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Parecía una chica inteligente. Un par de años atrás se habían publicado unas estadísticas acerca del exceso de estudiantes de medicina. De seguirse al mismo ritmo sobrarían cuarenta mil médicos antes de fin de siglo. Las facultades de medicina habían recibido instrucciones de subir la nota de entrada y reducir el número de alumnos. De modo que si a Sara Williams le habían ofrecido una plaza en St. Biddulph, que era un centro muy prestigioso…

– Tus padres han de estar muy orgullosos de ti.

La ceñuda mirada que le lanzó la joven le hizo comprender que había dicho algo estúpido o al menos alejado de la verdad.

– Ya veo que no conoce a mis padres.

– ¿Preferirían que hicieras algo diferente?

– Podría ser taquígrafa, ¿no? O enfermera. Además me pagarían mientras trabajara, ¿no? -Su voz denotaba desdén y cólera-. Pero nada va a detenerme. Voy a conseguir una beca. No sé qué habría hecho en el pasado.

Wexford supuso que, al decir «el pasado», Sara se refería a la época en que él había sido joven, cuando los padres pagaban la carrera o el estudiante pedía dinero prestado o trabajaba para sufragarlos. Las cosas habían cambiado. Ahora, un padre no podía adoptar una actitud firme y obtener el mismo resultado. Sólo podía persuadir o disuadir.

– ¿Cuándo viste a tu padre por última vez? -le recordó.

Se le había pasado la cólera y adoptaba de nuevo una actitud práctica, relatando los hechos con concisión. Sin embargo, había algo desdeñoso en la forma en que hablaba de su padre. Parecía como si lo considerase algo cómico o un organismo para observar al microscopio.

– Él ya se iba cuando llegué a casa. Le oí hablar con mamá sobre el camino que iba a tomar. Iba a ir por la A26 en dirección a Tonbridge, luego iba a pasar por el túnel de Dartford, de ahí tomaría la M25 y saldría a la A12, que le llevaría a Ipswich.

– ¿Por qué le dijo el camino que iba tomar? ¿Tenía ella interés en ello? ¿No era acaso el camino habitual?

– Ya le he dicho que no conoce a mi padre. En primer lugar yo diría que no le importa mucho lo que pueda interesarle a otra persona. Papá habla mucho sobre coches, carreteras y cosas por el estilo. A mí no me interesa, pero igual me habla de ello. El coche es para él una persona, una mujer. Y tiene nombre de pila. Lo llama Greta. Al Granada lo llama Greta.

– De manera que tu padre salió de viaje, tu madre se fue a Pomfret y tú te quedaste en casa a estudiar.

¿Imaginó aquel titubeo, aquel fugaz brillo de cautela en sus ojos?

– Eso es. Ahora no salgo por la noche. No tengo tiempo. -Volvió a sonreír, aunque esta vez de manera muy artificial-. He oído decir que ya han encontrado su coche.

– Después de que alguien lo hiciera pedazos para llevarse la radio y las ruedas.

– Caníbales… -dijo. Y se rió de la misma manera que su madre-. Pobre Greta.

¿Podía echar un vistazo al resto de la casa? En concreto, ¿podía echar un vistazo a los papeles y la ropa de Williams? Joy no puso reparos. El runrún de la televisión le llegaba a través del suelo y el espasmódico zumbido de la música pop a través de la pared. Según el libro de normas sobre el comportamiento humano que tenía Wexford en la cabeza, una de las leyes más importantes era la del reparto de los dormitorios. La clase media británica vivía en su mayor parte en casas de tres habitaciones: un dormitorio grande, otro de tamaño más reducido y otro pequeño. En una familia tipo, la hija se quedaba invariablemente con la segunda habitación y el hijo con la más pequeña, con independencia de la edad. Era un aspecto de la vida en el que la mujer salía ganando con respecto al hombre, debido, cabía suponer, a que desde un primer momento las circunstancias obligaban a la mujer a quedarse más tiempo en casa, estar más centrada en los asuntos domésticos y permanecer encerrada entre cuatro paredes. En tal caso al movimiento feminista no le gustaría mucho. Sin embargo, en aquella casa era la hija quien ocupaba el dormitorio más pequeño, pese a que su hermano estaba fuera la mayor parte del tiempo. Cabía la posibilidad, por supuesto, de que hubiera optado ella misma por aquel reparto, pero, por alguna razón, Wexford no pensaba que fuera así.

