietaba era pensar que detrás de aquella puerta había tenido tanto sufrimiento como sangre había ahora. Sin embargo, aquella vez, el destino había obrado maclass="underline" arrancándole todo cuanto poseía aún, le libertaba.

Volvió a entrar y cerró la puerta. A pesar de su desolación, de aquella sensación de bastonazo bajo la nuca y de aquellos hombros sin fuerza, no podía apartar de su atención el júbilo atroz, pesado, profundo, de la liberación. Con horror y satisfacción, la oía subir dentro de sí, como un río interior, y aproximarse; los cadáveres estaban allí; sus pies, que se adherían al suelo, estaban empapados en su sangre; nada podía ser más irrisorio que aquellos asesinatos -sobre todo, el del niño enfermo: éste le parecía aún más inocente que la muerta-; pero, ahora, ya no era impotente. Ahora, podía matar, él también. Le había sido revelado, de pronto, que la vida no era el único medio de contacto entre los seres; que no era, siquiera, el mejor; que los conocía, los amaba y los poseía más en la venganza que en la vida. Sintió, una vez más, adherirse sus suelas, y vaciló: los músculos no eran ayudados por el pensamiento. Pero una exaltación intensa sacudía su espíritu, la más poderosa que jamás había conocido; se abandonaba a aquella espantosa embriaguez con un entero consentimiento. «Se puede matar con amor. ¡Con amor, Dios mío!», repitió, golpeando en el mostrador con el puño, contra el universo quizá… Retiró inmediatamente la mano, con la garganta oprimida, en el límite de los sollozos; el mostrador también estaba ensangrentado. Miró la mancha, ya oscura, sobre su mano, que temblaba, sacudida como por un ataque de nervios: unas escamillas caían de ella. Reír, llorar, escapar a aquel pecho anudado, retorcido… Nada se movía, y la inmensa indiferencia del mundo se establecía con la luz inmóvil sobre los discos, sobre los muertos, sobre la sangre. La frase «Se arrancaban los miembros de los condenados con tenazas enrojecidas» subía y bajaba por su cerebro; no la conocía ya, desde que había salido de la escuela; pero presentía que significaba confusamente que debía partir, que debía arrancarse, él también.