Lord Arlington me mira con aire pensativo.
–¿Sí, querido? –le pregunta su mujer.
–Nada –dice él, en inglés–. Sólo ha sido una idea pasajera.
Carlo
Ninguna fruta es tan dulce que no pueda ser mejorada al convertirla en un helado. He tenido la suerte de crear eaux glacées a partir de las frutas más exóticas, y puedo decir que se congelan tan bien o incluso mejor que las nuestras.
El libro de los helados
Fui convocado a una reunión con Lord Arlington, pero no en su casa, donde se alojaba Louise, sino en la oficina de correos que ya había visitado anteriormente. Una vez más, Cassell me escoltó hasta allí.
–A ver –empezó Arlington–. El rey ha rechazado vuestros helados. No habéis empezado con buen pie.
Me encogí de hombros. Evidentemente, no era culpa mía que el rey no probara bocado.
–Puede que cambiara de opinión si invocamos el espíritu de su hermana.
Fue Walsingham quien habló.
Arlington entornó los ojos.
–Continuad.
–Tal y como esperábamos, parece muy interesado en mademoiselle Carwell. Tal vez…
–De Keroualle –le corregí, instintivamente.
Walsingham se interrumpió.
–¿Disculpad?
–Su apellido es De Keroualle, no Carwell.
Walsingham asintió educadamente.
–Parece muy interesado por la muchacha. Puede que si fuera ella quien le ofreciera un helado, diciéndole que era el favorito de su hermana…
–Muy bien. –Arlington se volvió hacia mí–. ¿Cuál era?
–¿Cuál era qué?
Levantó las cejas ante la lentitud de mi reacción.
–El helado favorito de su hermana.
–¡Ah! –Me encogí nuevamente de hombros–. No tenía ninguno. Tomaba un licor de achicoria para hacer la digestión.
–Entonces, inventaos alguno –dijo Arlington, haciendo un gesto de impaciencia–. Cualquiera valdrá. Después de todo, lo importante no es el helado. Sólo es un medio para alcanzar un fin.
–Pero tiene que ser algo especial –sugirió Walsingham–. Será más fácil que no lo rechace si sabe que se trata de una rareza.
–Preparad uno con una de esas frutas exóticas que tanto le gustan a Luis de Francia –dijo Arlington.
–Piña, entonces –dije, con ciertas dudas.
Se hizo un breve silencio.
–¡Piña! –exclamó Arlington–. ¿Os dais cuenta de lo que estáis diciendo?
–Sí. Pero si queréis que prepare algo realmente tentador, algo que el mismísimo rey de Francia consideraría una rareza, en esta época del año tiene que ser con piña.
Evidentemente, sabía que incluso en Francia una piña costaba casi lo mismo que una carroza nueva. Y aquí, en Inglaterra, seguro que sería incluso más cara. Sin embargo, era el epítome del lujo aristocrático. Los cortesanos de Luis tenían plantaciones de piña caldeadas artificialmente en sus propiedades, donde la planta –importada de las colonias– era transplantada y maduraba en invernaderos. La gente menos acomodada se gastaba una fortuna alquilando piñas maduras durante un día para decorar la mesa y perfumar el comedor, mientras que solo los más ricos podían permitirse el lujo de comer una pieza.
–El conde de Devon tiene una plantación de piñas en Powderham Castle de la que se siente extremadamente orgulloso –dijo Walsingham, titubeante–. Creo que el año pasado se jactaba de haber obtenido una cosecha de cuatro o cinco piezas.
–Entonces será mejor que se sienta extremadamente orgulloso de haber cosechado sus piñas para poder preparar un helado para el rey –dijo Arlington–. Hablaré con él.
Arlington se puso de pie. Era evidente que la reunión había terminado.
–Hay algo que aún me tiene desconcertado –dije.
–¿De qué se trata? –preguntó Arlington.
–La muchacha… mademoiselle de Keroualle. ¿Cómo sabéis que cumplirá con lo que se le ordene?