Abrió la puerta del segundo dormitorio y se asomó. Tenía muebles de pino bastante nuevos, dos vistosas alfombras afganas y un cubrecama con flecos de Marks & Spencer. Daba la impresión de que alguien con poco gusto o dinero había hecho todo lo posible por convertirla en una habitación acogedora y de que el único toque personal aportado por su ocupante era el gran mapamundi que colgaba de la pared frente a la cama.

El dormitorio principal tenía el mismo tamaño y las mismas proporciones que el de su casa. Incluso las paredes estaban pintadas del mismo color que el suyo: emulsión «azahar Sevenstar». Pero ahí acababan las similitudes. Los Williams dormían en camas gemelas, ambas más estrechas que el modelo estándar de un metro, pensó Wexford. Supo que la de Joy era la que estaba más cerca de la ventana por la toquilla de camisón que había sobre ella, de satén acolchado color melocotón y con forma de venera. El resto de los muebles consistía en un armario ropero, un tocador, un taburete de tocador, una cómoda y dos mesillas de noche, todo de una madera rojiza oscura con acabado mate y tiradores de cromo dorado. También había un armario empotrado.

Wexford registró en primer lugar el cajón de la mesilla que había entre la cama de Williams y la puerta. Encontró un estuche que contenía unos gemelos, un peine, un tubo de crema antiséptica para la piel, un cepillo de dientes sin usar, un paquete de Kleenex, un tubo de tabletas para la garganta, dos imperdibles, varios cuellos postizos de plástico, un frasco medio lleno de gotas para la nariz y uno de pastillas vacío con una etiqueta en la que ponía: «Mandaret. Tomar una pastilla dos veces al día. Rodney Williams.»

En el armario de la mesilla había dos novelas de espionaje en edición de bolsillo, un bloc de notas sin utilizar, un pasaporte británico a nombre de R. L. Williams, un pañuelo limpio con la inicial R y dos maquinillas de afeitar eléctricas.

El armario ropero contenía la ropa de Joy, una colección de prendas con un olor que hacía pensar que no estaban lavadas, mezclado con algo de alcanfor y algún desinfectante. La ropa de Rodney Williams se encontraba en el armario empotrado. Un abrigo, una zamarra, un impermeable, dos cazadoras impermeables, una chaqueta gastada y otra nueva, cuatro trajes y dos pantalones. Todas las prendas eran buenas, de mucha mejor calidad que las de Joy. No eran muchas, pensó Wexford al tiempo que miraba los forros de las chaquetas y palpaba los bolsillos. En los compartimientos laterales había pijamas y ropa interior, y en el suelo tres pares de zapatos y un par de sandalias. Si en algo se había gastado Rodney Williams el dinero sobrante no había sido en ropa. A menos que se hubiera llevado más de lo que Joy o Sara sabían. Quizá en algún momento del día había escondido un par de abultadas maletas en el maletero de Greta.

Saltaba a la vista que apenas utilizaban el comedor. En el mismo centro había una mesa encerada de color claro rodeada de cuatro sillas de madera clara con asientos de moqueta. Un aparador sobre el que había una fuente Capo da Monte ocupada casi por completo una pared, enfrente de la cual había un escritorio de persiana de caoba que tal vez les habría regalado un padre. Se trataba sin duda del mejor mueble de la casa. Detrás de unas cortinas de reps color mostaza (una de las tonalidades favoritas de Joy Williams) una puerta daba al jardín trasero, cien metros cuadrados de hierba rodeados por una tapia de madera donde destacaban dos pequeños manzanos cuyas flores reflejaban tenuemente la luz del atardecer. Daba la impresión de que la hierba, de varios centímetros, no había sido segada desde hacía al menos un mes, que sería la última vez que lo habría hecho Williams.