– Vean esto, sólo con un poco más de habilidad sería capaz de dominar este artilugio -solía decir Wallingford-. El otro día vi a un hombre que le cortaba las uñas a su perro con uno de estos cacharros, y era un perro juguetón, que no paraba quieto.
Pero los resultados eran predecibles: Patrick se derramaba el café en el regazo, o se enredaba la prótesis con el cable y hacía saltar el pequeño micrófono de la solapa.
Al final volvía a mostrar el muñón, sin ningún elemento artificial.
– Les ha hablado Patrick Wallingford, del canal de noticias internacionales. Buenas noches, Doris -añadía siempre, agitando el muñón-. Buenas noches, mi pequeño Otto.
Patrick tardó largo tiempo en salir con mujeres al ritmo en que lo hacía antes. Después de intentarlo, se sintió decepcionado, pues el ritmo era o bien demasiado rápido o bien demasiado lento. Se sentía desfasado, y dejó de salir con mujeres. En ocasiones, cuando viajaba, conocía a alguna y dejaba que le persuadiera para hacer el amor con ella, pero ahora que era presentador y no reportero, viajaba bastante menos. Además, uno no podía llamar «salir» a dejarse persuadir para hacer el amor. Como era propio de él, Wallingford no lo habría llamado de ninguna manera.
Por lo menos no había nada comparable a la expectación que había sentido cuando la señora Clausen se ponía de lado, dándole la espalda, y le tomaba la mano (¿o era la de Otto?), colocándosela primero en el costado y luego en el abdomen, donde el nonato esperaba para darle patadas. Nada podía igualar aquellas sensaciones, o el sabor de su nuca, o el olor de su cabello.
Patrick Wallingford había perdido la mano izquierda en dos ocasiones, pero había ganado un alma, y lo que se la había proporcionado era el hecho de amar a la señora Clausen y de haberla perdido. Era el anhelo que tenía de ella y el deseo de que fuese feliz; era también haber recuperado la mano izquierda y haberla perdido de nuevo; era el deseo de que su hijo fuese el hijo de Otto Clausen, casi tanto como Doris lo había deseado; era amar, incluso sin ser correspondido, al pequeño Otto Clausen y a su madre. Y era tanto el dolor que Patrick sentía en el alma, que resultaba visible incluso en la televisión… Ya no era posible que nadie le tomara por Paul O'Neill, ni siquiera el portero de las confusiones.
Seguía siendo el hombre del león, pero algo en él se había alzado por encima de esa imagen de su mutilación; seguía siendo el hombre de los desastres, pero presentaba las noticias de la noche con una nueva autoridad. Había llegado a dominar el aspecto que antes practicaba en los bares a la hora del cóctel, cuando sentía lástima de sí mismo. Aquel aspecto seguía diciendo: «apiadaos de mí», pero ahora su tristeza parecía accesible.
Sin embargo, a Wallingford no le impresionaban los progresos de su alma. Puede que los demás lo observaran, pero ¿qué importaba? Al fin y al cabo, no estaba al lado de Doris Clausen.
9. Wallingford conoce a una compañera de viaje
Mientras tanto, una mujer atractiva, fotogénica, que renqueaba al andar acababa de cumplir los sesenta años. En su adolescencia y toda su vida adulta había llevado faldas o vestidos largos para ocultar la pierna deforme. Fue la última niña de su ciudad natal que enfermó de poliomielitis, pues la vacuna de Salk llegó demasiado tarde para ella. Durante casi tanto tiempo como había sufrido la deformidad se había dedicado a escribir un libro con un título provocador: Cómo estuve apunto de librarme de la polio. Decía que el final del siglo le parecía «una época tan buena como cualquier otra» para ofrecer su libro a más de una docena de editores, pero todos ellos se lo habían rechazado.
– La verdad es que, con suerte o sin ella, con la polio o con lo que sea, el libro no está muy bien escrito -le confesó a Patrick Wallingford ante las cámaras la mujer de la pierna deforme y renqueante. Cuando estaba sentada, tenía un magnífico aspecto-. Lo que pasa es que cuanto me ha ocurrido en la vida se ha debido a que no me dieron esa vacuna. En cambio, enfermé de polio.
Por supuesto, enseguida consiguió un editor tras la entrevista con Wallingford, y casi de la noche a la mañana su libro tuvo un nuevo título: En cambio, enfermé de polio. Alguien reescribió el libro y alguien más iba a basarse en él para hacer una película, cuya protagonista sería una mujer que no se parecía en nada a la mujer de la pierna deforme y renqueante, excepto en que la actriz también era atractiva y fotogénica. Eso era lo que salir por televisión al lado de Wallingford podía hacer por una persona.
A Patrick no se le ocultaba la ironía de que el mundo le contempló por primera vez cuando él perdió la mano izquierda. En esos retazos de «lo mejor del siglo» que se compilaban especialmente para la televisión, siempre se incluía el episodio del león que devoraba la mano. Sin embargo, cuando perdió la mano por segunda vez o, con más precisión, cuando perdió a la señora Clausen, ninguna cámara pudo registrarlo. De lo que más le importaba a Wallingford no había quedado constancia televisiva.