–¡Ah, se trata de eso! –Arlington me lanzó una mirada divertida–. No somos precisamente unos ingenuos en esos asuntos, ¿sabéis? Ya nos estamos ocupando de ello. La información que nos habéis proporcionado sobre ella nos ha sido de gran utilidad a ese respecto.
No recordaba haberles proporcionado ninguna información sobre Louise que hubiera podido serles de utilidad salvo que no era la clase de mujer que aceptaría sus propuestas. Sin embargo, ya estaban recogiendo sus documentos, y no tuve ocasión de hacerles más preguntas.
Regresé a Vauxhall pensando aún en lo que había dicho Arlington. Así pues, Louise había aceptado, al parecer, llevar a cabo sus planes. Todas esas palabras que había pronunciado en Francia, defendiendo su virtud, se las había llevado el viento frente a la perspectiva de acostarse con un rey.
Así pues, Olympe tenía razón: todas las mujeres estaban en venta. Lo cual no era, en sí mismo, ninguna sorpresa; en realidad, era más bien una obviedad. Aun así, ¿por qué me sentía casi decepcionado con Louise de Keroualle? Después de todo, era mejor para mí que comprendiera qué se esperaba de ella. No podía regresar a Francia hasta que nuestra misión se hubiera llevado a cabo, y todo parecía indicar que sería ella, y no yo, la artífice de nuestro éxito.
Louise
Esa noche, estando ya en la cama, lady Arlington viene a verme. Lleva un camisón, igual que yo, y el pelo suelto.
–¿Tenéis todo cuanto necesitáis? –me pregunta, con una sonrisa, sentándose en un extremo de la cama.
–Sí, gracias. Habéis sido muy hospitalaria.
–Y la cama, ¿es cómoda?
–Muchísimo –digo, bostezando–. Me ayuda a conciliar el sueño.
–Es la cama en la que me acosté por primera vez con Bennet, después de nuestro banquete nupcial –explica, posando una mano sobre la colcha, como si quisiera señalar el punto exacto–. El día en que una muchacha se convierte en mujer es muy feliz.
–Os referís al día en que se casa.
No me responde directamente. Extiende un brazo y me acaricia el pelo.
–Sois una jovencita muy hermosa, pero supongo que eso ya lo sabéis. ¡Y tan encantadora! Quién sabe… Puede que mientras estéis aquí, en Inglaterra, llaméis la atención de un marido adecuado.
La expresión de mi rostro debe revelar mi sorpresa, porque ella sonríe.
–¿No habéis pensado en esa posibilidad?
–Mis padres puede que tuvieran algo que decir al respecto –digo, prudente.
–Por supuesto. Pero en gran parte depende de la posición de vuestro posible marido. ¿No es así? Hasta cierto punto, se trata de consolidar las alianzas entre países. Yo misma era Elizabeth van Nassau-Beverweet antes de casarme con lord Arlington.
–Ahora mismo no pienso en todo eso –protesto.
–¿Por qué no? Además, si lo que he oído es cierto, me parece que no tenéis elección.
–¿Qué queréis decir?
–Que ya habéis intentado, inútilmente, encontrar un marido en Francia –se limita a responder–. Y, a menos que cumpláis con lo que se os ha encomendado aquí, en Inglaterra, no tenéis ninguna esperanza de volver a Versalles. Entonces, ¿para qué o para quién queréis preservar vuestro honor exactamente? –Sonríe con cierta expresión de remordimiento, como para demostrar que tiene las mejores intenciones, y me da una palmadita en la pierna a través de la colcha–. Bueno, tengo que irme. –Se dirige hacia la puerta, deteniéndose sólo para soplar la vela que hay sobre el escritorio–. Buenas noches, Louise. Dulces sueños.
Durante un rato me quedo tumbada en la oscuridad, pensando en lo que ha dicho. Está claro que los Arlington tienen un plan en mente: algún pretendiente o una alianza que desean reforzar. Pero, ¿con quién? ¿Y por qué son tan crípticos al respecto? Tengo la desagradable sensación de estar metida en una nueva intriga cuyas ramificaciones no consigo entender y mucho menos controlar.