En el nuevo siglo, por lo menos durante algún tiempo, se recordaría a Patrick corno el hombre del león. Pero si Wallingford hubiera apuntado los tantos de su vida, no habría empezado a contarlos hasta que conoció a Doris Clausen, lo cual no era ni noticia ni un hecho histórico. De esa manera el mundo apunta los tantos.
A Patrick Wallingford no se le recordaría en el capítulo de los trasplantes. Al finalizar el siglo lo que contaba eran los éxitos, no los fracasos. Así, en el campo del trasplante de manos el doctor Nicholas M. Zajac seguiría sin ser famoso, pues su momento de posible grandeza fue superado por la que llegó a ser la primera intervención de esas características que tuvo éxito en Estados Unidos, y la segunda en el mundo. «El tipo de los petardos», como Zajac llamaba vulgarmente a Matthew David Scott, parecía tener una nueva mano decidida a quedarse con él.
El 12 de abril de 1999, menos de tres meses después de haber recibido una nueva mano izquierda, el señor Scott realizó el saque de honor en el partido inaugural de los Phillies en Filadelfia. Wallingford no estaba exactamente celoso. (Envidioso… bueno, tal vez, pero no como se podría pensar.) De hecho, Patrick preguntó a Dick, su jefe de redacción, si podría entrevistar a aquel hombre cuyo trasplante había sido un éxito evidente. ¿No sería apropiado, sugirió el periodista, felicitar al señor Scott por tener lo que él (Wallingford) había perdido? Pero precisamente a Dick, un hombre que destacaba por su vulgaridad, la idea le pareció vulgar. La consecuencia fue que despidieron a Dick, aunque muchos dirían que era un jefe de redacción a la espera de que lo despidieran.
La euforia de las mujeres en la sala de redacción neoyorquina duró poco. El nuevo jefe de redacción era tan gilipollas como lo había sido Dick, y respondía al decepcionante nombre de Fred. Como Mary X diría (la joven se había vuelto más deslenguada con el transcurso de los años): «Si alguien ha de pasarme por la piedra, prefiero que sea la de Dick que la de Fred».
En el nuevo siglo, el mismo equipo internacional de cirujanos que llevaron el primer trasplante de mano con éxito en la ciudad francesa de Lyon volvería a la carga. Esta vez intentaron el primer trasplante mundial de ambas manos y antebrazos. El receptor, cuyo nombre no se hizo público, era un francés de treinta años que perdió las manos en un accidente con petardos (uno más) en 1996. El donante era un muchacho de diecinueve años que se había caído al vacío desde un puente.
Pero a Wallingford sólo le interesaría la evolución de los dos primeros receptores.
Al primero, el ex presidiario Clint Hallam, le amputaría la mano uno de los cirujanos que llevó a cabo la operación de trasplante. Dos meses antes de la amputación, Hallam había dejado de tomar los medicamentos prescritos como parte del tratamiento antirrechazo. Le vieron ocultando la mano, a la que calificaba de «horrenda», en un guante de cuero. (Más adelante Hallam negaría que hubiera dejado de tomar la medicación.) Y proseguiría su tensa relación con la ley. La policía francesa lo detuvo presuntamente por robar dinero y una tarjeta de American Express a un paciente con el hígado trasplantado del que se había hecho amigo en el hospital de Lyon. Aunque finalmente le permitieron abandonar Francia, después de que devolviera parte del dinero, la policía ordenó su detención en Australia debido a su presunto papel en una operación de contrabando de combustible. (Parece ser que Zajac estaba en lo cierto con respecto a él.)
El segundo, Matthew David Scott, de Absecon, localidad de Nueva Jersey, es el único receptor de una nueva mano a quien Wallingford consideraría envidiable por los aspectos interesantes de su trasplante. Nunca envidió la mano del señor Scott, pero en la cobertura que dieron los medios de comunicación al partido de los Phillies, en el que el hombre de los petardos hizo el primer lanzamiento, Wallingford reparó en que Matthew David Scott estaba con su hijo. Lo que Patrick envidiaba del señor Scott era aquel niño.
Había tenido premoniciones de lo que llamaría el «sentimiento de paternidad» cuando aún estaba en plena recuperación, tras haber perdido la mano de Otto. Los analgésicos no tenían nada de especial, pero podrían haberle impulsado a mirar sin compañía, por primera vez, la Super Bowl. ¡Uno no mira a solas un partido de esa importancia!
Seguía queriendo llamar a la señora Clausen y pedirle que le explicara lo que sucedía en el partido, pero la XXXIII Super Bowl era el aniversario del accidente o suicidio de Otto Clausen en su camión de transporte de cerveza, y, además, los Packers no jugaban. En consecuencia, Doris le había dicho a Patrick que tenía la intención de marcharse lejos, donde no hubiera posibilidad de ver ni oír el partido. Patrick estaría solo.